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“Tenemos amnesia respecto al sida”

El director Robin Campillo estrena ‘120 pulsaciones por minuto’, crónica de la lucha contra la enfermedad durante los noventa, que triunfó en Cannes y en la taquilla francesa

Robin Campillo el pasado 11 de enero en Santa Mónica, en EE UU.
Robin Campillo el pasado 11 de enero en Santa Mónica, en EE UU. WireImage

Robin Campillo (Mohammedia, Marruecos, 1962) hubiera preferido dirigir una película de ciencia ficción, hasta que se le torcieron los planes. Durante la preproducción de ese fantasioso proyecto, el director y guionista empezó a tener pesadillas por las noches. En ellas se le aparecía, como un fantasma del pasado, una vieja idea que tenía abandonada en algún rincón de su cabeza. “Llevaba años esquivando esta película, pero entendí que tal vez había llegado el momento de enfrentarme a ella…”, explica Campillo, una de las grandes revelaciones del más reciente cine francés con su tercera película como director, 120 pulsaciones por minuto, que llega este viernes a la cartelera española.

Si este descendiente de españoles emigrados, varias generaciones atrás, al Magreb colonial se resistió durante tanto tiempo a sacar adelante el proyecto, fue porque le recordaba a una etapa difícil de su vida: los primeros noventa, cuando militó en Act Up-París, la asociación fundada en 1989 siguiendo el patrón de la organización estadounidense del mismo nombre, que aspiraba a romper con la ley del silencio que seguía envolviendo a la epidemia del sida. Su misión consistía en forzar a las autoridades públicas y a los laboratorios farmacéuticos a abandonar su notoria indiferencia al respecto, con métodos no siempre respetuosos o delicados.

“Fue un momento muy duro. Viví lo mismo que uno de los personajes de la película. A los 18 años tuve un novio bisexual, que se acostaba con todo el mundo. Estuve muy enamorado y, durante mucho tiempo, creí que terminaría con él. Mucho tiempo después, entendí que él estaba enfermo, aunque nunca me hablara abiertamente del tema. Cuando murió, me costó mucho encajar y entender lo que había sucedido”, relata Campillo, con los ojos humedecidos. “Sentí una ira terrible. La clandestinidad de los enfermos era tan fuerte que ni siquiera ellos podían hablar de lo que les sucedía”, afirma. Decidió sumarse a Act Up al entender que el lema de la asociación (“Silencio = muerte”) no era solo un eslogan ingenioso pegado a un triángulo rosa, sino también una despiadada realidad para miles de personas.

Campillo define su película, con cierta ironía, como “un filme proustiano sobre el activismo antisida”, por el hecho de partir de sus impresiones y recuerdos. “Fueron días de una psicosis muy fuerte, de un miedo legítimo. Nos estremecíamos al enterarnos de que alguien con quien nos habíamos acostado estaba en el hospital”, rememora. 120 pulsaciones por minuto es una cinta coral protagonizada por un grupo de personajes de perfiles muy distintos, pero unidos por su vínculo a la enfermedad. “Mucha gente que nunca se habría conocido lo hizo a causa de la enfermedad”, dice Campillo, que recuerda a “hijos de peluquera y de director general” en sus animadas reuniones. En el centro de su relato, el director sitúa a la pareja formada por un seropositivo y un seronegativo, Sean y Nathan, a quienes interpretan el argentino Nahuel Pérez Biscayart, estrella pujante del cine galo, y el francés Arnaud Valois.

Presente reconocible

Su filme transcurre hace más de veinte años, pero podría tener lugar en la actualidad. Nada en su dirección artística, en el vestuario o en la forma de hablar de sus personajes remite a un pasado remoto, sino a un presente bastante reconocible. “Desconfío del concepto del filme de época. No quería que hubiera una distancia respecto al tiempo que retrato, porque yo no siento que haya una. Me da la sensación de que sucedió ayer”, dice el director. “He querido hacer una película sobre el presente. No quería que el espectador saliera de la sala con la sensación de que ese era otro tiempo que ya hemos superado…”.

Lo dice porque la enfermedad sigue matando, por muchas campañas de prevención que existan. Y porque detecta una preocupante dejadez respecto al preservativo entre las nuevas generaciones. “Hay que repensar la prevención y mejorar las campañas, que siguen siendo bastante flojas. Hoy tenemos la posibilidad de frenar esta enfermedad a nivel mundial, pero no lo lograremos sin políticas efectivas y poderosas. Y no es algo que vea en el horizonte…”, lamenta. Para Campillo, una victoria pasaría por conseguir que haya medicamentos asequibles al alcance de todo el mundo. “Una película no puede conseguir eso. Pero sí puede poner el tema sobre la mesa. Tenemos que volver a hablar del sida”.

Campillo considera que la historia de Act Up tiende a ser olvidada. Tal vez porque proporciona recuerdos incómodos a gran parte de la sociedad, que no siempre estuvo a la altura de las circunstancias. “Tenemos amnesia sobre lo supuso el sida. La gente que hoy se dice tolerante no lo era en absoluto hace solo veinte años”, denuncia el director, señalando al inmovilismo de la izquierda. “No existe un reconocimiento sobre la labor que tuvo esta asociación. En los ochenta, el homosexual era la víctima, y eso resultaba conveniente para todo el mundo. Lo que logró Act Up fue que dejáramos de ser víctimas para convertirnos en militantes y luchadores”.

La película que hizo llorar a Almodóvar

Hasta ahora, Robin Campillo era conocido como coguionista de Laurent Cantet, con quien ha escrito cuatro de sus películas, de La clase, ganadora del Festival de Cannes en 2008, a El taller de escritura, que llegará a los cines españoles en abril. 120 pulsaciones por minuto, su tercer filme como director, fue uno de los fenómenos del año pasado en Francia, donde logró seducir a más de 800.000 espectadores tras su paso triunfal por Cannes, en el que obtuvo el Gran Premio del Jurado. El presidente del jurado, Pedro Almodóvar, insinuó entonces que esta era su película favorita para obtener la Palma de Oro, que se terminaría llevando la sueca The Square. Incluso rompió a llorar al comentar lo que había sentido al verla. “Me emocioné desde el principio y hasta el final”, explicó Almodóvar. “Pero este es un jurado muy democrático, del que yo soy una novena parte. Esto es lo único que puedo decir…”.