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Juan Ramón Jiménez, el pasajero cabreado

El poeta emprendió hace un siglo una batalla legal contra una naviera tras su viaje de recién casados con Zenobia Camprubí

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, el día de su boda, en la iglesia de St. Stephen, en Nueva York, el 2 de marzo de 1916.
Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, el día de su boda, en la iglesia de St. Stephen, en Nueva York, el 2 de marzo de 1916.

En 1917, Juan Ramón Jiménez publicó Diario de un poeta recién casado, obra deslumbrante, luminosa y preñada de modernidad. Un libro lleno de felicidad fruto de su relación con Zenobia Camprubí y que escribe en la travesía que le lleva a Nueva York, donde contrae matrimonio y en su vuelta a España. En esta obra asoma el Juan Ramón maestro de generaciones, faro de la nueva poesía. Hace ahora un siglo de este libro que describe su relación con Zenobia, pero también inesperadas anécdotas de la vida cotidiana. Un Juan Ramón que protagoniza una áspera historia de reclamaciones a raíz de ese viaje trasatlántico realizado junto a su esposa desde Estados Unidos a Cádiz.

En los archivos de la Compañía Trasatlántica, la empresa de vapores que cubría el trayecto entre ambas ciudades, se guarda la relación epistolar protagonizada por el poeta a raíz de una reclamación "excesiva", según la empresa, que realizó en 1916 por el deterioro sufrido por su equipaje en el viaje. Hace unos años, el escritor Juan Ignacio Varela Gilabert investigó estos papeles que bajo la apariencia de un intrascendente conflicto entre una poderosa compañía naviera y un pasajero insatisfecho desvelan la particular personalidad del poeta.

A su llegada a Cádiz en el vapor Montevideo, el 21 de junio de 1916, la pareja recién casada es toda felicidad. Juan Ramón ha escrito un diario a bordo y pasean por Cádiz. El poeta dedica hermosos poemas a la ciudad: "Esos verdes de sulfato de cobre con cal, esos rosas de geranio, esos azules marinos, esos blancos traslúcidos". Se alojan en el hotel Francia París, en la plaza de San Francisco, pero algo molesta al poeta hasta hacerle retrasar el regreso a Madrid y buscar un notario para emprender una reclamación. Las ropas que estaban guardadas en el baúl de viaje han llegado inservibles a causa de una filtración de agua.

El agente en Cádiz de la Compañía Trasatlántica, Carlos Barrie, envía un informe al presidente de la naviera, Claudio López Bru, marqués de Comillas, buen amigo de Raimundo Camprubí, padre de Zenobia. Las frases del representante desvelan el carácter huraño del poeta. "La forma en que se presentó el señor Jiménez fue violenta, dejándose decir que él tenía la culpa por viajar en vapores que no eran de pasaje, sino cargueros y otras frases por el estilo (…) El señor Jiménez me parece que tiene un carácter vidrioso y desagradable". Y añade unas palabras del sobrecargo: "Dice que desde que entró a bordo el señor Jiménez, conoció que era uno de esos pasajeros que tienen que proporcionar disgustos en la travesía".

La primera carta de reclamación que Juan Ramón Jiménez envía desde el Hotel de Francia y París en Cádiz.
La primera carta de reclamación que Juan Ramón Jiménez envía desde el Hotel de Francia y París en Cádiz.

¿Estuvo de tan mal humor Juan Ramón Jiménez durante la travesía? Repasando uno de los poemas, Sol en el camarote, se descubre, sin embargo, que vive instalado en la felicidad: "Mientras me baño viendo por el tragaluz abierto, el mar azul con sol, y cantando, luego toda la mañana".

Lluvia torrencial

El sobrecargo de la compañía aseguró que ningún otro equipaje había resultado afectado y que no se habían producido problemas de filtración en el viaje. Y argumentaba que la verdadera causa se debió a que "el señor Jiménez llegó al muelle para embarcar en los momentos en que estaba  lloviendo torrencialmente y su baúl venía en el techo del coche que los conducía".

¿Fue efectivamente así? Repasemos el Diario: "Se quedan atrás, con el leve ir del barco, barriles rotos, maderas viejas, guirnaldas de humo y espumas. Volviendo la cabeza a lo de antes, que ya no es nada, New-York, como una realidad no vista o como una visión irreal, desaparece lentamente, inmensa y triste, en la llovizna". En el archivo de la naviera está la respuesta airada del poeta ya en Madrid: "Usted sabe bien que los bultos de bodega se entregan, para esos vapores, la víspera de la salida de los barcos. El día en que yo llevé, en automóvil, mis baúles, hacía un sol espléndido. Es cierto que llovió el siguiente, pero mi equipaje no pudo sufrir, por mi culpa de tal aguacero".

La siguiente reacción del autor de Platero y yo fue enviar una nueva reclamación, detallando los gastos ocasionados. "Después de un aprecio minucioso, sacamos un perjuicio de 4.000 pesetas por baúles, trajes de señora y caballero, pieles de señora, sombreros y zapatos de señora (de baile y de vestir) todo lo cual ha quedado inutilizado por el agua salada".

Sin embargo, la indemnización por deterioro o extravío de equipaje en el reglamento de pasajeros de la naviera estaba estipulado en 500 pesetas. En el estudio que Varela Gilabert publicó en la Biblioteca de Temas Gaditanos de la Caja de Ahorros de Cádiz, depositaria de parte del archivo de la Compañía Trasatlántica Española, se comparan precios para calibrar la reclamación: "Tres mil quinientas gana al año un catedrático en plaza procurada por oposición. Un buen traje estaba entre las setenta y las noventa pesetas y un buen abrigo entre las ciento cincuenta", apunta Varela para subrayar cómo el poeta exageró la cantidad.

Sin embargo, el marqués de Comillas prefirió renunciar a una batalla con una gran figura de las letras y aprobó el pago. El representante de la naviera accede con pesar: "Nuestro señor presidente, por razones especiales, ha dispuesto que se satisfagan al señor Jiménez las 4.000 pesetas que reclama". Ganó Juan Ramón a la poderosa Compañía Trasatlántica una batalla que desvela su carácter "vidrioso y desagradable".

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