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Las dos vidas de Balenciaga se encuentran

El museo dedicado al diseñador exhibe por primera vez piezas de los archivos de París

Los vestidos procedentes de Francia serán reemplazados para asegurar su conservación

Conjunto de 1939 de Balenciaga que evoca los siglos XVIII y XIX.
Conjunto de 1939 de Balenciaga que evoca los siglos XVIII y XIX.

En la moda sucede a menudo que dos cosas con el mismo nombre no son la misma cosa. Por ejemplo, el Cristobal Balenciaga Museoa y la casa de moda Balenciaga París no habían tenido hasta ahora relación conocida. Pero la tercera rotación de las piezas que componen los fondos del centro de Getaria cuenta con un invitado estrella: la firma francesa que todavía produce ropa con el nombre del maestro, retirado en 1968 y fallecido en 1972. En la exposición, que ayer se inauguró, se muestran por primera vez cuatro vestidos de los archivos Balenciaga París. Serán reemplazados por otros del mismo origen dentro de seis meses para asegurar su conservación. Hasta ahora la compañía, propiedad del grupo Kering (antes PPR), había colaborado con la institución con documentación e imágenes, pero no había prestado ninguna de las 1.600 obras que atesora entre vestidos y accesorios. ¿Qué ha provocado el cambio? “No lo sé”, responde Miren Arzalluz responsable de las colecciones en el Cristobal Balenciaga Museoa. “Las relaciones se van consolidando. Somos un museo joven y no ha pasado tanto tiempo desde que abrimos”.

El centro dedicado a Balenciaga se inauguró, tras varias complicaciones, en junio de 2011 y cuenta con fondos propios obtenidos a través de donaciones de antiguas clientas. Fondos que continúan llegando. Por eso, además de las cuatro piezas procedentes de París, esta reposición presenta otros 11 diseños inéditos entre las 62 obras que la componen: vestidos pertenecientes a Socorro Aliño o Margarita Mendívil.

Por su parte, el archivo de la casa también ha tenido una vida azarosa. Hasta que el Grupo Gucci adquirió la compañía en 2001, la sección de patrimonio y el estudio de diseño vivían de espaldas. La responsable del primero, Marie-Andrée Jouve, se encargó de preservar la colección, de organizar exposiciones con distintos museos y de escribir un libro que se considera la obra de referencia sobre el creador. Pero el estudio, que desde 1997 lideraba Nicolas Ghesquière, no pudo acceder a los fondos hasta que la compañía cambió de propietario.

A partir de ese momento, Ghesquière hizo buen uso de los archivos en varias colecciones. Algunas, como la de otoño-invierno 2006, reflejaban sus hallazgos de forma muy explícita. El diseñador francés dejó la firma el pasado noviembre y ha sido reemplazado por el estadounidense Alexander Wang. Este debutó el 28 de febrero con una propuesta inspirada en el trabajo del diseñador vasco. “La idea fue tomar las raíces de la casa y representarlas en función del cuerpo de hoy”, explicaba a EL PAÍS tras su desfile. Unos días después, el 23 y 24 de marzo, Wang se desplazó al museo para analizar los fondos. Pudo así conocer mejor los orígenes de Balenciaga ya que el punto fuerte de la institución son las piezas más antiguas, las que realizó entre la apertura de su primer taller en San Sebastián 1917 y su llegada a la alta costura francesa en 1937. En cambio, las referencias más antiguas que se conservan en el archivo de París datan de 1938. “Siempre nos ha parecido importante no obviar su etapa en San Sebastián y hemos hecho una labor de difusión de ella”, asegura Arzalluz. El museo ha recibido 170.000 visitantes desde su apertura.

Los préstamos de París están llamados a reforzar un periodo concreto en la muestra, que comprende toda su carrera y también pone énfasis en el virtuosisimo técnico que alcanzó en los años sesenta. Las piezas van desde 1938 a 1941 para demostrar por qué obtuvo un éxito inmediato al llegar a Francia. “En esa época estaba muy cercano a Elsa Schiaparelli”, analiza un portavoz del archivo que no quiere ser identificado. “Su trabajo era aparentemente básico, pero muy preciso. Aunque tenía influencias históricas, utilizaba elementos innovadores, como la cremallera, y detalles surrealistas. Estaba entre lo práctico y lo onírico”.

Cristóbal Balenciaga era un apasionado de su oficio y coleccionaba trajes del siglo XIX. Esa pasión por atesorar también concernía a su trabajo. Guardó mucho material y todo lo que contenía su taller cuando cerró. Ese capital ha convertido el archivo de París en parada obligada para las múltiples exposiciones sobre Balenciaga de los últimos años. Un tesoro que, de momento, nunca se ha abierto al público con una muestra propia. Tal vez, ocurra en 2017 cuando se cumpla el centenario de la fundación de Balenciaga.