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Un viaje por la pasión, el poder y la política de la ópera

Un exposición recorre los grandes hitos de la historia de género en el CaixaForum de Madrid

Ensayo de 'Einstein on the Beach', de Philip Glass, en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles en octubre de 2013.

La Venecia desaforada del barroco, el París que encamina la Grandeur. Leningrado bajo el cerco de Stalin; Londres dieciochesco, con la corte en llamas. Barcelona revuelta y encarando el siglo XX; Milán conformando mediante la música una identidad nacional. Viena alegre, pícara y espumeante; Dresde, cruzada por la crisis y los traumas colectivos… Son ciudades dispares en sus climas, sus idiomas y sus gentes. Pero unidas por los vínculos de otro lenguaje: la ópera. En ellas y en lo que ocurrió en diversos periodos se centra la exposición Ópera: poder, pasión y política, que viaja del Victoria and Albert Museum de Londres al CaixaForum de Madrid y ha sido inaugurada este jueves.

En cada una de las ocho ciudades escogidas ocurrió algo que cambió la historia del género. “Una transformación a partir de la cual, este arte no volvería a ser el mismo”, asegura Kate Bailey, comisaria de la muestra y conservadora del departamento de artes escénicas del museo londinense. “Cuando pensamos en que debíamos dedicarle una exposición a la ópera, un mundo tan inmensamente rico, nos costó decidir en qué debíamos centrarnos”, comenta Bailey. El eje de estas ocho ciudades sirvió para conformar una visión amplia y contar a la vez una historia que ha dominado los últimos 400 años.

No podía empezar en otro lugar que no fuera Venecia. Allí nació el género de manos, entre otros, de Claudio Monteverdi. La historia suele considerar L’Orfeo el título de referencia inicial. Pero los organizadores se han centrado en L’incronazione di Poppea (1642). Se trata de una obra que refleja el pálpito exacerbado de esta ciudad, amante de los excesos. El carnaval veneciano se convirtió en la plataforma inicial para consolidar el nuevo arte expresivo. De ahí, con el impulso primero de Monteverdi y una cantera de compositores, figuras, libretistas y empresarios, se irradió al resto del mundo.

Por ejemplo, a Londres, donde a principios del siglo XVIII, Haendel dominaba el panorama y se ha había convertido en el hombre fuerte de la compañía del rey en Haymarket. Allí estrenó su Rinaldo en 1711 y es el título elegido para simbolizar el impulso que imprime a la historia del género la capital británica. Su sombra llega hasta hoy, porque del entonces teatro del rey, Haendel pasa a ocuparse del recién inaugurado Covent Garden, hoy la sede principal en la ciudad y uno de los escenarios más prestigiosos del mundo.

Una sala de la muestra 'Ópera: poder, pasión y política'.
Una sala de la muestra 'Ópera: poder, pasión y política'.

De dos focos barrocos, el itinerario de la exposición pasa a la Viena neoclásica. Y, en medio de esa vorágine, Mozart, con la genialidad de Las bodas de Fígaro y uno de los pianos del compositor el que utilizó para concebir Don Giovanni en Praga— en el centro de la sala. El primero es un título radicalmente moderno e inspirado en la obra de teatro de Pierre-Agustin de Beaumarchais. Cuenta Lorenzo da Ponte, el libretista, en sus memorias que quedó asombrado ante la audacia y el atrevimiento del compositor cuando le hizo la siguiente proposición: “¿Cree usted que podemos convertir esta comedia en un drama?”. Condensaba así Mozart algo que aún se explora en el siglo XXI: el mestizaje de géneros junto al pálpito sonoro de una nueva época: la ilustración.

Tras dos escalas en el norte y Centroeuropa, el peso de la creación regresa al sur: Verdi y Milán. Dos nombres que representan el genio individual como transmisión a un modo de sentir colectivo. Italia bullía en clave de Risorgimiento y pocas óperas conectan con la emoción de un pueblo como Nabucco. “A través del coro de los esclavos, Verdi apela y toca profundamente la identidad de una nueva nación”, afirma Kate Bailey.

De Milán a París

De Milán a París, la muestra da un salto extraño: “La ciudad juega un elemento polémico dentro de la exposición”, anuncia Bailey. Más allá de escoger a cualquier compositor de la ópera francesa, han elegido a Wagner con su Tannhaüser para el capítulo. Doble pie cambiado: París sin los suyos y el alemán alejado de su santuario en Bayreuth. La comisaria justifica el descoloque: “El título se estrena en una década —la de los sesenta en el siglo XIX— en la que todo cambia, con transformaciones asombrosas y París se convierte en el centro de referencia de la ópera mundial”. El paso de Wagner, como en cualquier lugar de Europa donde recalara, fuera París, Leipzig, Dresde, Zúrich o Venecia, desplegó una red de nuevas autopistas creativas por las que aún transita la música.

También en Barcelona, donde se conformó gracias al gran Teatre del Liceu organizador también de la exposición, uno de los primeros focos wagnerianos de Europa. Como reflejo de la influencia del alemán en la música española, la muestra se detiene en el estreno en 1896 de Pepita Jiménez, de Isaac Albéniz. Tampoco fue ajeno el músico español al ciclón wagneriano. Llegó a concebir una especie de tetralogía con la leyenda artúrica como base y el apoyo económico de un banquero inglés: Francis Money-Coutts. “La ciudad vivía entonces el impulso del modernismo”, asegura Bailey, una influencia que tampoco es ajena a la música mestiza y rica en referencias de Albéniz.

Para terminar, dos miradas a la vanguardia: el Dresde donde Richard Strauss estrenó Salomé, una ópera donde la mujer cobra relevancia de ruptura definitiva con la tradición y el Leningrado de Shostakóvich, con Lady Macbeth de Mtsensk, todo un referente de los nuevos caminos que acaban pagando el precio cruel de la censura. Strauss simboliza en Salomé una catarsis freudiana a través de la música. Shostakóvich pone a prueba la escasa paciencia de Stalin y la agota hasta el punto de que el compositor, sometido a un acoso real y psicológico, no escribe más óperas. Es una historia que refleja como pocas las tortuosas sombras con las que el poder ha dañado al arte.

¿Un género del siglo XXI?

Con más de 400 años a las espaldas, a la ópera, ¿le queda aún algo nuevo que decir? Esa es la pregunta que, como epílogo, plantea la exposición inaugurada este jueves en el CaixaForum de Madrid. Más allá de que el siglo XX fuera de ruptura, diversos títulos rompedores se han ido asentando en el repertorio. Por otro lado, algunas tendencias han querido recuperar la complicidad con el público y han dotado al género de otras miradas. Entre los más radicales queda Karlheinz Stockhausen con obras como Mittwoch aus Licht y, entre los compositores todavía vivos y ya con cierta preponderancia en el repertorio, Philip Glass, que junto al director de escena Bob Wilson, arrastró a nuevos públicos con su Eisntein on the Beach. Son casos que, al igual  que los de Benjamín Britten con su Peter Grimes o György Ligeti con El gran macabro, ocupan un espacio de regeneración en el aun inagotable tránsito de la ópera.

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