La onomatopeya que dio comienzo al ‘rock and roll’

Se reedita en español ‘Auambabuluba Balambambú', el ensayo de 1969 que capturó la esencia de un nuevo estilo musical que supuso también una revolución sociocultural

El músico Little Richard, en un concierto alrededor de 1956.
El músico Little Richard, en un concierto alrededor de 1956.Michael Ochs Archives

Al igual que nadie ha podido superar el “auambabuluba balambambú” del explosivo Little Richard como definición perfecta del rock and ­roll, tampoco nadie ha podido explicar mejor que Nik Cohn su significado. Ese alarido, esa onomatopeya indescifrable que dice más que 10 estrofas, que se cuela por los huesos y estalla como un cohete en el seso y en las entrañas, jamás hubiese necesitado de elucidación si no hubiera aparecido en 1969 el libro de Cohn, que, bajo el mismo título que el grito fantástico que la versión de Elvis Presley llevó hasta el infinito y más allá, se convirtió en un clásico instantáneo. El volumen logró capturar la esencia de ese sonido que rápidamente empezó a llamarse pop y que, según palabras del escritor británico, estaba formado por “guitarras eléctricas toscas, poderosas, tremendamente ruidosas y que llegaron como monstruos musicales en la era del espacio e inmediatamente aniquilaron todos los convencionalismos habidos hasta entonces”.

Por su penetrante pensamiento y su estilo didáctico y entusiasta, el libro de Nik Cohn también cambió muchas vidas

Esas guitarras cambiaron las vidas de la generación que creció después de la Segunda Guerra Mundial, alumbrando un mundo de posibilidades. Por su penetrante pensamiento y su estilo didáctico y entusiasta, este libro también cambió muchas vidas. “Nunca podrá ser tan maravillosamente sencillo”, sentencia Cohn al escribir del pop de los años cincuenta, el que se moldeó con la primera escuela del rock and roll. La sentencia podría ser también la frase de una buena faja para su libro Auambabuluba Balambambú. La edad de oro del rock and roll, una obra maravillosamente sencilla que combina una lectura divertida, honesta y fresca desde un punto de vista muy personal y lúcido. La editorial La Felguera la recupera ahora con la pasión del espíritu subversivo con la que nació en plena ola contracultural cuando el pop ya era mayor de edad y, en el caso de España, cuando este movimiento todavía era un destello en el horizonte de una sociedad que vivía en el agónico blanco y negro del franquismo.

Como se cuenta en la introducción de la reedición, fue editado en España en 1973 por el sello editorial Nostromo, gracias al impulso de Manuel Arroyo-Stephens, quien fundó la librería Turner en Madrid, que vendía libros censurados por el franquismo y que acabó por convertirse en el traductor del original en inglés. Con el paso del tiempo, el libro fue descatalogado y se convirtió en una pieza de coleccionista para melómanos, como si fuera un single perdido de un pionero del rock and roll, hallándose en tiendas de segunda mano a precios desorbitados. Es por eso que ahora se le imprime un carácter festivo a esta reedición y se le suma un agradecido prólogo del escritor Kiko Amat, una de las firmas españolas que más han hecho por difundir el valor de la cultura pop. “Cohn llegó a la música popular y dijo, antes que nadie, esto es esto y sirve para esto. Se llama pop. Id y usadlo, humanos”, escribe Amat.

Nik Cohn es pop. Hijo del historiador Norman Cohn y adolescente que en los cincuenta gastó sus días en una tienda de discos y en garitos de Londres y Newcastle mientras escribía artículos en la revista musical Queen, tenía 22 años cuando publicó Auambabuluba Balambambú. Y su libro, por tanto, traspira pop por los cuatro costados, de arriba abajo. Su mérito no está solo en enseñar las virtudes de ese movimiento musical underground, que trataba el sexo sin complejos y conectó con el furor de la delincuencia juvenil, sino en vivirlo en primera persona, contando anécdotas de sus encuentros con algunos músicos y, especialmente, llegando al misterio último de esa explosión sociocultural. Cada página es aún más excitante que la anterior para analizar el fascinante poder de la cultura juvenil a través de la música. “Lo único prohibido era el aburrimiento”, afirma.

