La crisis del coronavirus

La Graciosa, la isla canaria sin síntomas que quiere inaugurar la desescalada

El Gobierno autonómico elabora un plan de desconfinamiento más flexible para esta localidad de 700 habitantes

Un operario desinfecta el puerto de La Graciosa el pasado 30 de marzo. En vídeo, la cuarentena en la isla, que tiene cerca de 700 habitantes. PEDRO MANUEL PÁEZ | Atlas

Doña Enriqueta Romero, de 78 años, activó su propio estado de alarma dos días antes del oficial. Cerró la pensión que regenta en la pequeña isla de La Graciosa (Canarias) el 12 de marzo. Las 12 habitaciones de la única posada del pueblo permanecen vacías. Como las de la mayoría de hoteles en España. La diferencia es que ninguno de los más de 700 vecinos ha presentado síntomas de coronavirus. A pesar de estar a más de 1.500 kilómetros de Madrid, este territorio sigue con las mismas medidas de confinamiento. Si bien no se han realizado pruebas durante el encierro, Lluís Serra Majem, portavoz del comité científico que asesora al Gobierno canario lo deja claro: “Si La Graciosa tuvo en su momento un caso asintomático, actualmente ya no será contagioso”. Esta localidad se ha convertido así en la opción del archipiélago para iniciar un “desconfinamiento insular y paulatino”.

La Graciosa está dentro de dos archipiélagos: el Chinijo y este a su vez en el Canario. Hace poco menos de dos años que el Senado la reconoció como octava isla y hoy es la primera opción, junto con El Hierro –que no ha registrado contagios en el último mes– y La Gomera –libre de contagios hace más de dos semanas– para la desescalada. El Gobierno canario elabora esta semana un plan que prevé un desconfinamiento en toda la comunidad pero “a diferente ritmo”. Lluís Serra Majem matiza: “Se trata de dar un trato preferencial a estas tres islas porque tienen una incidencia mucho más baja”. Lo que está claro, para el experto, es que el confinamiento carece de sentido en una isla tan alejada de la capital. Serra asegura que ambas “debieron estar desconfinadas desde hace 15 días”. Y remata: “¿Madrid aceptaría estar confinada si Canarias tuviera 2.000 casos y ellos diez?”.

El nexo de La Graciosa con el exterior es apenas un barco que conecta esta reserva marina con Lanzarote. Es la única isla del archipiélago sin aeropuerto. Actualmente el ferri solo atraca dos veces al día. Antes, lo hacía más de 10. “Estamos preparados”, explica Alicia Páez, concejal delegada en la localidad, “para dar un primer paso a la normalidad, siempre y cuando se cumplan las máximas garantías sanitarias”. Oswaldo Betancort, el alcalde de Teguise (municipio lanzaroteño del que depende La Graciosa), insiste en que, para volver a la normalidad, han de realizarse primero pruebas “masivas” en ambos puertos. “Una vez se compruebe que somos un espacio covid-free, queremos recuperar la actividad”. Ambos mandatarios pretenden reabrir los negocios locales “sin aumentar la frecuencia de viajes entre puertos y poco a poco”.

La desescalada genera controversia. Serra Majem coincide parcialmente con el deseo del alcalde: “Es un sitio pequeño y no hay mucho comercio. Es obvio que ahí se pueda abrir. Pero con distancia social y el uso mascarillas”. Sin embargo, la doctora Manuela Rivas, una de las dos médicos en la isla, aboga por un modelo más cauteloso: “La desescalada no debe ser para visitar al vecino o ir a los bares. Saldríamos para dar un paseo o un baño, manteniendo el aislamiento”, explica recalcando que la isla carece de un hospital para las urgencias.

Poco trabajo en el ambulatorio

El centro de salud local, en el que trabajan dos médicos y dos enfermeros, depende de un equipo especializado en Lanzarote en caso de solicitar una prueba. Antes del confinamiento, se realizó un test rápido a una joven que volvía de Madrid. Dio negativo. En las últimas semanas el ajetreo en el ambulatorio ha sido mucho menor. Algo que en el resto de España sería impensable en medio de la peor pandemia del siglo. “Esto está bastante parado. Hay mucho menos trabajo”, comenta Marco Santana, enfermero del centro.

En este pequeño paraíso canario ya nadie se reúne en las veredas. Los vecinos cumplen con el encierro en casas terreras que hoy, dicen, se llenan de piscinas desmontables. Juana Toledo, dueña de uno de los pocos restaurantes, tiene una en la azotea que mantiene entretenida a su hija menor, Carla, de 12 años. Las cinco semanas de parón la han obligado a acogerse a un ERTE, que ha congelado los contratos de sus nueve empleados. La Alianza para la Excelencia Turística estima pérdidas de 12.655 millones de euros en caso de que la desescalada se produzca a finales de año.

Los hijos de Pedro Manuel Páez prefieren no salir. Ni siquiera con el permiso del Gobierno para que los menores de 14 años paseen acompañados de un adulto. La madre de los pequeños, de 10 y 11 años, es enfermera en Lanzarote y decidió pasar la cuarentena allá. “Es un tema de sentido común. ¿Y si le pasa algo a los mayores?”, dice en alusión al 35% de personas que más de 65 años que vive en la localidad. “La conciencia es la que te lo va a recordar siempre. Todos queremos volver a la vida de antes pero con garantías”.

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