Evolución Humana

El Niño de Turkana, nuestro ancestro mejor conservado con 1,6 millones de años

También conocido como Niño de Nariokotome por el lago de Kenia en el que fue hallado hace 37 años, el fósil esqueleto casi completo pertenece a un ‘Homo ergaster’

El doctor Frederick Kyalo Manthi muestra un modelo en yeso del cráneo del "Niño de Turkana" que forma parte de una exposición en el Museo Nacional de Kenia.
El doctor Frederick Kyalo Manthi muestra un modelo en yeso del cráneo del "Niño de Turkana" que forma parte de una exposición en el Museo Nacional de Kenia.STEPHEN MORRISON / EFE

La dificultad, y también la satisfacción, que supone realizar un árbol genealógico familiar e ir remontándonos siglos atrás en nuestros antepasados puede dar una idea de la magnitud de lo que supuso el descubrimiento, hace 17 años, de nuestro antepasado mejor conservado: un fósil esqueleto casi completo de un niño de 12 años que vivió hace 1,6 millones de años y que dentro del género Homo es posterior al Homo habilis y anterior al Homo erectus y al antecessor.

Conocido con los apodos locales de Niño de Nariokotome o Niño de Turkana por la denominación del yacimiento y del lago de Kenia, respectivamente, donde se encontró, el nombre científico del fósil es KNM-WT 15000 (cifra de referencia por Kenya National Museum-West Turkana). Se trata de un esqueleto casi completo, ya que tan solo le faltan las manos y los pies, correspondiente a un joven que falleció alrededor de a los 12 años de edad hace aproximadamente 1,6 millones de años, al inicio del Pleistoceno.

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Los restos fueron encontrados en la zona occidental de lo que era el lago Turkana, en la actualidad un desierto, al norte de Kenia y cerca de la frontera con Sudán y Etiopía. Dentro del árbol filogenético humano, en el género Homo, pertenecen al Homo ergaster (trabajador) y son posteriores al Homo habilis y anterior al Homo erectus y antecessor.

El Niño de Turkana representa el fósil más completo de los primeros humanos que se haya descubierto hasta el momento, pero el lago situado en Kenia contiene restos que abarcan cuatro millones de años de evolución humana. Hoy en día el lago Turkana se encuentra en medio de un ambiente desértico, pero hace dos millones de años era una gran extensión rodeada de verde y constituía un lugar ideal para que los humanos vivieran.

El lago, situado en una zona volcánica, era también el sitio perfecto para que sus restos se fosilizaran al morir, ya que la actividad tectónica movía la corteza terrestre y creaba nuevas capas. Así, los descubrimientos óseos y de herramientas pertenecen a distintos periodos de la evolución humana que, de forma casi natural y debido a la erosión por las fuertes lluvias, han dejado al descubierto los fósiles.

El esqueleto del bautizado como Niño de Turkana fue descubierto por el experto buscador y recolector de fósiles keniano Kamoya Kimeu, miembro del equipo de paleoantropólogos que entonces dirigían Richard Leakey, director del Museo Nacional de Kenia, y Alan Walker, de la Universidad Johns Hopkins de Washington.

La forma de la pelvis reveló de inmediato que el hallazgo se trataba de un varón, y el posterior análisis de los huesos, en especial los alargados fémures, dieron una estatura de 160 centímetros. Estudios posteriores ofrecieron el resultado de que el Homo ergaster, la especie a la que pertenece el Niño de Turkana, presentaba un desarrollo ontogenético más rápido que el Homo sapiens, por lo que a los 11-12 años de edad habría finalizado su crecimiento y su estatura de adulto no superaría esa talla de 160 centímetros.

Por otro lado, el estudio de los dientes continúa siendo el modo más fiable de aproximarnos al ciclo vital de estas especies extinguidas. Sin embargo, en este caso, la formación de las coronas dentales del fósil KNM-WT 15000, perteneciente en teoría a un joven inmaduro, nos ofrece datos distintos a su estudio óseo. Tomando como referencia las poblaciones humanas actuales, la estatura y el desarrollo de determinadas partes esqueléticas sugieren una muerte en torno a los 12 años de edad; pero los datos de su histología dental indican que este individuo falleció antes de cumplir los ocho años.

