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OBITUARIO

Pierre Daix, biógrafo de Picasso y testigo de una era

El periodista e historiador del arte era uno de los grandes intelectuales comprometidos de la posguerra francesa

Pierre Daix, escritor, historiador de arte moderno, en 1987.
Pierre Daix, escritor, historiador de arte moderno, en 1987.

Durante gran parte de su vida, Pierre Daix fue el más joven de cuantos lo rodeaban. Lo fue en su clase del elitista liceo parisino Henri IV, donde este hijo de la banlieue obrera aterrizó por casualidad a los 10 años, saltándose varios cursos gracias a una inteligencia adelantada a su edad. Lo sería también en las filas de la Resistencia francesa a la invasión nazi, a las que se unió cuando tenía 17 años, siendo deportado a Mauthausen en 1944. Y lo siguió siendo al regresar a París, sano y salvo pero marcado de por vida, cuando se convirtió en uno de los mayores intelectuales de la posguerra francesa, cuyo destino estuvo unido al del Partido Comunista hasta 1972. Su decepción respecto a la torcida empresa socialista, que había defendido contra viento y marea durante décadas, le terminó obligando a abandonar sus filas, como explicó en un primer tomo autobiográfico y algo expiatorio, J’ai cru au matin (1976). Antes de su desengaño dirigió durante tres décadas una de las más influyentes publicaciones de la época, Lettres Françaises, muy próxima al aparato comunista.

Reputado novelista, periodista, historiador y crítico de arte, Pierre Daix falleció el domingo en París a los 92 años. Llevaba varias décadas trabajando en distintos libros memoriales, tal vez porque era consciente de que el final se acercaba. Desde un sobrio apartamento del este parisino, alejado de la pomposa intelectualidad de la rive gauche, Daix dedicó sus últimos años a recordar. Pero lo hizo poniendo en duda sus propias invocaciones, enfrentándolas sin cesar a la realidad histórica y dudando hasta de su propia sombra. En 2001 publicó un libro de recuerdos titulado Tout mon temps, que llevaba el significativo subtítulo Revisiones de mi memoria. Daix no dudó en corregir errores del pasado: tras oponerse a quienes defendían los excesos comunistas, terminó rindiéndose a la evidencia y reconociendo la existencia de campos soviéticos. “Mi negacionismo fue una construcción intelectual elaborada al cabo de los años. Me había manipulado a mí mismo, el colmo para alguien con una formación de historiador”, escribió en 2008.

Dirigió durante décadas

‘Lettres Françaises’, próxima

al partido comunista

Pero su auténtica pasión, por la que sin duda será recordado, fue el arte. Lo consideraba el “oxígeno de supervivencia intelectual durante los años de la ocupación”. Daix biógrafo y estudioso de Manet, Rodin, Gauguin, Matisse, Bradel o su contemporáneo Soulages, además de íntimo de Aragon, Éluard y Picasso. Entre sus mayores aportaciones está la de haber contribuido a entender la complejidad de su obra a través de sus magníficos volúmenes. El pintor malagueño le llevaba cuarenta años de ventaja, pero se encariñó de ese joven al que había conocido una tarde de 1945 en su taller parisino. Después volvieron a coincidir en una expedición de intelectuales próximos al Partido Comunista, en dirección a Auschwitz. “Fue ahí donde entré en su intimidad”, confesó Daix. La semana pasada, el historiador visitó el renovado Museo Picasso de París junto al empresario y coleccionista François Pinault, otro de sus amigos más íntimos, quien empujaba la silla de ruedas del historiador mientras este hombre con perfil de sindicalista polaco seguía suministrando nuevos recuerdos y juicios siempre ponderados.

Cuentan que Daix solo se amedrentaba ante los dóberman, a los que consideraba un recuerdo indeleble de sus días en el campo de concentración. Hace unos años, un huésped salió del ascensor de su hotel austriaco con un perro de esa raza. “Instintivamente, di un salto de dos metros para atrás”, confesó. Siempre se definió como “un superviviente”. Siendo uno de los últimos representantes de esa generación de intelectuales comprometidos bajo el influjo de la utopía socialista, Daix lo habrá sido también, hasta sus últimos suspiros, de un siglo que se desvanece.