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CRÍTICA | LA DISTANCIA

Santo Monte en Monte Santo

Combina el ‘thriller’ psicológico con el realismo mágico de los cuentos populares y el documento entreverado

Un momento de 'La distancia'.
Un momento de 'La distancia'.

¿Cuál es el detonante de un cáncer? ¿Cuál el de que muchos niños nacieran sin cerebro en colonias de obreros de la industria maquiladora? Demostrar la relación causa efecto entre una actividad y una enfermedad grave es labor que excede tanto la práctica clínica diaria como la capacidad investigadora del paciente, pero conseguirlo puede mejorar el pronóstico, evitar recaídas y mantener a los demás prevenidos. Los fumadores se persuadirían antes del riesgo que corren si en las cajetillas se advirtiera de que el tabaco contiene polonio 210, isótopo con el que se defenestró al espía Alekxandr Litvinenko.…

LA DISTANCIA

A partir de Distancia de rescate, relato de Samanta Schweblin.

Versión y dirección: Pablo Messiez.

Intérpretes: Fernando Delgado, María Morales, Estefanía de los Santos y Luz Valdenebro.

Madrid. Teatro Galileo, 31 de marzo y 1 de abril.

La distancia, versión escénica de Distancia de seguridad, novela de Samanta Schweblin, es un thriller psicológico en el que el pequeño David, su protagonista masculino, guía la memoria de Amanda, bonaerense veraneante en una provincia que bien podría ser Entre Ríos, para que, entre el mar de actos banales que ocuparon su tiempo reciente, discierna cual fue el detonante de la enfermedad que han contraído repentinamente ella y su hijita, que el propio David padece desde tiempo atrás y que parece haberse extendido por esos pagos como mancha de aceite.

La novela, y en parte también el espectáculo, tienen algo de cuento popular iniciático, como los de tradición oral recogidos por los hermanos Grimm, en los que, en clave simbólica, se alerta a los niños de los peligros que habrán de arrostrar tarde o temprano. David guía también al lector, que va tomando conciencia, junto con Amanda o por delante de ella, del horror que esconde ese paraje idílico (cual el que aparece en las primeras secuencias de la película Twin Peacks), rodeado de campos de soja que se adivina trasgénica, aunque no se especifique tal extremo.

La luz de Paloma Parra, la sensualidad velada de Luz Valdenebro (en el papel de la madre de David), la extrañeza con la que la Amanda de María Morales rememora y revive los acontecimientos y la distancia física y psicológica que hay entre Estefanía de los Santos, Fernando Delgado y los niños que ambos interpretan crean un clima cuasi onírico, parejo al de la novela, que evoca los cultivos intensivos de semillas estériles patentadas por multinacionales, fumigadas generosamente a ras de suelo o por el aire con glifosato y otros agrotóxicos, pero que puede evocar igualmente el balneario cuya insalubridad las autoridades tapan en Un enemigo del pueblo o la intoxicación con plomo que la población de Flint (Michigan), afroamericana mayoritariamente, viene sufriendo tras beber y lavarse durante año y medio con agua contaminada, por unas medidas municipales de ahorro.

La dirección de Pablo Messiez es eficaz, pero en la adaptación escénica se echa de menos la progresión minuciosa de la tensión psicológica que caracteriza el relato y la exactitud del goteo de datos, que va desvelando al lector la realidad cobijada bajo el manto de ficción.