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Resistencia

La idea de resistencia usada por Sánchez experimenta un renacimiento ante el ascenso de movimientos reaccionarios

Greta Thunberg, activista sueca medioambiental de 16 años, junto al parlamento sueco, en Estocolmo.
Greta Thunberg, activista sueca medioambiental de 16 años, junto al parlamento sueco, en Estocolmo.

Qué nos sugiere el concepto de resistencia? Últimamente, se ha hablado mucho del Manual de resistencia de Pedro Sánchez. Más allá del contenido del libro y la polémica generada sobre su publicación, y asumiendo que la elección del título no es casual, merece la pena detenerse sobre este concepto y su uso recurrente en diferentes contextos históricos y geográficos, incluido el actual.

Del latín resistentia, la palabra comparte acepciones en español, inglés y francés. Los tres diccionarios hacen referencia tanto a la resistencia física como a la resistencia política en sus entradas. “Capacidad de alguien para resistir las dificultades físicas o morales, de un ser vivo para soportar condiciones de vida extremas”, dice el Larousse. “Conjunto de las personas que, generalmente de forma clandestina, se oponen con distintos métodos a los invasores de un territorio o una dictadura”, dice nuestro diccionario en su acepción tercera. El Diccionario de Oxford se refiere explícitamente a la Resistencia, “el movimiento clandestino que se formó en Francia durante la Segunda Guerra Mundial para combatir a las fuerzas de ocupación alemanas y al Gobierno de Vichy, también llamado maquis”.

Resistencia

En el imaginario europeo, la resistencia política sigue evocando de manera preponderante la resistencia al totalitarismo nazi y fascista de los años cuarenta. Conforme se van desclasificando documentos del Ejecutivo de Operaciones Especiales británico (SOE) y la Oficina de Servicios Estratégicos de los Estados Unidos (OSS) surgen nuevas obras que examinan con detalle las actividades de los resistentes durante la Segunda Guerra Mundial. En Combatientes en la sombra: Una nueva historia de la Resistencia francesa (Taurus, 2016), Robert Gildea indaga en las heterogéneas motivaciones que animaron a los miembros de este movimiento. Resalta, asimismo, su diversidad: incluyó a numerosos desplazados por el nazismo y el fascismo como polacos y españoles. Stephen Hart y Chris Mann examinan con detalle los métodos de información, sabotaje y eliminación del enemigo que utilizaron el conjunto de fuerzas especiales que combatieron al Eje en Europa y fuera de ella en World War II Secret Operations Handbook (Amber Books, 2012), traducido al francés como Le manuel du résistant.

En las colonias africanas y asiáticas, la resistencia contra el Eje mutó en resistencia contra la ocupación europea. Si la resistencia pasiva y la no violencia fueron el camino que el movimiento de Gandhi transitó hasta lograr la independencia de la India en 1947, la resistencia armada fue el que transitaron los argelinos para alcanzar su independencia de Francia en 1962. La asociación del concepto de resistencia con la resistencia a fuerzas reaccionarias o antidemocráticas experimenta un renacimiento ante al actual ascenso de movimientos y fuerzas políticas que, no sólo amenazan derechos y libertades conquistados con enorme esfuerzo, sino que niegan la existencia de injusticias y desafíos globales como la desigualdad de género y el cambio climático. En Estados Unidos, apenas accedió Donald Trump al poder, activistas como DeRay McKesson y Brittany Packnett crearon Resistance Manual, una plataforma de código abierto, con el objetivo de contrarrestar la desinformación y “resistir el impacto de la [nueva] presidencia y continuar progresando en sus comunidades”.

En su Petit manuel de résistance contemporaine (Actes Sud, 2018), el escritor y documentalista francés Cyril Dion sugiere que “tal y como nos resistimos al nazismo… tendremos que resistirnos a participar del destino funesto” que nos depara “una ideología materialista, neoliberal” que ignora sus consecuencias sobre el ecosistema. Una retórica similar a la que emplea Greta Thunberg, la adolescente sueca que ha inspirado el movimiento FridaysforFuture y la huelga global del pasado 15 de marzo, cuando llama a la “resistencia contra el cambio climático”. Si los métodos de la resistencia contra los nazis se materializaban en huelgas de trabajo lento en las fábricas ocupadas o el reparto de propaganda clandestina, las microestrategias de los resistentes al cambio climático pasan por no consumir envases de plástico o crear espacios de cultivo en las ciudades.

La dimensión constructiva de la resistencia queda recogida en la célebre frase de Stéphane Hassel, antiguo miembro de la Resistencia e inspirador de los Indignados: “Crear es resistir; resistir es crear”. La “afinidad fundamental entre la obra de arte y el acto de resistencia”, la desarrolla Gilles Deleuze en una conferencia a finales de los ochenta sobre la creación artística, donde sugiere que “no hay obra de arte que no interpele a un pueblo que todavía no existe”. Cada acto de resistencia es pues, no sólo una respuesta a un estado de cosas, sino un interrogante que plantea la posibilidad de que el mundo pueda tener una forma diferente. Es quizá esta plasticidad intrínseca al acto de resistir —física— o políticamente —la que resulta conceptual— y existencialmente tan humana y sugerente. Explica que la palabra tome cuerpo una y otra vez en diversos eslóganes, manifiestos y libros en todo el mundo.

Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente www.oliviamunozrojasblog.com