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CRÍTICA | EL HOYO CRÍTICA i

Niveles de vida

Es ingeniosa y encomiable, pero apuesta por una lectura política que quizá le viene grande. Y sus anhelos acaban siendo mayores que su trascendencia real

El hoyo
Fotograma de 'El hoyo'.

Están los de arriba, los de abajo y los que caen. A los de abajo les llega toda la mierda, a veces, literal. Pero arriba puede surgir cierto ahogo, la ambición desmedida, el mal de altura, la imposibilidad de mejorar. Los niveles intermedios pueden ser los más deseables. Quizá como en la vida misma.

EL HOYO

Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia.

Intérpretes: Iván Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale.

Género: ciencia-ficción. España, 2019.

Duración: 94 minutos.

Es la parafernalia estructural de El hoyo, llamativo, meritorio debut en el largo del bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia, ambientado en un espacio único: una especie de prisión en una distopía futurista con cientos de niveles, en cada uno de los cuales solo habitan dos personas, y que son cambiantes con el tiempo, a merced de un ente del que poco se sabe y todo lo manda, y con una alimentación que depende siempre de lo que vayan dejando los de los pisos superiores a los de los inferiores. La esencia, a pesar de que no puede presumir de sutileza, es sugerente. La alegoría está servida. Estamos ante una reflexión política y social sobre la codicia, la tolerancia, el orden, la justicia, la cooperación, la asistencia, la violencia, el ansia y el conformismo. En fin, la lucha de clases.

La película comienza muy bien, su desarrollo, sin embargo, es un tanto desigual y acaba bastante peor de lo que empieza. El primer tercio, atractivo de concepto, es el más redondo. Es aquí cuando se establecen las bases del espacio, naturalmente muy restringido, y el trabajo de Gaztelu-Urrutia con la cámara y el montaje es excelente, y el del equipo de diseño de producción comandado por Azegiñe Urigoitia, de una eficacia absoluta, sobre todo porque el conjunto artístico convierte la necesidad en virtud al tratarse de una producción de bajo presupuesto a la que nunca se le notan las carencias. Además, en esa primera media hora el duelo interpretativo entre Iván Massagué y el soberbio Zorion Eguileor es el más profundo, por sus actuaciones y por la calidad de los textos de David Besola y Pedro Rivero, los guionistas.

Es en ese trayecto inicial cuando los diálogos parecen entroncar con el teatro del absurdo, con Beckett y Ionesco, con sus situaciones simbólicas, con la dependencia mutua de Final de partida, con el aislamiento de Las sillas. En cambio, en los siguientes niveles físicos y narrativos, conforme van apareciendo la violencia y el instinto de supervivencia, la película se torna más convencional, menos profunda dentro de su evidente originalidad, en una línea genérica más visitada, más vista, de marcados paralelismos con Cube y con Snowpiercer. Hasta llegar a un desenlace quizá más confuso que abierto.

Gran triunfadora en Sitges, donde obtuvo los premios de mejor película, dirección novel, efectos especiales y del público, El hoyo es ingeniosa y encomiable, pero apuesta por una lectura política que quizá le viene grande. Y sus anhelos acaban siendo mayores que su trascendencia real.

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