La crisis del coronavirus

Confinados en la España rural, pero con pan

Óscar García y Raúl Jiménez siguen llevando sus barras y chapatas a 15 pueblos sorianos cerca de Almajano, en Soria

Arturo, vecino de Carrascosa de la Sierra, el jueves con el pan recién comprado.
Arturo, vecino de Carrascosa de la Sierra, el jueves con el pan recién comprado.DAVID EXPÓSITO

Óscar García y Raúl Jiménez llevan 24 años siendo los panaderos de Almajano (Soria) y aún no se acostumbran a madrugar. Empiezan la jornada a las 4.00 y no acaban hasta mediodía, tras el periplo habitual por 15 pequeños pueblos de la zona que no tienen panadería dado su bajo censo. Cirujales del Río, Aldealseñor, Fuentelfresno, Carrascosa de la Sierra... Ninguna de estas localidades suma más de cien habitantes. Como el 80% de los pueblos sorianos. La dispersión geográfica de estos territorios y el continuo goteo de vecinos que se marchan dificultan a diario la comunicación y el desarrollo de estas localidades que se van extinguiendo. Pero no les priva de comer con pan. Desde que el Gobierno decretó el estado de alarma, ambos cuñados siguen entregando los pedidos casi a domicilio los lunes y los viernes. Para ellos, los vecinos ya son familia. “Es un servicio que no podemos dejar de hacer. Y menos ahora”, dice Jiménez colocándose la mascarilla que usa desde el confinamiento.

En Pan Almajano huele a chapatas y magdalenas recién horneadas y suena Rock Fm. Desde aquí se ven las casas de ambos socios que, si antes servían de segunda residencia, hoy son “una buena opción para pasar la cuarentena”. Suena el timbre de la panadería. García se sacude los guantes de harina y va hacia el mostrador. “Hombre, Miguel Ángel. ¿Qué tal?”. Es un vecino de Narros y lleva “toda la vida viniendo”. Se lleva seis barras de pan y dos bizcochos de naranja. La mitad del pedido es para su suegra de 86 años. “Sigue trabajando, ¿verdad?”, pregunta García tras untarse con gel antiséptico las manos. “Esa mujer no parará nunca. Ahí está, en el quiosco del pueblo”, responde sacudiendo la cabeza.

Días antes de la cuarentena, en las instalaciones de Pan Almajano se horneaban entre 1.200 y 1.300 barras de pan. Estos días la producción no pasa de 900. “Hace años que esto no nos es rentable”, dice García mientras mete las barras en las cajas. “¿Pero qué hacemos? ¿Les dejamos sin pan?”, se pregunta. En la empresa tienen tres trabajadores que se han tomado una semana de vacaciones acordadas. “No podemos cerrar y dejarlos en la calle. Pero esto va para largo y no sé cuánto aguantaremos”, explica preocupado el hombre, de 50 años.

Únicamente falta por meter el pedido de los vecinos de Fuentelfresno. García saca un papel del bolsillo con anotaciones a lápiz y revisa el móvil. “Ahora me mandan un WhatsApp con lo que quieren y así solo llegan y lo pagan. Tienen miedo a contagiarse”, explica. Panes y bizcochos en el maletero y una mascarilla FFP2 bien ajustada en la cara de Jiménez. Todo listo para empezar a repartir. La primera parada es Cirujales del Río. Son las 10.15 y Nuria Escalada ya espera en la placita con una bata a cuadros y las monedas en un tarrito de metal. Vive con su marido y su hijo en un adosado de piedras con huerto en este pueblo de 22 habitantes.

“A mí no me cambia mucho la vida porque puedo estar en mi jardín”, cuenta agarrando bien sus dos barras en la bolsa de tela. “Pero a mí me da que esto es el fin del mundo. Ya no quiero ni escuchar las noticias”, añade. Al llegar a casa, desinfectará con lejía las monedas y preparará el almuerzo. Antes de que se encerrara en casa, congeló medio cerdo y un cordero. “Carne no nos va a faltar estos días, hija”, dice la mujer de 62 años. Sus gatos aprovechan el sol que descansa en el tejado.

Jiménez conoce a todos por sus nombres. Sabe quién saldrá a por pan y a quién dejárselo en la ventana de la cocina. Les pregunta por su familia y por su salud. “No te acerques, ya te lo dejo yo ahí”, le dice a un vecino que viene sin protección. “Antes, si te descuidabas, se te colgaban de la ventanilla y te contaban su vida”, dice con una sonrisa que se le adivina detrás de la mascarilla. “Es gente que está muy sola y me preocupa cómo lo estarán pasando estos días”. Por eso siguen viniendo. Y los vecinos asomándose.

Blanca tiene 85 años pero el coronavirus no le impide salir a buscar el pan al oír la sirena de la furgoneta. Ella reside en Aldealseñor, un pueblo de 30 vecinos. Aunque vive con su hijo Jesús, los trabajadores del grupo asistencial de los Centros de Acción Social de la provincia la llaman “casi todos los días”. Le preguntan si está bien o si necesita que alguien le haga la compra. “Hasta me felicitaron el cumpleaños”, presume la anciana.

El Departamento de Servicios Sociales de la Diputación de Soria cuenta con diez centros de acción social que, hasta antes de la crisis del coronavirus, acompañaban a 946 usuarios. Actualmente, el miedo de los mayores a estar en contacto con los trabajadores ha provocado un fuerte descenso, hasta 183. Benito Serrano, presidente de la Diputación, asegura que estos servicios se están “adaptando a las circunstancias” y que ahora están más enfocados en labores de acompañamiento telefónico aunque no descuidan a las personas más dependientes.

En Carrascosa de la Sierra hoy nadie espera sentado al sol a que llegue el pan, en lo que antes llamaban “el Parlamento”. A Angelita y Arturo, vecinos desde hace más de 30 años, les separan tres metros de distancia en la fila de dos que se ha creado tras el maletero del panadero. “Ya sabes, tres chapatas muy majas y no muy negritas”, le pide Angelita —que se presenta como la más joven de la localidad y la única que tiene WhatsApp—. Tiene 60 años y dice estar “mejor en el pueblo que en las capitales”. Con la excusa de ir a por el pan, se quedan charlando un buen rato, sin acercarse.

El sábado viene el frutero y cada dos lunes el chico de los congelados. “Así nos vamos apañando”, cuenta Angelita. Su vecino hace uso de los productos de su huerta: calabacines, calabaza, pimientos, cebollas, tomates… “Tengo el supermercado en casa”, bromea. Su mujer, Carmen, aprovecha estos días para hacer mermeladas y dulces caseros. Lo único que extraña es no poder salir a la plaza a regalar a los vecinos la fruta y la verdura que no necesitan. “Yo solo espero que aquí no entre el bicho”, suplica Angelita con un hilo de voz. “Si ya éramos pocos, como nos pille a alguno, entonces sí que se van a morir los pueblos”.

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