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Amor trágico entre la barbarie estalinista

Se reedita ‘La quinta esquina’, la gran novela de Izraíl Métter que se ocultó dos décadas

San Petersburgo, 1955, ciudad donde transcurre buena parte de la acción de 'La quinta columna'.
San Petersburgo, 1955, ciudad donde transcurre buena parte de la acción de 'La quinta columna'. © Yevgeny Khaldei/Corbis

A casi 20 años de la primera edición de La quinta esquina por la editorial Lumen en 1995, Libros del Asteroide ha recuperado este título prodigioso y al que se le puede poner el adjetivo de subyugante. Se trata de la obra cumbre de Izraíl Métter (Járkov, 1909-San Petersburgo, 1996), un desgarrador testigo literario de la barbarie estalinista. Lumen también editó en 2001 Genealogías, unos relatos autobiográficos que en muchos sentidos entroncan con este libro sin género preciso. Si se quiere, llamémoslo novela.

El traductor y prologuista de Genealogías, Ricardo San Vicente, recogía una entrevista esclarecedora con el escritor. Métter dice: “Mi patria, Rusia, es un campo de pruebas donde la historia realiza sus experimentos sociales, y donde además no tiene en cuenta el destino de cada uno de los hombres aislados. El individuo se enreda entre las patas de la historia y ésta pasa por encima de él y lo convierte en polvo, y por muchas veces que el hecho se produzca, sólo llegamos a comprenderlo, preparados ya para una nueva espiral de errores". Todas estas palabras caben en un resumen argumental de La quinta esquina.

Judío, marcado por unos discretos orígenes burgueses, sin acceso a la universidad, forjándose una profesión guarnecido por sus propias y piadosas mentiras, Méttel dibuja al Boria de la novela con sus mismas heridas y vivencias, con su amor desaforado, trágico y caótico por Katia.

El libro se publicó en 1989, tras la desintegración de la URSS

Ese Boria se dice a sí mismo: “¿Por qué no hemos dejado ninguna huella en la tierra?”. En la entrevista citada, recapitula: “Desde niño me he acostumbrado a percibir el aliento pestilente del antisemitismo a mis espaldas. Tal vez suene terrible, pero ¿se puede uno acostumbrar a la inmundicia?”. Pero ¿qué es la quinta esquina a que se refiere el título? Un tenebroso sistema, una tortura que inventaron en aquellos tiempos y que luego enseñaron generación tras generación: al torturado, entre golpes, se le impelía a encontrar la quinta esquina de una habitación cuadrada.

No hay un orden cronológico en las escenas porque acaso no lo hay tampoco en la mente del escritor; el respaldo de cualquier ordenación más lógica está sustituido por un borrascoso torrente de angustia, a veces con un anárquico, tozudo sentido del papel de los recuerdos.

Narrador de potente estilo propio, tan poético como seco, Méttel escondió celosamente el libro más de 20 años después de darlo por terminado. Es verdad que en 1964 apareció Katia, breve librito con algunas escenas entresacadas del original de La quinta esquina y del que expurgó todas las escenas políticas o citaciones comprometidas; lo que quedó era bonito, pero sabía a poco. Como asegura la crítica literaria Mercedes Monmany, su mayor atractivo es su estilo, y este se despliega a plenitud con el total de las páginas escondidas. Era un manuscrito que quemaba, unas páginas que ardían solas, como ese fuego mítico por espontáneo de que hablan las leyendas. Nunca hubo copias de La quinta esquina. La esposa de Izraíl la tecleó pacientemente con un dedo, aporreando —con mucho miedo— la vieja y sonora máquina de escribir. Una vez hecho, el manuscrito pasó por diversos escondites domésticos, imaginando cada vez un escondrijo inaccesible a la imaginación y olfato de los sabuesos del KGB. Tuvo que surgir la perestroika y la glásnost, tuvo que caer el muro de Berlín y desaparecer la Unión Soviética, tuvieron que rodar las estatuas de Lenin y Stalin (no todas) para que finalmente en 1989 viera la luz de la impresión este libro, un texto que hace pensar que todos los totalitarismos se merecen tener, por lo menos, un Izraíl Métter que sustituye olvido por memoria.

Pero este libro es también y sobre todo una poderosa obra acerca de la soledad, una soledad substancial y sobrehumana, esa que en la literatura rusa se informa en profundidad desde antes en Gogol y Chéjov y que ya habita y domina el discurso, su lírica interior, desde los tiempos del Oblómov de Iván Goncharov (paradigma del personaje superfluo) a los personajes de Turguéniev. Mucho después, en el también ucraniano Mijail Bulgakov, se volverá a encontrar a estos observadores desgraciados del mundo, un arquetipo del que muy autobiográfico Boria de La quinta esquina es parte y hace coro, amén de los ruidosos fantasmas de tantos sacrificados en vano, de Isaac Babel a Meyerhold.

Al final de la obra aparece un personaje con visos de fantasma corporeizado, deambulador y grotesco, rechazado por el grupo. Se trata de otro jubilado como nuestro triste héroe que todos los veranos, mochila al hombro, peregrina más que ir de excursión a los lugares donde cayó todo su batallón. Allí escarba y señala de vez en cuando una tumba. “Pero eso se ha convertido en la idea central de su vida”, escribe Métter: “El caminante continúa yendo de un lado a otro por la región, aburriendo con sus preguntas y sus peticiones”. Métter concluye que padecen “la misma locura”: “Los dos erramos entre tumbas imposibles de encontrar”.