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Ponerle cara al cemento

La brasileña Raquel Brust cuela retratos gigantes en la selva urbana de São Paulo

Una de las fotografías de la serie 'Giganto'. Ampliar foto
Una de las fotografías de la serie 'Giganto'.

Raquel Brust (Gravataí, Rio Grande do Sul, 1982) no entendía São Paulo cuando se instaló. Venía de Porto Alegre, una ciudad de un millón y medio de habitantes en el sur de Brasil, y el caos de la megalópolis de 12 millones la dejó desubicada. Mientras trabajaba en cine y fotografía, encontró una manera de entender la ciudad: retratar a los que la habitan y hacerlos protagonistas. Así, en 2008, arrancó Giganto.

A cualquier paulista le suenan los retratos de entre 5 y 25 metros de alto de Brust, porque el proyecto lleva 15 ediciones y ha ocupado espacios claves de São Paulo, sitios donde la fotógrafa "sentía más la fuerza del caos". Giganto la ha dado a conocer dentro y fuera de Brasil y algunas imágenes formaron parte de la programación brasileña de PHotoEspaña en 2013.

Para hacer los retratos, Brust se pasa semanas empapándose del ambiente del barrio. Son imágenes que dejan fuera el contexto. "Busqué personas de todos los lados e intenté no dejar claro cuales eran sus orígenes. Al final eso no importa, todos son solo personas y nos muestran sus paisajes", explica Brust.

Esta foto de una mujer llamada Socorro ocupó junto a otra veintena una de las gigantescas columnas de cemento del Elevado Costa e Silva. Desde su construcción, en los setenta, el llamado Minhocão es una arteria urbana polémica (hay propuestas para cortarlo permanentemente al tráfico o para convertirlo en un parque). "Es muy emblemático del caos de esta ciudad. Fue una construcción dudosa que destruyó una de las avenidas más bonitas y seccionó São Paulo, creando una frontera social, y además polución atmosférica, visual y sonora. Mi idea era diluir la frontera entre barrio y centro, lo que está arriba y abajo, los vecinos y los sintecho, el movimiento diario del comercio y el nocturno, que es el de la prostitución", asegura. Delante de la fotografía, cubierto de mantas, un hombre duerme indiferente al tráfico.

Socorro trabajaba desde hacía 30 años en una tienda de muebles del barrio. Su foto se fue desintegrando en un proceso que a Brust le fascina. En el futuro quiere hacer más fotos que se puedan tocar y ensuciar, más proyectos sin espectadores. Mientras la devoraba el tiempo, Socorro miraba paciente hacia arriba. Como dice la autora, "buscaba el cielo y se encontró el cemento".

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