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CRÍTICA | LA CORRESPONDENCIA

Sueño de amor interminable

La opción que ha tomado Tornatore acaba sobrecargando de explicaciones un último tramo de la historia al que el espectador llega realmente fatigado

Olga Kurylenko y Jeremy Irons, en 'La correspondencia'.
Olga Kurylenko y Jeremy Irons, en 'La correspondencia'.

Cuando Henry Hathaway rodó, bajo la inspiración de la obra de George du Maurier, Sueño de amor eterno (1935), una de las películas más inolvidables sobre una pasión capaz de trascender las barreras físicas e incluso de burlar a la muerte, nadie podía concebir una cotidianidad donde la tecnología podría convertir en irrelevante la coexistencia de dos amantes en un mismo plano de realidad. En La correspondencia, Giuseppe Tornatore reclama para el melodrama una idea que, en los últimos años, ha sido estímulo para verosímiles cuentos oscuros en clave distópica, como el que sostenía un memorable episodio de la segunda temporada de la serie Black Mirror: Be Right Back, o la pesadilla generada por una modalidad de trascendencia digital basada en los rastros de carácter que uno va dejando en redes sociales.

LA CORRESPONDENCIA

Dirección: Giuseppe Tornatore.

Intérpretes: Olga Kurylenko, Jeremy Irons, Simon Johns, James Warren.

Género: drama. Italia, 2016

Duración: 116 minutos.

La correspondencia centra su mirada –más delirante que excéntrica- en la prolongación post mortem de la intensa historia de amor adúltero que mantuvieron un profesor de astrofísica (Jeremy Irons) y su aventajada alumna (Olga Kurylenko). La película solo puede mostrar juntos a los dos amantes en su sintético prólogo: dos cuerpos abrazándose en una habitación de hotel, en los minutos previos a una despedida que encuentra su eficaz colofón –cargado de una premonición de la ausencia inminente- en el pasillo, helado e impersonal, que separa las puertas de sus respectivas habitaciones. Desafortunadamente, el director no vuelve a encontrar esa justa concisión en el resto del metraje, condicionado por la medular improbabilidad de todo lo que se cuenta, pese al demasiado visible esfuerzo por atar los cabos de la verosimilitud: ya puestos, este crítico hubiese preferido un trabajo que, regido por la fuerza del amour fou, despreciara a esos que Hitchcock llamaba, malintencionadamente, “nuestros amigos los verosímiles”.

En la película que La correspondencia decide, definitivamente, no ser hubiese podido resultar todo un valor la insensata (y arbitraria) ocurrencia de convertir a la estudiante de astrofísica en pluriempleada especialista en secuencias de acción. La opción que ha tomado Tornatore acaba sobrecargando de explicaciones un último tramo de la historia al que el espectador llega realmente fatigado tras tanta carta póstuma.