Estos datos permiten concluir que la duración del ciclo vital del Homo ergaster todavía está muy lejos del nuestro. El Niño de Turkana había alcanzado una estatura considerable y la osificación de las articulaciones estaba mucho más avanzada de lo que correspondería a un niño o niña actual de ocho años.

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Los descubridores del fósil esqueleto también determinaron que los huesos son prácticamente iguales a los del hombre actual, con excepción del cráneo y la mandíbula, que tienen un aspecto más primitivo. Algunos paleoantropólogos también mantienen que la evolución es diferente según las partes del cuerpo analizadas, pero todos coinciden en que la mandíbula del Niño de Turkana fue, junto con el lugar del descubrimiento y los sedimentos, uno de los elementos decisivos para determinar su edad, ya que presentaba muelas de leche.

Las costillas también son sorprendentemente muy parecidas a las del hombre moderno, incluso la configuración raquídea, aunque el Niño de Turkana padecía una escoliosis producida, tal vez, por un accidente. Otra peculiaridad y elemento distintivo en este descubrimiento es la capacidad neurocraneal, que era de tan solo 880 cm³ cuando el promedio del ser humano actual es de 1.350 cm³; es decir, correspondía a la capacidad neurocraneal de un niño de un año en la actualidad.

El estudio de la morfología interna del neurocráneo también permite observar una concavidad para el área de Broca -dedicada al lenguaje articulado- bastante desarrollada; pero el pequeño hueco de las vértebras en relación a la del ser humano moderno también indica con altas probabilidades que no podía tener un lenguaje oral con un desarrollo ni por asomo próximo al moderno.

Los descubridores del fósil esqueleto del Niño de Turkana revelaron también que al poner la mandíbula del niño en el cráneo tuvieron la sensación de encontrarse ante los restos de un hombre de Neanderthal, que es mucho más posterior, lo que se explica por un proceso denominado neotenia, según el cual los adultos de especies posteriores se asemejan a los jóvenes de especies anteriores.

Junto al esqueleto del Niño de Turkana se encontraron también algunas hachas bifaciales, por lo que se cree que fueron de los primeros homínidos en utilizar herramientas ya elaboradas. Su alimentación también se volvió más carnívora por la falta de frutos del continente africano en esta época y ese cambio alimenticio supuso una reducción del tamaño de los molares.

Las causas de la muerte del joven de Turkana no están del todo claras y se barajan también varias hipótesis. Una dice que no presenta signos de una grave enfermedad ni otros daños que huesos partidos después de muerto, que podrían explicarse por hipopótamos que pasaron sobre él y lo fueron aprisionando en el barro, gracias a lo cual se ha conservado. La otra hipótesis revela como posible causa del fallecimiento una septicemia generalizada a partir de la infección de un molar.

Un estudio más reciente de un grupo de paleoantropólogos españoles ha sacado a la luz nuevos datos sobre el desarrollo del Niño de Turkana y de la especie Homo ergaster dentro de la evolución humana. La principal conclusión es que la forma estilizada del humano moderno, con tórax y pelvis estrecho (algo asociado con su habilidad para recorrer largas distancias), apareció más recientemente de lo que se pensaba, ya que el primer ancestro humano que se extendió por el Viejo Mundo, desde África hasta el sudeste asiático, y al que hasta ahora se consideraba esbelto y estilizado, en realidad era compacto, robusto y achaparrado. El trabajo, publicado en la revista Nature Ecology and Evolution ha reconstruido en 3D la forma de la caja torácica del ejemplar de Homo ergaster del Niño de Turkana, y tenía un tórax más profundo, más ancho y más corto que el de los humanos modernos.

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Los estudios sobre cómo el Niño de Turkana caminaba y corría se han limitado en gran medida a las piernas y la pelvis. Sin embargo, para la carrera de resistencia, sus capacidades respiratorias también habrían sido relevantes, lo que supone una gran adaptación al medio.

Gracias al Niño de Turkana sabemos un poco mejor de dónde venimos y cómo hemos evolucionado, pero sin duda la historia que siguen revelando yacimientos como el de Nariokotome, en el extinguido lago Turkana de Kenia, continúan ayudándonos a entender mejor nuestra evolución.

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