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Mitos suicidas de la música

La película retrata el estereotipo del artista joven torturado que decide poner fin a sus días de vino y rosas

Kurt Cobain, líder de Nirvana, cerca del mito ya en vida, con apenas cuatro años de carrera musical, muerto a los 27 años tras dispararse con una escopeta. Nick Drake, tres álbumes sin demasiado éxito, hoy artista de culto, muerto a los 26 años por sobredosis de antidepresivos. Jeff Buckley, enfermo bipolar, autor de un único y formidable disco, ahogado en el río a los 28 años, e hijo del también músico Tim Buckley, muerto por sobredosis de heroína, igualmente a los 28 años. Elliott Smith, depresivo, alcohólico, drogadicto, genio de la composición, muerto a los 34 años tras apuñalarse a sí mismo en el pecho. Hunter Miles, aclamado cantante folk con un único disco, fallecido en la treintena de edad tras caer por un precipicio mientras caminaba por la montaña.

LA ÚLTIMA CANCIÓN

Dirección: Sean Mewshaw.

Intérpretes: Rebecca Hall, Jason Sudeikis, Joe Manganiello, Blythe Danner.

Género: melodrama. EE UU, 2015.

Duración: 105 minutos.

De los seis nombres anteriores hay uno que chirría. Los cinco primeros son mitos reales de la música popular; el sexto es ficticio, y protagonista (en ausencia) de La última canción, película de Sean Mewshaw que, al mismo tiempo, pretende partir del estereotipo del joven artista torturado que decide poner fin a sus días de vino y rosas, para después convertirse en feliz anomalía gracias a un tono que huye de la abatida tortura sentimental para abrazar el espíritu del melodrama con toques de comedia. A veces, incluso algo extemporánea, como en los instantes de slapstick, definitivamente fuera de onda a pesar de la simpatía general del conjunto.

Con temas del cantautor estadounidense Damien Jurado, que ejerce de álter ego musical del imaginario Hunter Miles, interpretando esas 12 canciones únicas que dan pie a la relación protagonista de la película, la de la viuda del mito y su biógrafo, La última canción no es, sin embargo, una obra exclusivamente destinada a los musiqueros. Porque, más allá de las canciones y el secreto de fondo, el suicidio, o quizá accidente, del cantante, el relato no deja de ser una tragicomedia romántica que se debate entre el diálogo irónico (a veces, demasiado irónico, pues el personaje de Jason Sudeikis, el biógrafo, se empeña en hablar tan graciosamente que se puede hacer cargante), y la reflexión sobre el legado y los modos de buscar la felicidad en una Arcadia ideal. Y eso afecta a todos, no solo a los fanáticos de la música.

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