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crítica de 'los ilusos'

Mecano para la utopía

Materia frágil, la película parece estar desmontándose plano tras plano

Mecano para la utopía

Una cinta VHS enredándose en los pies de una niña proporciona al desenlace de este segundo largo de Jonás Trueba una imagen cargada de fuerza, que parece contrastar violentamente con la llamativa secuencia que cerraba Todas las canciones hablan de mí (2010). Allí, el protagonista formulaba un obsesivo monólogo mientras la banda sonora crecía hasta ahogar sus palabras: un monólogo que parecía una oda al inmovilismo sentimental y existencial y que, probablemente, era una falsa pista, porque, en Los ilusos –película que, en buena medida, también habla de una trinchera, de estrategias vitales para protegerse frente a las hostilidades de lo real-, Jonás Trueba pone en feliz movimiento hacia adelante su discurso y sus maneras, pero –y eso es lo más llamativo- sin dejar de ser, esencialmente, el mismo.

LOS ILUSOS

Dirección: Jonás Trueba.

Intérpretes: Francesco Carril, Aura Garrido, Luis Miguel Madrid, Vito Sanza, Isabelle Stoffel, Mikele Urroz.

Género: comedia. España, 2013.

Duración: 93 minutos.

Los ilusos es materia frágil, una película que parece estar desmontándose plano tras plano, un relato que a ratos transmite la sensación de querer apagarse, en consonancia con el impulso creativo de un protagonista –Francesco Carril como nueva declinación de Antoine Doinel- que busca en el tema del suicidio la inspiración para un nuevo proyecto. La película integra supuestas tomas falsas, claquetas y micros, pero Jonás Trueba no pretende ni hacer metalenguaje, ni jugar a La noche americana (1973), sino subrayar la unidad orgánica entre cine y vida, entre experiencia y representación, entre lo subjetivo y sus sutiles tendencias a la automitificación.

En la película, un grupo de personajes que habita un limbo muy Nouvelle Vague, con centro de gravedad en el cine Doré, habla, elabora proyectos de futuro, sueña, se enamora y vive, sin que el conjunto fuerce tensiones dramáticas, ni se empeñe en construir un relato. Jonás Trueba no ha hecho una película: ha salido a buscarla y lo que ha encontrado es valioso. Y lo que el espectador ve en la pantalla es una minuciosa articulación –el montaje de sonido es llamativo- de esos materiales dispersos que funcionan como un mecano para la utopía.