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Suspense general

Si asumir el presente ya cuesta, del futuro es que ni idea, mejor aprovechar el momento y luego ya nos irán explicando despacito

Un operario desinfecta los accesos para los trabajadores en la factoría Opel en Figueruelas, Zaragoza, este jueves.
Un operario desinfecta los accesos para los trabajadores en la factoría Opel en Figueruelas, Zaragoza, este jueves.Javier Cebollada / EFE

Lo del aprobado general me ha dado mucha envidia. Quién lo hubiera pillado de niño, era un sueño que jamás se haría realidad. No es la única utopía que se ha visto realizada, que se lo pregunten a quienes han visto por primera vez al marido pasar la aspiradora. Ahora bien, razonando como un niño, no sé si ha sido buena idea decirlo en abril. Yo pensaría de inmediato: ya no tengo que estudiar ni hacer los deberes, la vida es maravillosa. Me parece bien hacerles creer a los chicos que el mundo es mejor de lo que es, ya que se han visto menos considerados que las mascotas, pero diría que se ha tomado esta medida pensando como adultos. Suele ser así, se proyecta en ellos paranoias de mayores. Un amigo me contaba perplejo que su hijo aún no sabe restar, pero en las clases virtuales se pasan el día con la gestión de las emociones, y los críos están convencidos de que la profesora es tonta, mira que no saber lo que es estar triste.

Inventarse reglas, crear mundos nuevos, es complicado. No envidio a quien trabaja en el CIS en este momento. Tampoco a los elementos más imaginativos de la derecha, fantaseando con una dictadura soviética, con la ilusión que les haría tener razón. Recuerdo una historia que no sé si es cierta o una leyenda de cooperantes, pero vale igual. En una población pobre y con riesgos sanitarios se les ocurrió afrontar la plaga de ratas dando una moneda por cada rata muerta, como incentivo para acabar con ellas. Pero nada parecía cambiar, hasta que descubrieron por qué: todo el mundo se había puesto a criar ratas.

Estos hechos reales que vivimos, basados en un relato fantástico, se van a alargar más de lo imaginado y a ver qué sale. Todavía estamos intentando comprender los primeros capítulos y los guionistas ya van por la tercera temporada. De los creadores de la peor pandemia del siglo llegará pronto la nueva sociedad del futuro. Se habla de aplicaciones que nos dirán si nos hemos cruzado con un contagiado. Ya puestos, podrían desarrollarla para que en una cena te diga quiénes son los pelmazos y poder elegir la silla. No sé si acabarán haciendo carnés a los contagiados ya inmunes (falsificables y a la venta en eBay), para crear zonas seguras en restaurantes, playas y, por qué no, en ciudades. Nuevas castas sociales, partidos políticos: los no contagiados exigen descuentos en el bonobús y tal.

La verdad, si asumir el presente ya me cuesta, del porvenir es que ni idea, mejor aprovechar el momento y luego ya nos irán explicando despacito. Es como ese diálogo de Woody Allen, cuando intenta ligar con una chica en Sueños de un seductor (Herbert Ross, 1972):

-¿Qué haces el sábado por la noche?

-Me voy a suicidar.

-¿Y el viernes por la noche?

La frase estoica de la cuarentena ha sido: “Es lo que hay”. Pero ya pasamos a preguntarnos qué habrá después. Quizá el plan es financiar con las multas la renta mínima o, si esto sigue así, un túnel para un AVE a Canarias. Si multiplicas las casi 600.000 denuncias que llevamos por los 300 euros que te cascan como mínimo, salen 180 millones. Y las sanciones pueden llegar a 30.000 euros. “Menospreciar” a un policía son 2.000 (¿si le haces la pelota te hacen descuento?). Están rompiendo el mercado, así las injurias a la corona se van a poner por las nubes. Ah, si pudiéramos hacer lo mismo los periodistas, cobrar cuando nos insultan, tendríamos el futuro resuelto.

En cuanto al teletrabajo, quizá vaya tan bien que nunca más volvamos a ver a los colegas, hasta que un día los veas por la calle: “Ah, ¿te despidieron hace dos años? No me había enterado”. En realidad en el encierro no paras y hasta te falta tiempo, entre trabajar, la compra, la comida y tender la ropa. Te dan las diez de la noche y caes dormido delante de la tele. Quedar con amigos en un chat empieza a ser complicado, todo el mundo anda liado. Al volver a la vida normal a lo mejor uno ha aprendido chino y otro se ha sacado una carrera.

La vacuna, el fin del confinamiento, son metas inciertas. Lo importante también está pasando ahora, estamos en medio de la trama. Es como el célebre truco del MacGuffin de Hitchcock, el mago del suspense: un elemento narrativo que parece importantísimo, pero que solo sirve para mover la historia. En su caso lo que generalmente le interesaba era una historia de amor. En Encadenados (1946) Ingrid Bergman también está encerrada en una casa, y encima con un nazi. El MacGuffin es encontrar unas botellas de uranio, pero recuerdas la película por su beso sin principio ni fin con Cary Grant, y la forma de mirar de ella cuando está enamorada, aunque no lo diga. Un día estaremos todos vacunados de espanto, tendremos rechazo a mirar al pasado, pero luego recordaremos cosas que no dijimos, y escenas que ahora nos parecen sin misterio.

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