Una buena película sobre un arquitecto
El mayor de los grandes trabajos de Mitterrand, la Grande Arche de la Défense, transformó tanto París como la vida de un arquitecto. Se estrena una película que narra esa historia


El arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen (1929-1987) sólo había construido su casa y tres capillas en Dinamarca cuando ganó el concurso internacional para levantar el Grande Arche, el monumental edificio que François Mitterrand quería convertir en la imagen de la expansión de París. La película de Stéphane Demoustier El arquitecto narra esa hazaña. Esta es, por lo tanto, una historia real y a prueba de escépticos. También es un filme que pone a prueba una profesión. Y hasta una disciplina.
No es fácil que una película retrate, sin grandilocuencia, triunfalismo o épica, la vida de un arquitecto de éxito. Lo hemos visto en sucesivos intentos como The Brutalist (2024), de Brady Corbet, o en la mítica El manantial (1949), de King Vidor, que dibujaban a seres incomprendidos y más obcecados con transformar la realidad a partir de sus visiones sin fisuras que con dar respuestas a las necesidades de sus clientes, la sociedad o su tiempo.
El arquitecto de Stéphane Demoustier es otra cosa. Es un filme realista que retrata a la vez el logro y la desgracia de ganar un concurso internacional destinado a transformar una ciudad. ¿Por qué El arquitecto es, además de una buena película, un filme educativo? Por el rigor en la información, la verdad de la historia y la verosimilitud del desarrollo. Los actores están al servicio de la historia. Los planteamientos relatan lo que sucedió. La arquitectura aparece no como aspiración cultural, artística o espiritual sino como la realidad poliédrica que es: objetivos monumentales, economía necesaria y cotidianidad picapedrera, mercenaria o rastrera, según quién la ejerza. En realidad, no es nada épico.
Sucede con el ejercicio de casi cualquier otra profesión. Salvo que la capacidad transformadora de la arquitectura es muy visible y las cifras que precisa la construcción de un gran edificio son muy elevadas. A lo externo, se suma el sueño de elevar, o la pesadilla de arruinar, la vida de una persona. Esa paradoja: la necesidad de la ambición para conseguir logros y los peligros de esa misma ambición se abordan en esta película.

Siendo la arquitectura —y sus connotaciones políticas, culturales, sociales y económicas— la protagonista de esta cinta, el arquitecto Johan Otto von Spreckelsen es el que la humaniza.
Von Spreckelsen vivía tranquilamente en la costa de Oresund, a 25 kilómetros de Copenhague, dando clases de arquitectura. Había construido su casa y tres capillas cuando, con 54 años, se presentó al concurso para levantar el Grand Arche de la Défense. Lo inesperado sucedió y lo ganó. ¿Eso se convirtió en lo mejor o en lo peor que le pasó en la vida?
El actor danés Claes Bang aprendió francés para interpretar al arquitecto. Von Spreckelsen también tuvo que aprenderlo. Corrían los primeros años ochenta y la arquitectura espectáculo —la creencia de que un monumento moderno podía cambiar la suerte de una ciudad— arraigaba. El arco que propuso Von Spreckelsen era ciertamente monumental. Pero él no era un arquitecto estrella. Estaba acostumbrado a la autoexigencia, pero no a las presiones políticas y los juegos de poder.

No hace falta haber levantado ningún monumento —ni haber soñado con hacerlo— ni siquiera ser arquitecto para meterse en la piel de Von Spreckelsen y sufrir con los recortes económicos, las prisas y los riesgos que debe afrontar. El título original de la película de Stéphane Demoustier (su cuarto filme tras Terre Battue o la premiada Borgo) es L’Inconnu de la Grande Arche.
Eso fue Von Spreckelsen, más que el clásico incomprendido de los filmes protagonizados por arquitectos, un desconocido desconocedor también de los peligros de soñar con transformar algo sin transformarse uno mismo. Eso es la arquitectura, un arte útil que los proyectistas pueden tratar de levantar siempre con mucho esfuerzo, pero más a base de pactos, acuerdos, diálogos y sacrificios que de obcecación.
¿Un solo hombre puede decidir una obra colectiva pagada con dinero público? ¿Cuánto se puede negociar para mantener un criterio artístico? Las concesiones peligrosas y el diálogo necesario, la potencia de la visión individual y la fuerza de los logros colectivos se dan la mano en esta película basada en hechos reales y arraigada en el mundo real. Una lección de arquitectura. Y un aviso para navegantes.
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