La crisis del coronavirus

Los domingueros estrenan la nueva normalidad

Cataluña, el País Vasco y Cantabria dejan atrás el estado de alarma con una desbandada a las segundas residencias

Familias con niños en un parque infantil de Terrassa (Barcelona), este viernes.
Familias con niños en un parque infantil de Terrassa (Barcelona), este viernes.Philipp Friedel

El dominguero, el pixapins, los camacus (literalmente el “mea pinos” y los “qué guapos”)... Las gentes de los pueblos de fuera de Barcelona, ya sea de la Costa Brava o la Dorada, han buscado siempre un apodo con el que señalar a los de la ciudad. Es un fenómeno habitual: considerar especie invasora a los que llegan en tromba de la capital cuando amaga un puente o tres rayos de sol. Tras 97 días de encierro, la llamada nueva normalidad permite que esos mismos pueblos reciban a los domingueros con los brazos abiertos. Cataluña, el País Vasco y Cantabria han estrenado 48 horas antes que el resto de España (a excepción de Galicia) el desconfinamiento, la nueva normalidad, la reanudación… Lo que viene después del estado de alarma.

Además de la mascarilla y la distancia social, las retenciones fueron este viernes la señal más clara de los nuevos tiempos: los coches huyendo de la ciudad camino de esas segundas residencias cerradas a cal y canto. Llegar, airearlas, quitar el polvo y comprobar que siguen ahí. El Servicio Catalán de Tráfico calculó medio millón de desplazamientos desde el área metropolitana de Barcelona, tras un fugaz paso de 24 horas por la fase 3. La Guardia Civil y la Ertaintza esperaban un flujo de 47.000 vehículos entre el País Vasco y Cantabria. Los vizcaínos retornaron a las idílicas playas de Santander, vascos y cántabros recuperaron sus apartamentos de Castro, Laredo, Oriñon, Noja…

El presidente vasco, Íñigo Urkullu, y el cántabro, Miguel Ángel Revilla, escenificaron la unión entre ambas comunidades (las dos han permanecido cuatro días en la fase 3 y se suman a la vez a la nueva normalidad) en el paraje de Kobaron, un punto elevado entre las localidades vasca de Pobeña y cántabra de Castro Urdiales. Pasearon, intercambiaron libros y celebraron el buen momento que atraviesan sus relaciones, informa Pedro Gorospe.

“Tengo unas ganas locas de pasear por la playa”, explicó Aitor Gerenabarrena, que teletrabaja en una empresa de telecomunicaciones de Bilbao. No esperó ni a las tres de la tarde para cargar en su coche a toda su familia, camino de su apartamento en Noja.

Los toboganes con niños lanzándose de espaldas, de cabeza, y comiendo tierra, voluntaria o involuntariamente, fue otra de las señales de la nueva etapa en Cataluña. En el paseo de Sant Joan se podía ver a padres con mascarilla corriendo detrás de sus hijos que al fin tomaban los columpios tras tres meses de abstinencia. A escasos metros, la parroquia de Sant Francesc de Sales ya tenía las puertas abiertas de par en par por si algún feligrés quería acercarse. En la Sagrada Familia, aún libre de colas y flashes, se celebró la primera misa, oficiada por el cardenal Joan Josep Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal. En el aeropuerto de El Prat ya se hacían los controles térmicos ante la previsión de un turismo que no tardará en llegar.

Apurando el viernes

A las cinco de la tarde, los coches seguían escapando por la Gran Vía. Con mascarilla y escasa distancia social, dos hombres los miraban pasar, cerveza en mano, al aire libre. De haberlo querido, podrían haberse acodado ya en la barra del bar. Con las terrazas ocupadas, pero no del todo, la Ciudad Condal parecía recuperar su tono habitual: llena de lunes a viernes; casi vacía en un fin de semana a las puertas del verano. Los jóvenes apuraban su viernes celebrando cumpleaños, ya vestidos para salir, en un restaurante de la cadena Tagliatella. Desde la noche del viernes, en Cataluña ya se puede dar todo en las pistas de baile de las discotecas, aunque con el aforo limitado y el temor de que no ocurra lo mismo que el jueves en Málaga, aun en fase 3, donde la policía local tuvo que desalojar un chiringuito que ofrecía bufet libre por 10 euros. Había 300 personas, cuando su aforo era de 70.

Las golondrinas también regresaron este viernes al puerto de Barcelona. El coronavirus obligó a parar por primera vez en más de 130 años a esta flota de barcos de madera. También por primera vez en mucho tiempo, la pandemia atajó la oleada de carreras populares que sitian la ciudad los fines de semana. En dos horas, se agotó el centenar de dorsales para la Milla de Sant Pau, la primera carrera urbana que se celebrará en la ciudad, el próximo 27 de junio, a las seis de la tarde. Desde el 8 de marzo, no se ha visto un enjambre de runners cortando el tráfico. La nueva normalidad amenaza con su regreso.

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