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El incendio del Liceo, crónica de una desgracia anunciada

"Todos conocíamos la situación de riesgo", recuerda la directora artística del teatro, devastado por las llamas el 31 de enero de 1994

El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994. Ampliar foto
El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994.

Paseando por La Rambla, el incendio que devastó el Liceo el 31 de enero de 1994 no era perceptible. Las llamas habían destruido el interior del teatro, solo quedó en pie el esqueleto de la herradura, pero no afectó a otras partes nobles del edificio como el Salón de los Espejos o el Círculo del Liceo y tampoco hubo desperfectos en la zona de las oficinas. "Acompañados por los bomberos volvimos a entrar a buscar documentación y todo el mundo echó una mano para rescatar cosas de valor", recuerda Christina Scheppelmann, actual directora artística del teatro y en aquella época directora adjunta de Albin Hänseroth. Entre los objetos de valor, se salvaron los cuadros del teatro y los del Círculo, una veintena de lienzos de Ramon Casas, Modest Urgell y Santiago Rusiñol, entre otros. El fuego redujo a cenizas el alma del Liceo, una desgracia que todos daban por anunciada: "Era un teatro de 1847, con prácticamente todos los elementos de madera, con cuerdas resecas en el escenario y todo recubierto de polvo y más polvo. Todos sabíamos la situación de riesgo", explica. Por no haber, no había ni alarma de incendio: "Nos enteramos de que había fuego por un maquinista. Salimos todos y nos quedamos allí, en medio de La Rambla, mirando. Fue un impacto brutal. Cuando veía lo que estaba ocurriendo en Notre Dame pensaba que yo ya lo había vivido".

Esos días de enero, en el Liceo se representaba la ópera Mathis der Maler (Matías el pintor) de Paul Hindemith, en la que había fuego real en escena porque se quemaban libros: "Siempre se hacía con control, con bomberos al lado". Pero el detonante del incendio fue una chispa de los trabajos de soldadura que se hacía en la boca del escenario. En un informe de los arquitectos Ignasi de Solá Morales, Xavier Fabré y Lluis Dilmé, que trabajaban en el proyecto de ampliación del teatro, instaban a una intervención urgente, precisamente, por falta seguridad. Ese documento se entregó al entonces director del Liceo, Miquel Caminal, en diciembre de 1993, un mes antes del incendio. "Lo recuerdo perfectamente, porque era una situación insostenible", apunta Fabré, uno de los firmantes del informe que luego se encargaría de la reconstrucción del teatro conjuntamente con Solá Morales y Dilmé.

A la gran cantidad de material inflamable se añadían unos sistemas contra incendios muy precarios, como mangas insuficientes y presión de agua: "Estábamos convencidos de que era una temeridad mantener ese teatro en marcha, pero la tesitura en aquel momento era intervenir por fases en el proyecto de ampliación y de adecuación del teatro. No es la primera vez que arde un teatro porque se pierde la percepción del peligro y eso es lo que realmente es lamentable", denuncia Fabré.

El mismo día que se quemó, se decidió que el Liceo se reconstruiría allí mismo, en parte por la determinación de las administraciones, también por el deseo de no pocos artistas que habían hecho del teatro de La Rambla su segunda casa, como la soprano Montserrat Caballé o Josep Carreras y porque Barcelona lo quería. "Cuando se volvió a abrir, todo el mundo hablaba maravillas de la reconstrucción de la platea y de los artesanados, los colores… Pero eso no fue lo difícil, porque los ornamentos de la sala se pueden reproducir con criterios históricos, lo verdaderamente complicado fue la ampliación con la construcción de muros pantalla de contención y la excavación", añade Fabré.

El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994.
El Liceo de Barcelona, tras el incendio de 1994.

El agua frenética no dejaba de manar de la tierra y la excavación de las actuales cinco plantas subterráneas del teatro fue todo un calvario. Como experto en recuperación de patrimonio, Fabré considera que cuando ocurren desgracias como la de Notre Dame o la del Liceo se debe reflexionar sobre el valor del patrimonio: "Creo en las reconstrucciones y estoy convencido de que la aguja de Eugène Viollet-de-Duc se puede volver a erigir en Notre Dame porque hay tecnología, materiales y recursos para hacerlo aunque se podría plantear para qué hacerlo, ¿para reconstruir algo que se considera patrimonio o para perpetuar un parque temático? Estoy convencido de que no habrá problemas para recaudar fondos para hacerlo pero se podría argumentar que igual hay otros desastres culturales más graves, como la destrucción del Museo Nacional de Brasil del año pasado, que igual no tienen esos recursos".

La recuperación del Liceo se prolongó cinco años y no fue sencilla ya que, además de los avatares de un proyecto arquitectónico, afectó a varios edificios de viviendas para la construcción de la nueva caja escénica. El coste final ascendió a 22.000 millones de pesetas y su configuración tras el fuego no era exactamente la misma; se perdieron butacas y palcos, y el acero y el metal sustituyó a buena parte de las viejas estructuras de madera. Se convirtió en un teatro de ópera moderno en una piel, en realidad, trasplantada tras el fuego. Con una nueva sonoridad que, dicen los expertos, nunca fue igual que la del viejo Liceo, aquel que desapareció en una fría mañana de enero de 1994.

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