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Respetar la memoria como quien oye misa

La sacralización de monumentos sobre el Holocausto puede acabar por convertir el recuerdo en una liturgia vacía

El Holocaust-Mahnmal, monumento berlinés en recuerdo de las víctimas del Holocausto diseñado por Peter Eisenman. 
El Holocaust-Mahnmal, monumento berlinés en recuerdo de las víctimas del Holocausto diseñado por Peter Eisenman.  Magnum

La cita del ensayista francés Camille de Toledo sobre el Holocaust-Mahnmal de Berlín, el monumento a los judíos asesinados en Europa, suena premonitoria: “Lo que me planteaba era: si, contra la provocación, la profanación, íbamos a tener que proteger mañana la ‘obra’, poner vallas de seguridad a su alrededor como sucede con las sinagogas, o con los cementerios judíos o musulmanes de Europa, para posicionarnos por encima de nuestra estupidez, elevación que consistiría en poner la obra por encima de sus posibilidades (fuera de lo común), en hacer de ella exactamente la nueva figura de la sacralidad, ¿qué sucedería con la voluntad de escapar al escollo de la trascendencia?”. Escribió esto en 2009, anticipándose casi ocho años a la polémica de Yolocaust, la web del artista israelí Shahak Shapira en la que colgó 12 fotos de turistas en poses frívolas y divertidas aparecidas en redes sociales. Al pasar el cursor sobre las imágenes, el fondo del Holocaust-Mahnmal se convertía en una foto de un campo de concentración, y los turistas parecían estar saltando sobre pilas de cadáveres, fosas comunes o haciendo burla en barracones con presos con uniformes de rayas. Tras recibir 2,5 millones de visitas y ser noticia en los medios de todo el mundo, los 12 retratados pidieron perdón y retiraron sus fotos de las redes.

Camille de Toledo se preguntaba si el escándalo que acompaña al monumento desde su apertura al público en 2005 tenía que ver con la forma en que la memoria se ha convertido en algo sagrado al que se le rinde un culto (el deber de la memoria), y escribió uno de sus libros, El haya y el abedul, en torno a esa idea, paseando dentro y fuera del Holocaust-Mahnmal. La sacralización no estaba en la mente del arquitecto, Peter Eisenman, que ha declarado varias veces que no hay etiqueta ni normas de conducta, que los visitantes han de comportarse como quieran. Pero su opinión no importa porque la sacralización es un hecho, y las vallas de seguridad que De Toledo imaginaba en 2009 parecen a punto de ser colocadas.

Varios pensadores se han preguntado si esta sobredosis de solemnidad (pues es evidente, incluso para el propio Shahak Shapira, que los turistas de las fotos no tenían ninguna intención de burlarse de las víctimas de la Shoah) no estará banalizando los crímenes históricos, como un efecto rebote o una paradoja que empieza a formularse. David Rieff escribió sobre el insoportable tono kitsch de algunos de estos monumentos, como el dedicado al Holocausto de Washington: “Nada hay de malo en instar a la gente a que se conmueva. Es kitsch cuando la gente usa el hecho de que se conmueve para gozar con la ilusión de su propia superioridad”, dijo en Contra la memoria, una reflexión provocativa sobre la relación entre historia, memoria, verdad y ritos conmemorativos.

Varios pensadores se han preguntado si una sobredosis de solemnidad no banaliza los crímenes

Quienes exigen silencio y respeto, ¿juegan con la ilusión de su propia superioridad? De Toledo, Rieff y otros autores, como Steven Pinker, sospechan que puede haber algo de hipocresía litúrgica, como los beatos que se escandalizan cuando un niño ríe en misa. Una característica de lo sagrado es que se puede profanar, y dejar sin castigo a los profanadores equivale a de­sacralizar el espacio. La cuestión que se plantean los críticos con las políticas de la memoria es precisamente si la sacralización de esos monumentos protege y subraya la dignidad de las víctimas o, por el contrario, acaba convirtiendo su recuerdo y su muerte en liturgias vacías, como ilustra la expresión “como quien oye misa”, referida a quienes no prestan atención a lo que se dice, o como sucede con la cruz. La inmensa mayoría de los creyentes que llevan una colgada al cuello no piensan que es la representación de un instrumento de tortura y ejecución y que, stricto sensu, equivaldría a llevar colgada la imagen de una horca, una guillotina o una silla eléctrica. El símbolo ha perdido contacto con lo simbolizado, por eso adquiere otras connotaciones y puede inspirar sosiego y consuelo. Sin embargo, siguiendo la lógica del Yolocaust de Shapira, los portadores de cruces estarían banalizando el sufrimiento de miles de condenados en el siglo I.

Esto es mucho más evidente en los lugares de memoria más grandes e incontestables que existen en Europa, los campos de exterminio. En Buchenwald coincidí con una excursión de instituto. Los alumnos se dedicaron a boicotear cualquier resquicio de solemnidad, burlándose de las explicaciones, riéndose en el crematorio, jugando a dispararse entre ellos… Lo hacían de espaldas a sus profesores, que reprimían con mucha indignación cualquier desacato, animándoles así a burlarse más. No se reían de las víctimas, sino de la autoridad, encarnada en el tutor. ¿Quién banalizaba la memoria? ¿Los jóvenes que se comportaban con arreglo a los códigos de transgresión de su edad y condición, o quienes insistían en la solemnidad hiperbólica? ¿No marcaba esta solemnidad una distancia enorme con el sufrimiento de las víctimas? Del mismo modo que resulta difícil asociar el colgante de una cruz con la tortura de un ser humano, cuesta relacionar la bronca de un profesor con el asesinato de millones de personas.

El historiador israelí Omer Bartov recorrió lo que fue la Galitzia, una región hoy desaparecida entre las actuales Ucrania y Polonia que tenía una gran comunidad judía, masacrada por Hitler. Bartov desciende de los pocos judíos que escaparon y quiso documentar lo que quedaba de su memoria en las ciudades que habitaron durante siglos. No encontró apenas nada, por eso puso el título de Borrados a la crónica donde narró aquel viaje. Otras memorias se han superpuesto a la del Holocausto: la comunista y la nacionalista. No había ningún monumento judío que profanar con selfies porque nadie recordaba nada. Borrados es un relato lleno de perplejidad y desgarro contenido, y por eso conecta con el dolor de las víctimas con la fuerza del arte y la literatura, sin la mediación oficialista de la conmemoración gubernamental. Paradójicamente, al denunciar la falta de memoria, Bartov la convirtió en algo mucho más vivo e incontestable que cualquier monumento.

En Buchenwald coincidí con una excursión de instituto. Los alumnos se burlaban  de las explicaciones

Es lo que Camille de Toledo ha llamado pasar del libro a la piedra. La memoria se ha construido con relatos, y los relatos son multiformes, íntimos y extraños. Cuando esos relatos se expresan en piedra, pierden toda su capacidad de emoción y de empatía. Es la diferencia entre leer El diario de Ana Frank y visitar la casa de Ana Frank. Libro y piedra se necesitan entre sí. Sin el libro, la piedra es solo piedra, símbolo vacío incapaz de significar nada.

Sergio del Molino es autor del ensayo ‘La España vacía’ (Turner).

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