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Un Cervantes para el bilingüe Margarit

El poeta obtiene el premio por una obra confesional donde conviven catalán y castellano. “No voy a renunciar a las dos lenguas digan lo que digan los políticos”, asegura

El poeta Joan Margarit en su casa de Sant Just Desvern, Barcelona, a principios de este año. En vídeo, los cuatro libros imprescindibles de Margarit.

Joan Margarit es un poeta total: pocos han recortado tanto la distancia entre vida y obra. Por eso cuenta, con la misma naturalidad y cercanía con la que fluyen sus versos y que le han convertido en el bardo más popular hoy en Cataluña, que iba a empezar a comer cuando ayer se le comunicó que había obtenido el 45º premio Miguel de Cervantes (125.000 euros), el Nobel de las letras castellanas, el quinto catalán tras Juan Marsé, Ana María Matute, Juan Goytisolo y Eduardo Mendoza. Pero es el primero con una obra plenamente bilingüe en catalán y castellano.

Esa dualidad es, en él, inevitable: ayer, como siempre, llevaba en el bolsillo un poema escrito. “Dentro de una semana, a lo sumo, llevaré dos, que será el poema en castellano, pero no es una traducción: ambos hacen su camino; la chispa que inspiró el primero la continúo en el otro; en el largo camino de su versión final detectaré errores en uno u otro que modificarán ambos; eso sí, el primero siempre sale en mi lengua: ningún gran poeta lo ha sido si no ha escrito en su lengua”, aseguró ayer a este diario antes de comparecer ante la prensa.

Entender este proceso le costó a Margarit (Sanaüja, Lleida, 81 años) tres lustros. Lo explica su propia biografía. Hijo de arquitecto y maestra, se educó “entre el silencio típico de los vencidos tras la Guerra Civil y una educación en castellano”. Esa formación, aderezada con un coscorrón que le dio en el Rubí de los años 40 un señor en plena calle “por hablar en catalán”, le hizo empezar a escribir poesía en castellano: Cantos para la coral de un hombre solo (1963). Seguirían tres más en esa lengua, poemas que “tenían cierto empaque, hasta Cela me escribió el prólogo de uno”, pero que él vivía “en estado de insatisfacción”, hasta que el bardo Miquel Martí i Pol le animó a escribir en catalán en respuesta a una carta suya en castellano. Lo haría a partir de L’ombra d’altra mar (1981). “Toda catedral se construye a partir de una cripta y ahí estaba la mía”, resume en una metáfora propia de su profesión, arquitecto. Riguroso y científico, como los primeros poemarios en su lengua materna, “marcados por la presión del entusiasmo”, ni esos ni los castellanos los incluye ahora en su obra completa que continuamente reformula. Quedaron fuera, pues, 12 libros.

Casi una veintena de premios —entre ellos, el Nacional de Poesía y el de Literatura de la Generalitat (2008), el Iberoamericano de poesía Pablo Neruda (2017) o el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (hace seis meses)— y una treintena de libros —donde sobresalen Estació de França (1999), Càlcul d’estructures (2006), Casa de Misericòrdia (2007), Un hivern fascinant (2017)— después, Margarit es rotundo: “Una es materna; la otra es adquirida y la quiero: no voy a renunciar a las dos lenguas, digan lo que digan los políticos”.

Margarit elude la posible lectura de su elección como guiño a la tensión sociopolítica entre Cataluña y España, en el marco de unos Premios Nacionales de Cultura más descentralizados que nunca: tres ganadores valencianos (Cómic, Ilustración y Diseño), dos gallegos (Poesía y Ensayo), un asturiano (Poesía Joven), tres vascos (Letras y dos de Música: interpretación y composición) y una catalana (Historia). “Siempre he preferido colaborar que clavar cuchilladas: tengo un oficio público como poeta, pero la poesía no es un servicio público”. Tampoco quiso pronunciarse sobre su supuesta simpatía por el independentismo. “Esto sólo se arregla hablando y con cultura: si no podemos sustituir represión por educación, sólo nos queda la vía de las dictaduras de derechas tipo Un mundo feliz de Huxley”.

¿No le influye, pues, la situación como poeta? “Claro, pero la labor política no entra en mi poesía; esta ha de salir de mirarme a mí mismo y sacar alguna cosa de mí que consuele a una persona que está a 5.000 kilómetros o que le sirva cuando tenga 18, 45, 60 y 80 años siendo como se es personas distintas; si está bien hecho, en un poema hay mil poemas”.

Con los años, los versos de Margarit se han hecho más descarnados, contundentes: la reconciliación consigo mismo no la ha hecho con medias verdades. “La mentira puede consolar, pero engañar no es consolar; se consuela diciendo la verdad, no la mentida”. Quizá por eso recomienda a quien no hay entrado nunca en su obra Joana (2002), donde refleja la muerte de su hija. “Es la única vez que me he enfrentado a la poesía: nunca hay que escribir en caliente, pero lo hice porque pensé que si en ese momento la poesía no me servía, no escribiría ya nunca más”. Ese título le llevó a vender hoy unos 10.000 ejemplares, cifras de novelista de éxito en Cataluña. La poesía, total, le sirvió a él y a sus lectores.

Ida Vitale: "Mi candidato era Vila-Matas"

La poeta uruguaya Ida Vitale, que ha comparecido junto al ministro de Cultura y Deportes en funciones, José Guirao, para anunciar el ganador del premio Cervantes de este año, ha reconocido en público su disidencia: "Mi candidato era Vila-Matas", ha asegurado la autora, ganadora del año pasado, ante la prensa. Vitale ha añadido que otros cuatro miembros del jurado también discrepaban en la decisión de distinguir a Joan Margarit. En un alarde de modestia, la poeta ha confesado que, en todo caso, "uno siempre tiene que juzgar que los otros saben más que uno, entienden más que uno".

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