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Crítica | Cáscaras vacías

Contra la excelencia

Personas con discapacidad encarnan a otras exterminadas por el nazismo en un espectáculo revelador, dirigido por Magda Labarga y Laila Ripoll

Un momento de 'Cáscaras vacías'.
Un momento de 'Cáscaras vacías'.

La ley eugenésica danesa, aprobada en 1929, la noruega y la sueca (gestada con los socialdemócratas en el Gobierno y en vigor hasta 1976), dieron cobertura a la esterilización obligatoria de más de cien mil personas, mujeres pobres en su mayoría, para evitar gastos al Estado. Durante ese período, 65.000 ciudadanos fueron esterilizados en los EE UU contra su voluntad, con objeto de “perfeccionar la raza”. La Alemania de Hitler fue más allá y, para optimizar su incipiente economía bélica, castró a 400.000 personas en los años previos a la invasión de Polonia: luego, asfixió con monóxido de carbono a 250.000 más que tenían minusvalías, una enfermedad psíquica o estaban enfermos y agotados tras servir como mano de obra esclava en canteras y en fábricas, muchas de ellas de marcas hoy punteras.

CÁSCARAS VACÍAS

Texto y dirección: Magda Labarga y Laila Ripoll. Intérpretes: Raúl Aguirre, David Blanco, Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Paloma Orellana, Jesús Vidal.

Madrid. Teatro María Guerrero; hasta el 13 de noviembre.

En Cáscaras vacías, Magda Labarga y Laila Ripoll evocan sugestivamente este exterminio tan poco divulgado, preámbulo de la Solución Final aplicada a gitanos y judíos un año después. Sus intérpretes abordan los personajes desde dentro de sí: Paloma Orellana, bailarina Down, encarna a una chica con dicho síndrome; casi todos sus compañeros tienen también algún tipo de discapacidad. Pasen y vean como nos engañan los sentidos: Ángela Ibáñez, ¿es una actriz magnífica, que encarna a una sorda, o es una mujer capaz de sobrecogernos con un monólogo cuya verdad crece exponencialmente por el esfuerzo que le cuesta hablar en voz alta y por la belleza que transmite?

Nadie diría que Jesús Vidal tiene la desventaja que tiene (sino otra), mejor no desvelar cuál, con la que resulta soberanamente difícil actuar, pero no imposible: ya lo verán.

Espectáculo transgresor

Este espectáculo transgrede la corrección política habitual, tan cansina: los intérpretes llaman a la discapacidad —cada uno a la suya— por su feo nombre, dicen de sí mismos irónicamente y sin complejo alguno que son cáscaras vacías. Hitler los denominaba así, y al reencarnar en escena a otros como ellos que fueron gaseados por los nazis, ponen en evidencia hasta qué punto la teoría eugenésica y su aplicación fueron cosa de psicópatas, gente incapaz de conmoverse y de entender que el sol sale para todos, pero también de una sociedad sobrepasada por los gastos de las reparaciones a los vencedores de la I Guerra Mundial, la suspensión de pagos sobre la deuda de 1931 y las bancarrotas en cascada.

Las actuaciones mencionadas, junto a las de los no menos admirables Raúl Aguirre, Patty Bonet y David Blanco, único de ellos sin hándicap físico ni psíquico, ponen en evidencia los lugares comunes que pesan sobre un colectivo tan heterogéneo: el prejuicio es a menudo peor que el problema sobre el que pesa.