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OPINIÓN

Con bandera y música

El suceso cervantino del mes de junio que merece quedar en los anales es la culminación de la frustrada campaña electoral a costa de los presuntos huesos de Cervantes

El suceso cervantino del mes de junio que merece quedar en los anales no son las bienvenidas justas de Miguel y Andrés, ni la publicación del gran Quijote de la Biblioteca Clásica de la Academia, sino la culminación de la frustrada campaña electoral que a costa de los presuntos huesos de Cervantes (y de bastante más de cien mil euros) había venido desarrollando doña Ana Botella (EL PAÍS, 12 de junio).

La “máquina insigne” fue esta vez una ceremonia en la tradición más castizamente patriótica: la inauguración de un “monumento funerario” conformado por una lápida conmemorativa tras de la cual se ocultan los restos misceláneos de algunos cadáveres. Presidían el acto un vicario episcopal, el director de la Real Academia Española, la aún alcaldesa por un día y un general de brigada.

Al caballero mutilado Miguel de Cervantes, que con tanto orgullo llevaba su herida en Lepanto y su condición militar, le hubiera complacido que rindieran honores soldados de dos regimientos, uno de ellos el Tercio Viejo de Sicilia nº 67, en cuyas raíces está el que en su día encuadró al novelista; y no menos que la banda de Música del Cuartel Inmemorial número 1 cerrara la conmemoración haciendo sonar, entre el previsible fervor de los asistentes, la Marcha Real.

Sin duda habría apreciado también que el representante de la iglesia madrileña fuera precisamente el vicario para la Vida Consagrada, porque no en balde el devoto Miguel de la vejez profesó en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento (1609) y en la Orden Tercera de San Francisco (1613).

La presencia de la Real Academia Española quizá le habría suscitado algún reparo, al reprocharle que en el salón de actos de la casa siga colgado un supuesto retrato suyo más mentiroso que Judas.

Por transigente que fuera, no sé si hubiera disculpado que el Ayuntamiento de la señora Botella abusara de la buena fe de la Academia haciéndola signar una inscripción incierta o falsa y sancionar una forma lingüística que a él le era ingrata. Porque en la lápida se proclama “Yace aquí Miguel de Cervantes...”, cuando no hay ninguna seguridad de que le pertenezca ni un mísero metacarpo de los huesos en cuestión. Que Cervantes fue enterrado allá es cosa segura; pero sólo quien no ha visto vaciar y trasladar unas sepulturas de antaño puede jurar que allá sigue.

La ortografía no era cosa de recibo entre los escritores de entonces, pero Cervantes tenía algunas preferencias bien definidas; y sólo al vulgo municipal cabe achacar que en la inadecuada cita del Persiles inscrita en la lápida que teóricamente firma la Academia se lea “Segismunda” en vez de “Sigismunda”, como el autor quería, la filología exige y la Academia acata en su monumental edición en curso de las obras completas de Cervantes.