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La neutralidad de Franco que amasaron Churchill y Juan March

Ángel Viñas desvela en su último libro la millonada en sobornos que gastaron los británicos para convencer al dictador de que no se aliara con Hitler

Francisco Franco, visitando la sede de la compañía eléctrica FECSA, propiedad de Juan March.
Francisco Franco, visitando la sede de la compañía eléctrica FECSA, propiedad de Juan March.

No se sabe bien qué demonios significa, pero los hagiógrafos de Francisco Franco califican de "hábil prudencia" la supuesta virtud del dictador para evitar comprometerse. Cuenta el historiador Ángel Viñas que es una definición que, quizás como gallego, se aplicaba a sí mismo, pero que ha venido de perlas para valorar su estrategia de sutil no alineamiento en la Segunda Guerra Mundial. Aunque hubo otro argumento: la millonada que los británicos, por mediación del banquero mallorquín Juan March, se gastaron en untar a generales y gente próxima al dirigente para convencerle de que no apoyara con todas las consecuencias a Hitler.

Es lo que Viñas cuenta en Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco (Crítica). Y lo hicieron con cantidades nada desdeñables, mediante discretos ingresos a cuenta o en metálico de cantidades que oscilan, a precio de hoy, entre los 300 y los 1.000 millones de euros, según un cálculo que el catedrático emérito de la Universidad Complutense aplica en su estudio. O entre los 500.000 y dos millones de dólares de la época, que según acceso y capacidad de influencia les fueron entregando.

“Fue algo que se empezó a saber hace 30 años”, asegura Viñas, “pero que he podido estudiar a fondo desde hace tres, cuando los papeles, por parte británica, se han desclasificado”. ¿Y qué se desprende de ellos? “Que en pleno meollo del año 1940, una de las etapas más críticas para el desarrollo de la guerra, un diplomático, Samuel Hoare, que había sido expulsado por Winston Churchill del gobierno a patadas, fue, a pesar de eso, capaz de convencer a su líder de que debían mostrar audacia, anticiparse al titubeo del gobierno español e impedir por todos los medios que se alineara –como lo había hecho Italia- con los nazis”, resume Viñas.

Debían analizar el campo y actuar. “Lo hicieron escrupulosamente, como llevan a cabo casi todo los británicos”, añade. La tan cacareada hábil prudencia, en realidad, para los aliados del Gobierno en la isla era otra cosa: que Franco no se enteraba del panorama. Una ventaja. “El Political Intelligence Department, del Foreing Office, no creía que estuviera bien informado. Temían que se dejara influir por una personalidad tan fuerte como falta de escrúpulos, la de su cuñado, Ramón Serrano Suñer”, comenta Viñas. Y de ahí se derivaban dos problemas. Que el pariente tenía demasiado poder dentro del régimen y que, además, era germanófilo. “Lo demostró con hechos palpables a pesar de que en las memorias que escribió, un sonrojante monumento a su narcisismo, mienta y nos quiera hacer creer lo contrario”.

Por eso decidieron volcarse en convencerle de la opción correcta mediante otros personajes influyentes. “Algunos de estos, incluso llegaron a sugerir que Serrano Suñer podía sufrir un accidente”, afirma Viñas. “Hasta Hoare se mostró entusiasta con la idea, pero finalmente, las altas esferas no dieron vía libre”. El otro factor favorable fue que uno de los hombres más poderosos del momento se ofreció a colaborar con los británicos: el banquero Juan March.

Camisas viejas infiltrados en Hendaya

Aunque siempre será un misterio cómo Franco tomaba ciertas decisiones, en su entorno existían grados de influencia muy marcados, según Ángel Viñas. “Los generales a costa de quienes fue ascendiendo tenían confianza como para decirle según qué cosas, quienes se mostraban embobados eran los mandos inferiores, todos los que él fue nombrando y ascendieron a su alrededor”. Al principio del régimen, el control de Serrano Suñer, su cuñado, fue determinante. Pero no tanto como para torcer su voluntad a favor de los nazis que tanta admiración le causaban. Su figura estaba bien controlada, además, por los servicios de inteligencia británicos. “Tenían varios agentes alrededor, de hecho, al día siguiente de la entrevista entre Hitler y Franco en la frontera francesa de Hendaya, ya sabían qué había pasado”, comenta el historiador. Allí habían infiltrado o se habían ganado la lealtad de algunos muy próximos. “Como el agente T, crucial en sus informes y de quien seguimos sin conocer la identidad. Hasta ese punto llega la discreción de algunos”. Tenía una asignación mensual de 5.000 pesetas, era considerado un falangista puro, camisa vieja, y empezó a boicotear a Serrano desde que detectó su voluntad de ser nombrado presidente del Gobierno. “Según los británicos, ofreció todo un informe correcto de lo que se acordó en Hendaya, así que estaba muy dentro del círculo de confianza”.

“Juan March era importante no sólo por el hecho anecdótico de haber fletado el Dragón Rapide, aquel avión que trasladó a Franco a la península tras el golpe militar, si no por mucho más: tenía una fortuna tan enorme que llega a prestar al bando rebelde el equivalente al 25% de las reservas del Banco de España de entonces. También estableció contactos con los alemanes, pero, si algo hay que decir en su favor, aparte de que actuó con gran habilidad, riesgo y mérito, es que se mostró absolutamente leal a los británicos”, cree el autor.

Fue así como entre él y Hoare, sobre todo, diseñaron una lista de posibles aliados. “Desde el hermano de Franco, Nicolás, a los generales Varela, ministro del Ejército, Aranda, Kindelán, o Gallarza, secretario general de la Falange”. Una vez aprobada la suma, se ingresaría el dinero en una cuenta suiza por tramos y había que actuar rápido. El plan se aprobó en menos de 24 horas. La mitad de las sumas establecidas se entregaría primero y el resto en seis meses.

Los alemanes no se fiaban mucho del régimen de Franco. “Sobre todo de la indiscreción de los españoles”, comenta Viñas. “Además actuaron con cierta soberbia. Fueron torpes y lo acabaron pagando”. Mussolini presionaba fuerte, pero Franco, insistimos, con su “hábil prudencia”, despejaba balones, y se movía en lo que Viñas califica como una “neutralidad elástica”.

Cabe una pregunta: ¿De no haber existido los sobornos, hubiésemos vivido una Historia diferente? ¿Habría entrado España en guerra de forma más activa junto a Hitler. además de enviar a la División Azul? “No podemos saber hasta qué punto las voluntades compradas influyeron en la decisión final”, afirma Viñas. “Pero sí que se convirtió en una de las piedras angulares de los británicos y que confiaban a ciegas en el plan”. También quedará como duda si los sobornados hubiesen actuado de la misma forma sin dinero de por medio o no. “Probablemente algunos sí, pero, quién sabe…”.