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Michael Caine, de los sesenta al Brexit

El actor reafirma su apoyo a la salida de la UE al presentar un documental sobre el Londres de esa década en la Mostra de Venecia

Michael Caine, de los sesenta al Brexit

Venía de muy abajo y hablaba con uno de esos acentos londinenses que obligan a tender la oreja, pero logró convertirse en la mayor estrella británica de los sesenta. No es extraño que Michael Caine recuerde ese tiempo con especial añoranza. “Es una década muy importante en mi vida. No solo porque fuera un actor pobre intentando encontrar su camino, sino porque lo que pasó en los sesenta cambió una sociedad tan clasista y esnob como la británica”, afirma el actor, que ha narrado y producido el documental My Generation, sobre la revolución que supusieron los Swinging Sixties en el Reino Unido, presentado en la Mostra de Venecia fuera de competición. En él participan voces tan autorizadas como el beatle Paul McCartney, Roger Daltrey de The Who, la cantante Marianne Faithfull, la modelo Twiggy o la modista Mary Quant, insigne inventora de la minifalda. Todos ellos lideraron una revuelta juvenil que demostró que el legendario determinismo social británico no era una barrera infranqueable. Bastaba con tener pocos prejuicios y muchas ganas de triunfar.

El documental repasa la vida de Caine y la complementa con numerosas imágenes de archivo de esa década. El actor nació en 1933 con el nombre de Maurice Micklewhite, hijo de un transportista de pescado y una mujer de la limpieza. Su padre esperaba que lo relevara al frente del negocio familiar. “Pero a mí nunca me gustó oler a pescado”, dice Caine en la película. Prefirió dirigirse hacia el mundo de la cultura, coto reservado de las clases acomodadas. Las estrellas de la generación anterior habían estudiado en Oxford (como Laurence Olivier) y Cambridge (como Michael Redgrave). De todas formas, el cine británico tampoco hablaba en exceso de la clase obrera. La BBC tenía terminantemente prohibido emitir música pop. A Caine le gusta recordar que sus locutores estaban obligados a vestir “con traje y corbata, aunque no los viera nadie”. El decoro era máximo, tal como la grisura.

En pocos años, todo cambió. Entonces se dijo que para siempre. “Me considero una de las personas más afortunadas del mundo. No hay razón, por nacimiento, de que hoy esté aquí hablando con ustedes. Simplemente sucedió así. No porque fuera listo, sino porque tuve suerte. Fue el momento oportuno: empezaron a escribir papeles para hombres y mujeres de clase trabajadora”, explicó Caine en la rueda de prensa, refiriéndose a dramaturgos como Harold Pinter o John Osborne. El papel que le dio la fama fue el militar de Zulu, cinta bélica dirigida por Cy Endfield en 1964. En realidad, Caine se presentó al casting para interpretar a otro personaje. Obviamente, de clase baja. “Pero ya lo habían asignado a otro actor y yo era alto y rubio, así que me propusieron que hiciera de oficial del ejército. El director me preguntó si sabía hacer el acento pijo. Le respondí que llevaba nueve años en el teatro y que sabía actuar con cualquier acento”, relató el actor. “Fue solo porque el director era estadounidense. Si hubiera sido británico, incluso izquierdista y comunista, nunca me hubiera escogido”.

Pero ese tiempo terminó y cedió su lugar a otro. En el barrio natal de Caine, Elephant and Castle, antiguo reducto proletario del sur de Londres, los precios se han vuelto prohibitivos. El pub de la esquina ha quedado sustituido por distintos rascacielos. Tampoco las estrellas británicas de hoy se parecen precisamente a Albert Finney, el otro héroe de clase trabajadora. Por ejemplo, Tom Hiddleston y Eddie Redmayne estudiaron en Eton, igual que Guillermo y Enrique de Inglaterra. Benedict Cumberbatch fue a Harrow, otra exclusiva escuela privada. En 2015, Chris Bryant, responsable de Cultura en el shadow cabinet laborista, llegó a levantar un debate público en el Reino Unido al afirmar que la cultura británica estaba “dominada” por artistas procedentes de las clases altas.

Tampoco ha pasado desapercibido que aquella isla de libertad con la que medio mundo soñaba ha decidido separarse del resto del continente. “En realidad, estoy a favor del Brexit. Prefiero ser maestro pobre de mi destino que sirviente rico del destino de otro. No tiene nada que ver con la inmigración, ni con el retorno de la libra esterlina”, aseguró Caine. El motivo sería la eurocracia representada por el presidente de la Comisión Europea y ex primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, por el que el actor dice tener poca estima. “Hasta los 20 años creí que Luxemburgo era solo una estación de radio [Radio Luxemburgo, que emitía la música pop vetada por la BBC]. Ni siquiera sabía que era un país, pero ahora está gobernando mi país. Y no parece que le caigamos muy bien”, añadió el actor.

Muriéndose por cambiar de tema, el director del documental, David Batty, protestó ante la prensa: “¿Qué tendrá que ver el Brexit con esta película?”. Tal vez bastante más de lo que sospeche. Aquella revolución juvenil estuvo guiada por la voluntad de sustituir una sociedad cerrada por otra abierta. En ese sentido, el Brexit supone una regresión incontestable. Igual que aquella sociedad colorista y descocada de los sesenta se ha vuelto nacionalista y reacia a la inmigración, uno de sus mayores iconos vira en la misma dirección. Lo que no hace más que incrementar el sentimiento por excelencia al recordar la década de los sesenta: ese al que llamamos nostalgia.

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