Ultrahigiénicos, superconectados y... ¿mojigatos? Los tópicos de un verano atípico

Busca un cajón fijo para las mascarillas, porque su uso va para largo

Estas vacaciones no saldremos de casa sin el gel hidroalcohólico y la mascarilla.
Estas vacaciones no saldremos de casa sin el gel hidroalcohólico y la mascarilla.PhotoAlto/Milena Boniek / Getty Images/PhotoAlto
Natalia López Pevida

Y de repente, el verano. Llegamos con el desconcierto de un aterrizaje forzoso, después de haber vivido la prueba de resistencia global más importante de la historia reciente. Se suponía que su entrada venía marcada por la fecha y hora del solsticio, pero en este año pandémico, el comienzo de la estación más cálida está mediado por la normativa legal que posibilita el tránsito entre provincias. Se escuchó hace pocos días en todos los corrillos de amigos que preparaban sus vacaciones: “Este año, cualquier plan resulta bueno”. Las energías no estaban puestas en el destino, la duración o el contenido de la maleta, sino en el empeño colectivo de cómo compaginar el gozo con las recién estrenadas reglas. Los expertos coinciden: muchas se mantendrán más allá de la vacuna. O cómo la escapada anual a Torrevieja se ha convertido, inesperadamente, en el ensayo general de la función de una nueva vida. Así la inauguramos.

La higiene es el nuevo credo

Este será el primer verano en el que no saldremos de casa sin el gel hidroalcóholico y la mascarilla, pero no el último: los protocolos de higiene han llegado para quedarse. Y para muestra, un artículo de la Universidad de China, en Hong Kong, que destaca cómo el coronavirus SARS, que asoló Asia en 2003, introdujo dos hábitos de higiene en la población hongkonesa que perduran hasta hoy: los desinfectantes de manos en el espacio público y el uso de la mascarilla ante cualquier síntoma de resfriado.

En Europa se dejó de escupir en la calle con los protocolos contra la tuberculosis en la segunda mitad del siglo pasado

Es cuestión de tiempo que, cuando veamos fotos de tumultos y grupos de gente tomadas antes de la primavera de 2020, nos sorprendamos de que no haya ningún rostro cubierto. Jon Arrizabalaga, historiador de la Medicina e investigador de la Institución Milà y Fontanals, del CSIC, comenta: “En la historia de la humanidad, la consolidación y aprendizaje de hábitos de higiene son resultado de experiencias ante la enfermedad y la muerte”. En el caso de Japón, un estornudo o ataque de tos a cara descubierta despierta miradas fulminantes desde la gripe de 1918. Y, como apunta Arrizabalaga, no hace falta irse tan lejos: “En Europa es muy infrecuente que la gente escupa en la calle, porque la costumbre se erradicó con los protocolos de la tuberculosis”.

Hasta el modo de abrazarnos ha cambiado: varios epidemiólogos comentaban hace unas semanas en The New York Times que la forma más segura de hacerlo, cuando nos reencontremos estos días con amigos y familiares (en caso de querer tocarlos), es evitando que las caras se giren en la misma dirección, dejando que los niños se agarren a los adultos a la altura de sus cinturas o situándose, una de las dos personas, de espaldas a la otra.

The Economist propone que, para dar contexto a algo, usemos las siglas AC (antes del coronavirus) y DD (después de la domesticación).

¿Son remilgos que permanecerán en el tiempo? Algunos sí... y otros no. La historia contradice a quienes piensan que, una vez contenida la transmisión, la vida vuelve a ser igual que antes. Pero también basta con echar un ojo al pasado, como sugiere Arrizabalaga, para descubrir que si las pandemias son cíclicas, los errores también: “El gobernador de Burgos ya recomendaba en 1918 abstenerse de ‘permanecer en locales mal ventilados o con mucha afluencia de gente”, recuerda el historiador. Sin embargo, hemos seguido disfrutando del bullicio, “cuando objetivamente es una tortura”, interviene Fernando Bayón, filósofo y director del Instituto de Estudios de Ocio de la Universidad de Deusto: “Si hay un bar con barra en el que nos podemos colocar con el codo encima del de al lado y la oreja rozando con la de otro, ese es el que queremos. Es una conducta animal que quedará mucho tiempo en cuarentena”. El enigma es cuánto.

El lujo se transforma: ahora huele a lejía y se alcanza por carretera

En lo que respecta al esparcimiento, en este verano pandémico la omnipresente tendencia del marketing de experiencia, que en la última década lo mismo servía para organizar bodas, viajes, vender refrescos o camisas, quedará reducida al olor a químico desinfectante, de modo que el cumplimiento de protocolos anticovid estará en todos los reclamos y eslóganes. En este sentido, Olga Villacampa, fundadora de la consultoría de marketing y comunicación en turismo Noema Consulting, cuenta: “Los destinos y establecimientos que tengan mejores medidas de seguridad sanitaria serán los más beneficiados”. Así, la industria ha adaptado la competición por la diferenciación a las imposiciones de la Covid, buscando atraer clientes desde la imagen de seguridad. En la sociedad del riesgo, concepto formulado por Ulrich Beck en 1986, la preocupación por el posible daño (en este caso, el contagio) es también elemento de inequidad. Es decir, igual que no es lo mismo pasar el confinamiento en un piso de 40 metros cuadrados que en un chalé unifamiliar, los hospedajes y locales de ocio también ejercen relaciones diferentes con la confianza en función del precio, hecho que redefine la idea de lujo desde la sensación de espacio personal, seguridad y disfrute.

