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La libertad de no ser madre

Tras siglos de convenciones y prejuicios, muchas españolas obvian la presión social y las encuestas de natalidad y renuncian a tener hijos por decisión propia

La fotógrafa valenciana Eva Máñez, el pasado diciembre.
La fotógrafa valenciana Eva Máñez, el pasado diciembre.

Teresa Cebrián conoce a mucha gente en sus viajes como gestora cultural. Al entablar conversación, casi lo primero que le preguntan es si tiene hijos. “Respondes que no y te miran con pena, como pensando, pobrecita, no habrá podido”. Una asunción que nada tiene que ver con la realidad de una mujer de 56 años que se define como radicalmente independiente. “Cuando aseguras que no has sido madre porque no has querido, reaccionan con sorpresa”.

Cebrián pertenece a ese número creciente de mujeres que renuncia a la descendencia voluntariamente mientras la natalidad cae a plomo en España: en el primer semestre del año se ha registrado la cifra más baja de nacimientos (casi 180.000) desde 1941, cuando el INE creó el registro. “En la mayoría de países europeos y occidentales, el porcentaje de mujeres que no quieren ser madres ronda el 10% y España estará a la par”, dice Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB). “Después, los niveles de infecundidad son más altos pero no por motivos deseados sino por circunstancias de la vida”, ya sean por razones laborales o de conciliación o de índole física.

Además de aguantar miradas condescendientes cuando le presentan a alguien, Cebrián, coordinadora de la Asociación de Guionistas de la Comunidad Valenciana, ha tenido que explicar a sus parejas su elección de vida: “Creo que ellos no se lo acababan de creer y aunque dicen aceptarlo, mi experiencia es que tarde o temprano los quieren”.

Se siente identificada con esas generaciones de mujeres “que tenemos”, asegura, “una vida laboral y profesional independiente, que hemos accedido a los anticonceptivos y a la información, y podemos decidir. Las nacidas a finales de los cincuenta o principios de los sesenta [del siglo pasado] hemos tomado las riendas de nuestra vida; y hablo de diferentes estratos sociales, no solo de la élite. Algunas habrán decidido no ser madres porque existe un conflicto profesional, porque no se concilia u otro motivo; pero muchas simplemente es porque no queremos”, agrega.

“No tengo ni la paciencia, ni el tiempo ni las ganas para tener hijos”, afirma la fotógrafa Eva Máñez. A sus 48 años, vive sometida a los requerimientos de su círculo para que sea madre, algo que no le pasaba en la veintena o la treintena. “Ahora que ya soy más mayor te insisten una y otra vez que estás a tiempo”.

Una presión social como la que experimentan Teresa y Eva es una constante en la vida de esa minoría de mujeres que han decidido no ser madres. Siguen oyendo los tópicos de “se te va a pasar el arroz, te vas a arrepentir, congela los óvulos o todavía eres joven…”. “Como si por serlo tuviera menos claro que no quiero tener hijos”, plantea Vanesa Machuca, empleada de una firma de recursos humanos en Jaén. Con 38 años, no se extraña de las cifras tan bajas de natalidad en España. “El salario es uno de los más bajos de Europa”, dice, “y no es mi caso pero tengo amigos que no tienen hijos porque no se lo pueden permitir”. Esta mujer, sin embargo, muy amante de los niños, no ve en su entorno que la conciliación familiar vaya en paralelo al crecimiento profesional. “O eres una mánager y cobras un salario alto que te permita atenderlos cuando no estás en casa, o, si eres de otro perfil, debes reducir la jornada o limitar tu carrera”.

Vanesa señala otra realidad, esas españolas que no han dado el paso de la maternidad por diferentes motivos. Según Alicia Kaufmann, catedrática de Sociología de la Universidad de Alcalá de Henares, se ha pasado del nido vacío [cuando los hijos abandonan la casa familiar] a la cuna vacía. “Las mujeres tienen más libertad para escoger. Una de las cuestiones que pesan a la hora de tomar la decisión de tener descendencia es el desarrollo de la carrera profesional, sobre todo, porque, salvo honrosas excepciones, las empresas castigan la maternidad. También está la movilidad laboral y la falta de apoyo gubernamental. Durante el franquismo, España era uno de los países con mayor tasa de natalidad del mundo —la dictadura premiaba a las familias numerosas— pero a partir de 1976 hay un desplome. ¿Por qué? Se autoriza la venta de anticonceptivos y la mujer puede planificar su maternidad. También se incorporan de forma masiva al mercado laboral y se debilitan los factores religiosos”, responde la socióloga.

La gestora cultural valenciana, Teresa Cebrián. ampliar foto
La gestora cultural valenciana, Teresa Cebrián.

En cualquier caso, quienes desean vivir de espaldas a la maternidad no se ven reflejadas en sus semejantes. “En mi entorno, la mayoría de mujeres tienen hijos y las que no, es porque no pueden o no tienen pareja. No es que hayan decidido no tenerlos”, comenta Laura Muñoz, que mira con distancia ese “misticismo” que hay de la descendencia entre las mujeres que han experimentado la maternidad a una edad madura. Con 47 años y miles de horas de trabajo social en centros de menores, esta madrileña se duele de la invisibilidad que rodea a las no madres. “Lo tengo claro desde antes de los 30 pero la sociedad está diseñada para que todos estemos cortados por el mismo patrón”, concluye con cierto hartazgo.

Otra explicación plausible a la renuncia voluntaria a la maternidad es que a medida que las sociedades se desarrollan y cubren sus necesidades básicas, “desarrollamos deseos de encontrarnos mejor con nosotros mismos, reordenas tu lista de prioridades y valoras más tu libertad. No necesitas tener hijos o emparejarte para realizarte como persona porque la sociedad te realiza de otra manera”, reflexiona el demógrafo Esteve.

En el caso de María Llopis, de 50 años, empleada de una empresa de alquiler de coches en Benissa (Alicante), ha sido la vida la que la ha llevado a no tener hijos. No le molesta que le digan que se le ha pasado el arroz. “Disfruto de mi tiempo, tengo relaciones esporádicas, y mi opción es ni hijos ni pareja. Es lo que me ha deparado la vida y no me ha frustrado ni voy a arrepentirme”, asegura.

Andrés Moya, catedrático de Genética en la Universidad de Valencia y doctor en Biología y Filosofía, asegura que el reloj biológico de la maternidad existe “pero voluntariamente puede haber una decisión contra esa presión”. “Otra cuestión”, continua, “es la importancia social que puede tener el crecimiento poblacional en un país”. En ese sentido, Esteve reconoce que a pesar de las bajas tasas de natalidad en España y la falta de apoyos públicos —a diferencia de lo que sucede en los países del norte europeo—, el ideal de formar una familia se mantiene muy constante en Europa y es la tendencia mayoritaria.

Algo a lo que, como otras, es ajena Ana Ambra, periodista de 43 años. No desea tener hijos. “No quiero esa responsabilidad en mi vida. No la quiero. Sé que socialmente queda muy egoísta y sé que estamos con problemas de natalidad, pero no”.

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