Sorprende el análisis visionario de Nik Cohn cuando concluye que el pop acabará “sin gritos ni pataleos”, con “gente aplaudiendo educadamente en grandes teatros” y con “música creando formas plásticas y obras maestras”

El libro va desde la irrupción brutal de Elvis Presley —”el símbolo que necesitaba el pop y la propiedad exclusiva de los teenagers”— y toda esa legión de pioneros hasta 1969, año de Woodstock y del comienzo del fin con la defunción de The Beatles y el sueño hippy. En esa fecha, Cohn se encierra en una cabaña de Irlanda para escribir el libro y entregarlo en tiempo récord con una conclusión: el pop no solo se ha vuelto aburrido, sino que es “un producto prefabricado” dirigido a una “élite sofisticada”. Y sorprende su análisis visionario cuando concluye que el pop acabará “sin gritos ni pataleos”, con “gente aplaudiendo educadamente en grandes teatros” y con “música creando formas plásticas y obras maestras”. “Nada de esto me interesa”, sentencia. “Porque yo me inclino por la imagen, por lo heroico… y por un sonido que tiene que ser rápido, divertido, sexy, obsesivo, un poco épico”. Cohn debió pensar en suicidarse con la irrupción del indie y el pospunk.

El mejor arte siempre guarda una paradoja. Si Elvis fue el revolucionario de todo sin ninguna pretensión de serlo, Cohn fue el anticrítico musical que se erigió en la gran firma musical de su tiempo y de los venideros. Lo último que quería era darle gravedad intelectual a la música popular y acabó por ofrecer una filosofía de cómo entenderla, de cómo pertenecer a ella. Su pensamiento todavía ilumina por su humor, pero también por su actitud militante. Escribe como si fuera el genio detrás de una canción. Con el mismo arrojo, con la misma puntería y también —y es algo importante— con los mismos prejuicios de lo que no le gusta. Es lo que Amat llama su “sistema métrico propio”. El credo de Cohn necesita mostrar sus fobias para darle más valor a sus pasiones. Así rechaza sin medias tintas el twist —”el mayor hype de todos los tiempos”—, a Bob Dylan —”me aburre terriblemente, me deprime”—, al Brian Wilson de Pet Sounds —”se puso muy esnob y quiso correr con tanto preciosismo que perdió el sombrero”—, a la Motown o a la escena de Laurel Canyon. Es incorruptible en su militancia pop y se ve siempre al hombre que hay detrás del libro, algo que, aunque no se comparta o escandalice por opiniones tan tajantes, es de agradecer, más aún en estos días tan políticamente correctos.

Ningún libro ha sido tan importante para apreciar la mejor era de la música popular. En los últimos tiempos, lo más parecido, sin ser del todo igual, es la visión panorámica de Bob Stanley en Yeah! Yeah! Yeah!, una historia del pop desde Bill Haley hasta Beyoncé. Además, críticos como Greil Marcus, Simon Reynolds o Jon Savage han ofrecido grandes ensayos socioculturales de reflexión; musicólogos como Charlie Gillett, Peter Guralnick o Peter Doggett han dejado obras académicas de profundidad histórica, y músicos como David Byrne han dado pensamientos valiosos sobre el arte musical. Pero nadie ha llegado adonde llegó Nik Cohn: al corazón mismo del pop. Fue el primero y quizás el único.

Portada libor "Auambabuluba balamabmbú. LA edad de oro del Rock & Roll". de Nik Cohn. Editorial La Felguera, 2022

Auambabuluba Balambambú. La edad de oro del rock and roll

Autor: Nik Cohn.


Traducción: Manuel Arroyo-Stephens y Silvia Palacios.


Editorial: La Felguera, 2022.


Formato: tapa blanda (404 páginas, 23 euros).

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Sobre la firma

Fernando Navarro

Redactor cultural, especializado en música. Pertenece a El País Semanal y es autor de La Ruta Norteamericana. Ejerce de crítico musical en Cadena Ser. Pasó por Efe, Abc, Ruta 66, Efe Eme y Rolling Stone. Ha escrito los libros Acordes Rotos, Martha, Maneras de vivir y Todo lo que importa sucede en las canciones. Es de Madrid.

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