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Ruinas repletas de Historia

El hospital del Buen Suceso sobrevivió a incendios, terremotos y a la invasión francesa

Fue finalmente derruido en 1854 durante la reforma de la Puerta del Sol

Dibujo del templo y el hospital del Buen Suceso en el siglo XIX. Ampliar foto
Dibujo del templo y el hospital del Buen Suceso en el siglo XIX.

Las ruinas halladas bajo la Puerta del Sol parecen corresponder a los cimientos del Hospital Real de Corte mandado edificar por Carlos I, en torno al año 1529, previa petición de bula al papa Clemente VII. El enclave se alzaba sobre una preexistente ermita de San Andrés. Fue primer capellán del hospital Álvaro Carrillo de Albornoz y el arcediano de Olmedo su primer administrador, tarea en la que le sucedería en 1579 Bernardino de Obregón, quien sería beatificado.

Los cometidos primitivos del Hospital, según el historiador Francisco Marín Perellón, fueron los de asistir a soldados y sobre todo, a funcionarios de la Corte que, si bien era todavía itinerante, registraba cada vez un mayor número de cortesanos a su servicio asentados en Madrid. En un principio, el hospital contó con 33 camas y por cédula real se le asignaron cien fanegas de trigo y otro centenar de cebada para el mantenimiento de los hospitalizados.

Posteriormente, gracias a que los limosneros reales pertenecieron desde el origen de la cofradía rectora a la dirección del hospital, los recursos afluyeron regularmente. Por ello, en 1685 le sería asignada diariamente y durante los meses del verano para refresco de sus enfermos hasta media arroba de nieve procedente de la Cava Real, un pozo de nieve que abastecía al Alcázar de los Austrias, precedente del Palacio Real.

En el año de 1606, dos hermanos de la orden hospitalaria fundada por Obregón, de nombres Gabriel Fontanet y Guillermo Martínez Ríjola, en un viaje a Roma y sobre un paraje abrupto entre el reino de Valencia y Cataluña descubrieron una pequeña imagen de la Virgen María que llevaron consigo hasta la ciudad del Tíber donde el papa Paulo V la bautizó como del Buen Suceso, nombre que signaría desde entonces el hospital y el templo adjunto. Una procesión anual acompañaba a la imagen llevada por los aguadores de las siete fuentes de los caños del Peral –donde hoy se halla la plaza de la Ópera- ataviados como arcabuceros.

Un incendio derribó la torre del templo en 1620 y un año después Gregorio XV reglamentó el Real Hospital de Corte, para dar paso a una reconstrucción que llevó aparejada la instalación de un retablo encomendado a Pedro Latino, retablo que dialogaría al poco con el cuadro de la Virgen del Buen Suceso, obra de los pintores Luis Fernández y Juan de Solís.

Templo y hospital evolucionaron en su arquitectura con el decurso de la Puerta del Sol, desaparecida como tal en 1536 aunque conservara el nombre. Alguna corrida de toros y fastos regios fueron celebrados en las inmediaciones de la iglesia, que sufrió un nuevo incendio en 1701 y en 1732, por privilegio papal, el templo pudo dar misa hasta las dos de la tarde. Durante las enormes réplicas del terremoto de Lisboa, el 1 de noviembre de 1755, la cruz que remataba su torre cayó al suelo y en su caída mató a dos muchachos que transitaban por las inmediaciones.

Como ha contado el madrileñista José del Corral, en la iglesia del hospital del Buen Suceso el rey de Nápoles, durante la boda de su hija con su yerno el futuro Fernando VII, perdió su tabaquera a manos de un ladrón que le rajó la casaca sin que el monarca se enterara. Corría el año 1803. Cinco años después, la iglesia del hospital fue refugio de los patriotas alzados en armas blancas contra los mosquetones de los dragones y los mamelucos del ejército imperial de Napoleón, que allí mismo dio muerte a muchos de los insurrectos, que se llevaron por delante, asimismo, a numerosos invasores. Ya en 1854 el templo del antiguo hospital fue demolido.

Hoy, su lonja permanece alineada con el perfil del nuevo andén de la estación de Sol, explica el historiador Francisco Marín Perellón. Una parte de aquellos muros se muestra al público a unos siete metros de profundidad, la misma distancia que separa su emplazamiento del lugar que inicialmente ocuparon.

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