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CRÍTICA DE 'BESTIAS DEL SUR SALVAJE'

La gloria del fango

Quvenzhané Wallis y Dwight Henry, durante el rodaje del filme. pulsa en la foto
Quvenzhané Wallis y Dwight Henry, durante el rodaje del filme.

“Yes, I’m walking… in the light”, cantaba Blind Willie Johnson, mito del blues de la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos; un hombre que, a pesar de ser ciego, siempre buscó el fulgor de la existencia. Caminaba hacia la luz, lo sentía, lo recitaba como un lamento, como una letanía del Sur más profundo. Una luz hacia la que también se dirige la niña protagonista de la inclasificable, imperfecta y procaz Bestias del sur salvaje, primer largometraje del joven Benh Zeitlin, neoyorquino extasiado por el lado más indómito de lugares como Luisiana, adonde llegó hace años para quedarse, y acabar narrando ese trayecto hacia la claridad en mitad de la ciénaga en la que se desenvuelven algunos de sus habitantes. Una película contada a borbotones, con la osadía de lo anticonvencional, gran sorpresa al colarse entre las principales categorías (película, director, guion, actriz) en la próxima entrega de los Oscar.

BESTIAS DEL SUR SALVAJE
Dirección: Benh Zeitlin.
Intérpretes: Quvenzhané Wallis, Dwight Henry, Lowell Landes, Pamela Harper, Levu Easterly.
Género: drama. EE UU, 2012.
Duración: 93 minutos.

Ahora bien, ¿dónde está realmente la luz para los caminantes de la película? ¿En un campamento de aspecto solidario, con médicos, tecnología y aspecto impoluto, aunque con espíritu de cárcel blanca, o en el barro, en el cieno que para ellos no es sino la gloria, donde llevan viviendo seguramente desde hace generaciones? Zeitlin no juzga, capta el espíritu sureño, lo envuelve con poesía visual y simbolismo, y huye de la denuncia social, del desamparo político en el que se encuentran, del ecologismo impostado en el que podría haber caído. Para ambientar su película, Zeitlin, como el Werner Herzog de Fitzcarraldo, como el Nicolas Roeg de Walkabout, no ha construido, no ha representado el fango donde viven una panda de negros y de blancos, dementes borrachos, salvajes, maravillosos; simplemente se ha ido con su cámara y su equipo hasta el fango, y también se ha zambullido en la crudeza, como un Apocalipsis en la esquina del primer mundo.

En Bestias del sur salvaje, Cámara de Oro a la mejor ópera prima del Festival de Cannes, anida el espíritu indómito del ciego Johnson, del Mardi Gras, el carnaval de Nueva Orleans, tan bien representado en la serie Treme, que resuena aquí en la descomunal canción-danza de los Balfa Brothers. No es una película para pasar el rato, es una inyección de espíritu sureño, de ensoñación bronca, dulce y terrible.

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