Los Taviani completan a Pasolini
Aun siendo menor respecto de la versión precedente, se configura como una visión paralela, menos ácida, más serena, pero igualmente interesante

MARAVILLOSO BOCCACCIO
Dirección: Paolo y Vittorio Taviani.
Intérpretes: Lello Arena, Kasia Smutniak, Jasmine Trinca, Kim Rossi Stuart.
Género: fábula. Italia, 2015.
Duración: 120 minutos.
Que el crápula, pérfido y brillante Pier Paolo Pasolini se fijara en el clásico de la literatura medieval Decamerón para componer una película entra dentro del más natural de los encuentros artísticos y humanos. Un libro procaz, saludablemente sinvergüenza y esencialmente libertario, y libertino, para un cineasta y poeta con semejantes esencialidades en su oficio y en su vida personal.
Que los ancianos hermanos Paolo y Vittorio Taviani, sabios del terruño, exégetas del poder y sus maldades, de 85 y 87 años, respectivamente, y en principio lejos ya de las ansias de provocación, se hayan fijado de nuevo en Boccaccio y su Decamerón, escrito entre 1351 y 1353, conociendo además la cima cinematográfica que se le supone a Pasolini, resulta bastante más sorprendente. Y, sin embargo, Maravilloso Boccaccio, aun siendo menor respecto de la versión de Pasolini, El Decamerón (1971), se configura como un notable complemento, como una visión paralela, menos ácida, más serena, pero igualmente interesante.
Pasolini escogió para su película nueve de los 100 cuentos que componen el tótem de Boccaccio. No por casualidad, algunos de los más escatológicos, licenciosos, lascivos y sacrílegos. Y en su representación, con abundante fornicio, se incluyeron incluso planos cerrados de penes erectos prestos para la batalla. Los Taviani, sin embargo, entre las cinco fábulas elegidas, se han quedado con las más románticas y trágicas, y solo con una de las más insolentes, la de la abadesa del convento de monjas con los pantalones de su amante como velo. Eso sí, comparar esta pieza con La historia de Masetto de Lamporecchio, incluida en la de Pasolini, también sobre la sexualidad de las monjas, puede funcionar como paradigma de ambos estilos: una tiene un humor tenue, travieso pero casi ingenuo, y la otra es ferozmente viciosa.
Mientras Pasolini prefirió la urgencia de la cámara en mano, la movilidad casi continua, los Taviani, utilizando como hilo conductor la narración enmarcada del libro de Boccaccio, se apuntan en su puesta en escena a un pulcro academicismo, lo que quizá le otorgue un aspecto más añejo, acudiendo a una imagen de corte pictórico, plena de colores, y enlazando así con la obra de pintores del renacimiento italiano como Masaccio, Giotto y Botticelli. Mientras, Pasolini, con su fiel Dante Ferreti como director artístico, se zambulló en la suciedad de la sociedad y en la deformidad de los cuerpos.
Los directores de las sensacionales Padre padrone, La noche de San Lorenzo y, en su última fase, de la magnífica César debe morir (2012), han compuesto un paseo por el amor y la muerte, presentes en la obra de Boccaccio. Pasolini, en cambio, se quedó con la lujuria.
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