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La cueva prodigiosa

Es un proyecto más propio para ser proyectado en una Exposición Universal que en una sala cinematográfica

'Altamira'
Fotograma de 'Altamira'.

El cine se inventó hace 32.000 años, venía a decir Werner Herzog en el clímax final de La cueva de los sueños olvidados (2010), documental que realizó en el interior de las cuevas de Chauvet. Las pinturas del lugar, dispuestas en diversos niveles de profundidad y convenientemente alumbradas por las antorchas de nuestros ancestros, poseían el potencial de proporcionar el primer espectáculo basado en la ilusión de movimiento y vida. En Altamira, Hugh Hudson parece compartir la idea de Herzog, aunque su manera de plasmarla incrementa el valor kitsch de una película que no se hace preguntas sobre la pertinencia de rescatar el molde más rancio del biopic: ante los ojos de la niña María, las pinturas paleolíticas de las cuevas de Altamira emergen a la vida en forma de bisontes infográficos, que brillan con estridencia en el académico marco que ha dispuesto el cineasta para contar su historia.

ALTAMIRA

Dirección: Hugh Hudson.

Intérpretes: Antonio Banderas, Golshifteh Farahani, Rupert Everett, Allegra Allen, Nicholas Farrell.

Género: biopic. España, 2016.

Duración: 90 minutos.

Proyecto más propio para ser proyectado en una Exposición Universal que en una sala cinematográfica, Altamira se centra en la odisea personal del paleontólogo Marcelino Sanz de Santuola, encarnado por un Antonio Banderas bastante pasado de intensidad. Sanz de Santuola falleció sin ver reconocido su hallazgo, en un contexto de dogmático poder religioso y de alta y desleal competencia entre el gremio científico. La película cumple con la vocación didáctica de reivindicar la figura del paleontólogo reconocido postmortem, pero no se toma molestias en camuflar el maniqueísmo que caracteriza al grueso de las figuras antagonistas, presididas por un irreconocible Rupert Everett transformado en imponente martillo de herejes y grotesca hipérbole inquisitorial.

Su reparto internacional tiene en una sobresaliente actriz iraní, Golshifteh Farahani –presente en la radical Shirin (2008) e inolvidable en A propósito de Elly (2009) y La piedra de la paciencia (2012)-, la medida de su arbitrariedad y sentido del despilfarro.

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