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No podemos esperar

Jóvenes de todo el mundo no vamos este viernes a clase para exigir a los adultos responsabilidad para parar el cambio climático

Greta Thunberg, activista sueca medioambiental de 16 años, junto al parlamento sueco, en Estocolmo.
Greta Thunberg, activista sueca medioambiental de 16 años, junto al parlamento sueco, en Estocolmo. EL PAÍS

Comenzó delante del Parlamento sueco el 27 de agosto, un día de colegio como cualquier otro. Greta se sentó con el cartel y los panfletos que había hecho en su casa. Era la primera huelga escolar. Desde entonces, los viernes dejaron de ser días lectivos normales. Los demás, muchos de nosotros, recogimos el testigo en Australia, Alemania, Bélgica y, pronto, en todo el mundo. Sabíamos que había una crisis climática. No solo porque hubieran ardido los bosques en Suecia o en EE UU o por los bruscos cambios entre inundaciones y sequías en Alemania y Australia. Lo sabíamos porque todo lo que leíamos y veíamos nos decía a gritos que algo andaba muy mal.

Ese primer día de negarse a ir al colegio fue un día de soledad, pero, desde entonces, el movimiento de huelguistas por el clima ha barrido el planeta. Hoy, jóvenes de más de 90 países dejarán sus aulas para exigir medidas frente a la mayor amenaza que afrontamos. Hoy hacemos huelga, desde Londres hasta Kampala y desde Varsovia hasta Bangkok, porque los políticos nos han defraudado. Hemos presenciado años de negociaciones, acuerdos lamentables sobre el cambio climático, empresas de combustibles fósiles con carta blanca para abrir y perforar nuestras tierras y quemar nuestro futuro en beneficio propio. Hemos visto que continúan las fracturas hidráulicas, las perforaciones en aguas profundas y las extracciones de carbón. Los políticos saben la verdad sobre el cambio climático y han entregado voluntariamente nuestro futuro a especuladores cuyas ansias de dinero rápido ponen en peligro nuestra existencia.

El Panel Intergubernamental de la ONU sobre el Cambio Climático del año pasado dejó muy claros los enormes peligros de que el calentamiento global sobrepase 1,5 grados centígrados. Si queremos evitarlo, las emisiones deben disminuir a toda velocidad, para que, cuando nosotros tengamos entre 20 y 30 años, podamos vivir en un mundo transformado. Si los que ahora ocupan el poder no actúan, será nuestra generación la que sufrirá las consecuencias. Los que hoy tenemos menos de 20 años quizá vivamos en 2080, y tendremos que afrontar un mundo que se ha calentado en 4 grados. Los efectos de ese calentamiento serían desastrosos.

No se trata solo de reducir las emisiones, sino de justicia; el sistema actual no sirve, porque solo beneficia a los ricos. El lujo del que disfrutamos unos pocos en el norte del planeta depende de los sufrimientos de la gente que vive en el sur. Hemos visto a los políticos titubear y dedicarse a juegos políticos en vez de reconocer que las soluciones que necesitamos no pueden hallarse en el sistema actual. No quieren afrontar los hechos: para intentar hacer algo ante la crisis climática debemos cambiar el sistema.

Cuando nuestra casa está en llamas, no podemos dejar que sean los niños los que las apaguen; necesitamos que los adultos se responsabilicen

Este movimiento era inevitable, no teníamos más remedio. La inmensa mayoría de los que hacemos hoy huelga por el clima no podemos votar aún. A pesar de ver la crisis climática, a pesar de conocer la realidad, no estamos autorizados a elegir quién va a tomar las decisiones al respecto. Háganse esta pregunta: ¿no harían huelga también ustedes, si pensaran que podría ayudarles a garantizar su futuro? Por eso hoy vamos a abandonar las aulas, a olvidarnos de nuestras clases, y vamos a salir a las calles para gritar “Basta ya”. Los adultos no dejan de decir: “Tenemos la obligación de dar esperanza a los jóvenes”. Pero nosotros no queremos su esperanza. No queremos que tengan esperanza. Queremos que sientan pánico y que hagan algo.

Nos hemos fiado de que los adultos tomarían las decisiones apropiadas para garantizar el futuro de la próxima generación. Es indudable que no tenemos todas las respuestas. Pero lo que sí sabemos es que necesitamos mantener los combustibles fósiles en el subsuelo, eliminar gradualmente los subsidios a la producción de energías sucias, invertir seriamente en las renovables y empezar a hacer preguntas incómodas sobre cómo estructuramos nuestras economías, quién sale ganando y quién sale perdiendo.

Es muy importante que hagamos todo eso ya. Los cambios necesarios requieren que todo el mundo sea consciente de que esta es una crisis y se comprometa a hacer transformaciones radicales. Creemos firmemente que podemos salvar el planeta, pero tenemos que actuar ya.

No hay zonas grises cuando lo que está en juego es la supervivencia. No hay un mal menor. Por eso hoy los jóvenes hacen huelga en todos los rincones del mundo, y por eso pedimos que los mayores se unan a nosotros en las calles. Cuando nuestra casa está en llamas no podemos dejar que sean los niños los que las apaguen; necesitamos que los adultos se responsabilicen de haber prendido la chispa. De ahí que, por una vez, pidamos a los adultos que sigan nuestro ejemplo: no podemos seguir esperando. 

Firman este artículo: Greta Thunberg (Suecia), Anna Taylor (Reino Unido), Holly Gillibrand (Reino Unido), Luisa Neubauer (Alemania), Kyra Gantois (Bélgica), Anuna de Wever (Bélgica), Adélaïde Charlier (Bélgica) y Alexandria Villasenor (Estados Unidos).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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