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IDA Y VUELTA

La factoría de la nostalgia

El blanco y negro de fotografías y documentales puede volver memorable cualquier episodio pasado

Fred McDarrah retrató a Bob Dylan sentado al sol en un banco de Sheridan Square, en 1965. La foto se exhibe en la galería Steven Kasher.
Fred McDarrah retrató a Bob Dylan sentado al sol en un banco de Sheridan Square, en 1965. La foto se exhibe en la galería Steven Kasher.

Cualquier cosa, bien macerada y caramelizada por el tiempo, puede manufacturarse en forma de nostalgia. El blanco y negro de las fotografías y los documentales puede volver memorable cualquier episodio del pasado, por muy mediocre, superfluo, incluso deleznable que fuera. En sus fotos de los años cincuenta, de los primeros sesenta, nuestros padres parecen jóvenes actores de cine.

“Existe en la naturaleza humana una fuerte propensión a devaluar las ventajas y a magnificar los males del tiempo presente”, dice Gibbon. Nueva York es ahora una ciudad más limpia, más segura y más próspera que hace treinta o cuarenta años, pero cuando uno habla con personas que recuerdan el tiempo de los atracos en el metro, los apuñalamientos en Central Park, los campamentos de mendigos, drogadictos y traficantes en Tompkins Square o en Washington Square, junto al alivio de que todo aquello pasara hay con frecuencia un tono de nostalgia. Un amigo me contaba que uno no podía permitirse el lujo de ir abstraído por la calle: había que estar siempre alerta, como con un radar siempre moviéndose para detectar signos de peligro, y eso hacía que uno viviera más pegado a lo real, mucho más despierto que ahora, cuando las aceras están pobladas casi exclusivamente por sonámbulos que hablan gesticulando por sus teléfonos de manos libres o miran absortos y teclean en la pantalla de los iphones. “Había que andar de una cierta manera”, me dijo mi amigo, “para que se supiera que uno no era un turista, que no estaba perdido ni era una presa fácil; había que andar rápido, mirando al frente, y al mismo tiempo vigilando de soslayo a un lado y a otro, aunque con la precaución de que la mirada no chocara con la de quien no debía”. Un volumen entero de las memorias de Edmund White, City Boy, está dedicado a la época de libertad desaforada que conocieron los homosexuales de Nueva York precisamente en los mismos años en los que la ciudad se hundía en la catástrofe, cuando el Gobierno federal se negaba a salvarla de la quiebra y no había dinero ni para limpiar la basura. Entre el motín de Stonewall en 1969 y la irrupción del sida como una epidemia medieval en los primeros ochenta, la Nueva York que recuerda White fue una fiesta de promiscuidad y desahogo que no acababa nunca.

Existe en la naturaleza humana una  propensión a devaluar las ventajas y a magnificar los males del presente”, dice Gibbon

También era la ciudad de las bocas de metro cegadas por escombros como tumbas egipcias y el de los trenes tachonados completamente con manchas, figuras y garabatos de grafitis. Casi cualquiera que ya no sea joven tiene un recuerdo muy vivo de la pesadilla y el peligro de aventurarse en el metro. Había asientos arrancados, cristales escarchados por pedradas, charcos de líquidos alarmantes, restos de comida, gente trastornada de mirada retadora. En verano no había aire acondicionado y en los túneles y en los trenes el calor adquiría una cualidad cenagosa. Y, para muchas de las personas a las que les he preguntado, una parte grande del suplicio del metro eran los grafitis: su proliferación angustiosa, la claustrofobia de que no hubiera un espacio, dentro o fuera de los trenes, no ocupado y saturado por ellos. De lejos, cuando se veía desde la calle un tren emergiendo de un túnel por un paso elevado o atravesando uno de los puentes sobre el East River, había a veces un efecto inesperado de belleza, una complicación de colorido barroco.

Nadie que yo conozca prefiere el metro de aquellos años al de ahora, pero la nostalgia es una planta capaz de arraigar en los suelos más inhóspitos. El Museo de la Ciudad acaba de inaugurar una gran exposición dedicada a lo que ahora resulta que fue la edad de oro del grafiti. En ella no hay vagones de verdad cubiertos de policromías, pero sí fotos apaisadas y muy bien enmarcadas de aquellos trenes desfilando como convoyes de color entre edificios desmoronados, a través de barriadas que parecen ciudades en las que nunca comenzó la reconstrucción de una posguerra. En una magnífica galería de Chelsea especializada en fotos, Steven Kasher, se repiten imágenes parecidas de trenes, tomadas en los últimos setenta y primeros ochenta por Henry Chalfant. En ellas los vagones forman frisos que ocupan todo el espacio. En cualquier parte destaca sin dificultad el talento. En la exposición del Museo de la Ciudad deslumbran artistas callejeros que trasmutaban la prisa y el peligro en virtudes estéticas: Daze, Dondi, Futura, Lee Quiñones, Lady Pink; y en esa atmósfera se comprende mejor la capacidad de aprender y absorber y darle la vuelta en beneficio propio a toda aquella imaginería que tuvieron Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, sobre todo Basquiat.

Gente joven con talento podía buscarse la vida en una ciudad que era pobre y peligrosa, pero también barata y con oportunidades

En la Nueva York opulenta y socialmente escindida de ahora la nostalgia es una mercancía y también un indicio de la incomodidad que despierta en la gente la omnipotencia obscena del dinero. En Steven Kasher la sala principal la ocupa estos días una selección de las fotos que Fred McDarrah hizo en los sesenta y los setenta para el Village Voice. Aquí la nostalgia es en blanco y negro. McDarrah iba por las calles, los cafés, los apartamentos destartalados del Village, como un minutero ambulante que retrató a los mayores de la generación que se estaba extinguiendo y a los más jóvenes y más de la siguiente, los que empezaban a brillar y los que estaban perdiendo brillo, los expresionistas abstractos con sus blusas y pantalones manchados y su fatiga de viejos pintores de brocha gorda y los jóvenes pop con sus caras aniñadas de estudiantes precoces, los poetas beat y los mendigos, los que miraban sabiendo desde muy jóvenes lo que querían y los que prometían mucho y no llegaron a nada. Retrató a Dustin Hoffman con veinte años y con cara de comer mal y casi no dormir, a Bob Dylan sentado al sol como un indigente en un banco de Sheridan Square, a Norman Mailer como un león en una jaula llena de montones de periódicos, con el cigarrillo y la máquina de escribir que entonces parecían las herramientas naturales de un novelista, a Jack Kerouac recitando poemas en la sala de estar de un apartamento lamentable, a Robert Mapplethorpe con un corte de pelo y una cara chupada y una mirada fulgurante que le hacían muy parecido a Camarón de la Isla, a Mark Rothko como un gordo viejo y demolido, muy solo entre los invitados a una fiesta. Parece que no hubo protesta contra la guerra de Vietnam o a favor de los derechos de las mujeres o los homosexuales a la que Fred McDarrah no acudiera con su cámara.

Gente rara y muy joven con mucho talento o solo con un talento fantasioso para la extravagancia podía buscarse la vida en una ciudad que era pobre y peligrosa, pero también era barata y estaba llena de oportunidades. Ahora que hay sucursales de bancos o de Starbucks en casi cada esquina, y que sobre las terrazas de los vecindarios destartalados de entonces se levantan torres de vidrio para oligarcas rusos y chinos y escualos financieros de Wall Street, la nostalgia tiene una médula de protesta política.

 

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