Hay quien se viene arriba y saca los pies del tiesto: recientemente, el restaurante Ginkgo, en Madrid, tuvo que pedir disculpas por ofertar análisis de Covid-19 en su planta baja para garantizar una velada segura (los ciudadanos lo vieron como un modo de sacar tajada económica de la tragedia). Villacampa ahonda: “La pandemia va a acentuar la polarización del turismo en función de la renta. En general, el sector del turismo de lujo cuenta con mejor capacidad de adaptación a estos protocolos que el turismo de oferta agresiva”. Pero hay límites...

Y, de nuevo, el zarpazo del SARS en 2003 nos explica que huir de la visita a la gran ciudad es copiar el plan que entonces trazaron los hongkoneses, según un artículo publicado en World Leisure Journal. Algo de lo que están al corriente los museos e instituciones culturales más potentes: de ahí la modernización de sus páginas web para un turismo virtual. Villacampa añade: “Primará lo nacional. Viajaremos a nuestros pueblos, montañas y playas. Y lo haremos en coche, porque la seguridad que nos ha proporcionado nuestro hogar se extiende ahora a nuestro vehículo. En cierto modo, algunas características recuerdan a los años sesenta del siglo pasado”.

Y el sexo se complica (o pierde brío)

Si tiene pareja estable, todo en orden. Pero, ¿qué pasa con los y las picaflores, que esperaban la llegada del verano para dar rienda suelta a su libido? “El virus puede estar en la mucosa de la boca y faringe, en la del resto de vías respiratorias y también en el tubo digestivo. El contacto físico íntimo con una persona infectada, independientemente del tipo de práctica sexual, conlleva un gran riesgo de contagio”, aclara sobre los encuentros fuera de la pareja Ángel Asensio, jefe del servicio de Medicina Preventiva del Hospital Puerta del Hierro de Madrid.

Esta incertidumbre introduce una serie de indicaciones de seguridad que coartan la libertad sexual, según algunos estudiosos. La situación recuerda a la descrita por Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (Debolsillo), donde la escritora y filósofa sostiene que la transmisión por vía sexual de cualquier enfermedad supone un severo juicio social asociado a la perversión (pasó con el VIH). Rafael Manuel Mérida, profesor de Literatura Española y Estudios de Género en la Universidad de Lleida, augura una regresión similar, “aunque al no ser este un virus que se transmite solo por prácticas sexuales, el estigma será menor”. En Italia, el primer ministro Giuseppe Conte ya habla de “afectos estables”.

El ‘detox’ digital se queda antiguo

Hasta antesdeayer, lo moderno era apagar el móvil el primer día de las vacaciones (palabra de gurú de Silicon Valley). En pandemia no eres nadie sin tu smartphone. Están las apps de rastreo, que alertarían al usuario cuando ha estado cerca de una persona con coronavirus (de momento, solo en fase de pruebas en La Gomera). O los códigos QR, que sirven desde para pagar la cuenta a descargarse la carta del bar. Con el móvil también pedimos turnos en playas, terrazas o locales. Al mismo tiempo, nos topamos con cámaras termográficas para medir la temperatura en aeropuertos, estaciones de tren o museos. Algunos llamarán a este escenario distópico, pero no es el fin del mundo analógico: pasará a ser el nuevo underground. “La tecnología constituye el nuevo orden, lo que implica que se consoliden alternativas analógicas en clave de entretenimiento”, apunta Jordi Colobrans, director de LivingLabings y profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona.

La percepción de riesgo es variable en la población, una misma norma puede parecer fundamental para unas personas y prescindible para otras
Jon Arrizabalaga, médico e historiador de la medicina

Último desafío: no despellejarnos entre nosotros

Los rifirrafes de vecinos durante el confinamiento o las broncas a viandantes que no cumplen con las normas, se mantendrán en la nueva normalidad, llevando a otro nivel las clásicas discusiones veraniegas por dónde clavar la sombrilla. Los motivos hay que buscarlos en la psicología social: en una epidemia la noción de riesgo para la salud está ligada a comportamientos individuales, lo que da vía libre al control de grupo, evaluación y castigo. Ha sucedido con todas las enfermedades infecciosas que han sacudido a la humanidad. Así, Giovanni Boccaccio destinó las primeras páginas del Decamerón —el libro de cuentos sobre la peste del S. XIV— a despotricar de los florentinos por no evitar las multitudes y seguir paseando y cantando como si nada, algo no muy diferente de esos usuarios de Twitter que comparten fotos de otros ciudadanos saltándose las normas.

Y las broncas estarán aseguradas en las urbanizaciones de playa que establezcan reglas más allá de las publicadas en el BOE. El médico e historiador de la medicina Jon Arrizabalaga añade: “La percepción de riesgo es variable en la población, una misma norma puede parecer fundamental para unas personas y prescindible para otras. Es un tema delicado, condicionado por valores como el civismo o la solidaridad y por emociones como el miedo o la ansiedad. Debe extremarse el respeto a las reacciones y percepciones de los demás, sobre todo cuando no coinciden con las propias”. Por su parte, Olga Villacampa, psicóloga de formación, destaca: “Tendremos que colaborar todos para generar confianza. En la nueva industria de la felicidad uno de los factores clave será la paciencia. Viviremos situaciones que nos parecerán surrealistas”. Y, pensándolo bien, tal vez la época estival sea la más adecuada para todo esto, porque, como escribió Francis Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, “la vida empieza de nuevo con cada verano”.

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