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OPINIÓN

Reinvención de una feria

Haber llegado hasta la 34 edición de Arco es, en los tiempos que corren, haber alcanzado casi una alta edad y, como tal, es un recorrido que nos obliga a reflexionar sobre lo ocurrido con una amplia perspectiva. Sin ella nada de lo que digamos sobre lo que hoy se presenta puede tener sentido.

Porque Arco surgió para promocionar un mercado de arte contemporáneo, cuando el público estaba aquí descubriéndolo por primera vez gracias a su promoción mediante unas nuevas y pujantes vías de difusión, a través de un creciente número de exposiciones temporales que acreditaban su interés y su valor.

Esta empresa ilusionante no era precisamente fácil, porque, a comienzos de la década de 1980, ni había información al respecto ni, por tanto, mucho menos un mercado de arte significativo. A pesar de los pesares, fue tan estimulante la respuesta mediática y popular ante el nuevo evento que se abrigaron grandes esperanzas, sobre todo porque entonces, salvadas las aprensiones sobre el buen rumbo de la Transición política, España se puso de moda y dio la impresión de que no había nada que no se pudiera conseguir, incluso la creación de un mercado artístico sin el cual era imposible feriar nada.

Pues bien, aunque el mercado de arte es de suyo muy opaco, el saldo de este esfuerzo por potenciar un mercado artístico local no intervenido (esto es, en el que la oferta y la demanda no fueran institucionales) dio muy escaso resultado. Apelar a la crisis económica actual para justificar el fiasco es improcedente y, en cualquier caso, inútil, porque, antes de la misma, cuando estábamos en plena euforia, tampoco el mercado artístico español demostró crecer significativamente al margen de las subvenciones estatales, si bien, casi al desaparecer éstas, nos hayamos quedado con el encefalograma plano.

Por primera vez Arco está demostrando un criterio para seguir un horizonte fértil

¿Todo entonces ha sido un fracaso, un error vecino al horror? Aunque comprendo que el español, todavía en espera de milagros, se ilusiona con la misma rapidez que se desilusiona, no creo que los múltiples errores cometidos al respecto descalifiquen el futuro de Arco, siempre que se sepan sacar las lecciones adecuadas de la experiencia vivida y se sea capaz de reinventarse de cara al futuro. Y si lo creo es porque, gracias a la tan denostada crisis, hay todavía una oportunidad muy cierta de sobrevivir en el, por lo demás, muy pujante mercado de arte contemporáneo internacional, aunque en nuestro país ocupe todavía un lugar casi insignificante.

Pero para lograr esta meta, desde mi punto de vista, Arco tiene que jugar a fondo su única baza posible: la de convertirse en la plataforma europea del arte latinoamericano, incluyendo en ella no solo a este en sí, que ya es mucho, sino a todo lo que podríamos denominar genéricamente como el arte del Sur, el de España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, el Mediterráneo, y el de otros enclaves diferentes de estirpe latina, como el de la oriental Filipinas o el de cualquier otro emplazamiento donde esa huella sea patente. Si esto fuera así, Arco, además de potenciar mejor o peor su mercadillo local, podría tener una auténtica presencia internacional.

Aunque la presente edición de Arco sigue mostrando las cicatrices de la crisis económica, la formidable apuesta por Colombia, que va en esta dirección de aupar el arte latino, junto con otros mil pequeños detalles que demuestran el acertado talante de hacer de la necesidad virtud” —por ejemplo, el haberse dotado de espacios más amplios por mejor organizados, el haber optimizado sus recursos, el haber sabido soltar lastres indeseables y el haber explorado rutas nuevas— indican que el agobiante “miércoles de ceniza” que se cernía sobre nuestra flamante feria puede convertirse en una “pascua florida”.

Por otra parte, comparado el resultado económico de la presente edición con el de las inmediatamente anteriores, se respira un ambiente de cierto optimismo pero, a mi juicio, lo mejor entre lo que ahora ocurre desborda lo indicado por la cuenta de resultados, porque por primera vez Arco está demostrando un criterio para seguir un horizonte singular y fértil, trocando las vanas alharacas de antaño en una senda de real productividad. Hay que señalar que todo esto se produce en un momento de cambio general de modelo en la gestión económica del arte, en el que me atrevo a conjeturar que las plataformas feriales van a incrementar su importancia y en el que las galerías tradicionales se van a ir convirtiendo progresivamente en agencias promocionales del arte.

Ocurra lo que ocurra, está claro que nos enfrentamos con una situación en la que las inercias carecen de energía para mantenerse operativas. Es, pues, la hora de la invención o la reinvención. Quizás en esta edición no haya firmas rimbombantes, ni piezas espectaculares, ni novedades desconcertantes pero hay, por el momento, la sensación de que Arco ya no es solo una fachada.