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OPINIÓN

Mi maestra

Entrar en sus libros es una experiencia extraordinaria: es aprender algo de ti que no sabías, es sentirte a punto de descubrir tu lugar en el mundo

La escritora norteamericana Urusla Le Guin en su casa de Portland (Oregón, EEUU).
La escritora norteamericana Urusla Le Guin en su casa de Portland (Oregón, EEUU). Getty Images

Era mi maestra literaria, y un maestro es aquel que te señala el camino hacia lo sublime, una cota inalcanzable, un faro en la noche. Y no he sido yo su única discípula: Ursula K. Le Guin ha ejercido una enorme influencia en varias generaciones, aunque casi nunca se lo hayan reconocido. Harry Potter bebe de sus hermosos libros de Terramar, y Avatar está en deuda con su novela El nombre del mundo es Bosque. Se la considera entre los más importantes autores de ciencia-ficción de todos los tiempos, junto a Asimov y Bradbury (ha ganado cinco premios Hugo y seis Nébula), pero eso mismo, el prejuicio hacia dicho género literario, unido a su condición de mujer y a su carácter independiente y poco dado a las apariencias sociales, le ha distanciado del reconocido puesto que para mí verdaderamente ocupa, que es el de ser una/uno de los mejores escritores del siglo XX.

La mayor parte de sus novelas, incluidas esas dos obras cumbres que son La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídos, suceden en el Ekumen, un mundo compuesto por una serie de sociedades humanoides que, tras haber tenido un mismo origen, se han diseminado por diversos planetas, desarrollando unas culturas muy distintas a través de las cuales Ursula ha ido diseccionando la condición humana. Hija de dos antropólogos famosos, en su obra late la pasión por entender el raro bicho que somos. Entrar en sus libros es una experiencia extraordinaria: es aprender algo de ti que no sabías, es sentirte a punto de descubrir tu lugar en el mundo.

Hay autores que son muy buenos analizando la psicología de sus personajes; el punto fuerte de otros, en cambio, son los frisos sociales. Pero solo los genios, como Le Guin, son capaces de abordar al mismo tiempo lo ínfimo y lo inmenso, el hervor de los bichejos microscópicos en una gota de agua y el sobrecogedor rotar de las bolas de fuego en el espacio. Ella misma era así, una unión de contrarios: diminuta y frágil, pero con una personalidad indomable; humilde y generosa, pero con el orgullo de quien es consciente de su talento; poética y ligera como un soplo de aire, pero con una capacidad intelectual demoledora. Aspiraba a la serenidad e iluminaba las sombras con un fino sentido del humor. Murió, me dicen, dulcemente. Con la enorme elegancia que siempre tuvo.

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