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Un año sin Cataluña en los discursos del Rey

La Zarzuela suavizó su posición tras el desplante a la presidenta del Parlament

Los Reyes junto a Carles Puigdemont y Ana Pastor el pasado 15 de octubre en Barcelona.
Los Reyes junto a Carles Puigdemont y Ana Pastor el pasado 15 de octubre en Barcelona. EFE

El debate sobre Cataluña quedó en gran parte sepultado, aunque no ahogado, por la inestabilidad institucional española. Ahora, el deshielo político devuelve a la superficie el proceso de desconexión del Estado que está impulsando la Generalitat de Cataluña. Lo que estaba ocurriendo en Cataluña vuelve al primer plano de la refriega política y como el principal escollo que tiene ante sí el Rey, cuyos discursos se centraron en este período en las llamadas a la concordia y el entendimiento para superar el bloqueo.

Hasta quedar atrapados en el pantano de la interinidad, Cataluña había sido la inquietud constante de los mensajes relevantes que el Rey inserta en sus discursos en los momentos críticos. Pero Cataluña, en un modo expresivo, ha estado ausente de sus parlamentos a lo largo de un año. Ni siquiera en el mensaje de Navidad de 2015 fue invocaba por su nombre cuando Felipe VI alertaba sobre “la ruptura de la ley, la imposición de una idea o de un proyecto de unos sobre la voluntad de los demás españoles”.

Una vez despejado el camino del Gobierno y en la recta hacia el proceso constituyente, la realidad vuelve a ubicar a Cataluña como la fundamental contrariedad que el Rey tiene sobre la mesa. Vuelven los “días complicados”, como dijo aquel 11 de noviembre de 2015, cuando el jefe del Estado tuvo que modificar su agenda para estar atento al desarrollo del Consejo de Ministros que recurría la resolución del Parlament de Cataluña, que por 72 votos frente a 63 había aprobado el inicio del proceso hacia la independencia.

De acuerdo con la Constitución, el Rey simboliza la unidad y permanencia del Estado, pero le corresponde, además, ejercer una función arbitral y moderadora del funcionamiento regular de las instituciones, en este caso el Gobierno central y la Generalitat de Cataluña. Un equilibrio complicado que no siempre ha sido posible cuando la fricción entre ambas Administraciones ha llevado las posiciones al paroxismo.

Ese fue el enfoque de partida del Rey. En su discurso de proclamación, con el conflicto catalán de fondo, hizo una lectura de máximos de la España constitucional: “Caben todos los sentimientos y sensibilidades, caben las distintas formas de sentirse español; de ser y de sentirse parte de una misma comunidad política y social, de una misma realidad histórica, actual y de futuro”. Pero la mecha del conflicto estaba encendida desde dos años antes con las manifestaciones independentistas.

En su primer mensaje navideño, en 2014, el Rey destinó una buena parte del contenido “a la situación que se vive actualmente en Cataluña” a través de una firme defensa de la Constitución como marco de unidad y diversidad. “Todos nos necesitamos. Somos complementarios (…) pero imprescindibles para el progreso de cada uno en particular y de todos en conjunto”. El entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, sacó la conclusión de que Felipe VI había reconocido que "el Estado tiene un problema con Cataluña".

Los sucesivos desencuentros (a menudo encontronazos) entre el Gobierno central y la Generalitat han fortalecido al independentismo, que, con el giro de Convergència, se ha convertido en hegemónico en las principales instituciones catalanas. Los 10 meses de interinidad del Gobierno han sido aprovechados por los independentistas para intensificar su hoja de ruta. El itinerario hacia el intensivo otoño de 2017 estaba muy sedimentado cuando ha llegado el nuevo Gobierno de España con la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría como señalada por Mariano Rajoy para gestionar el problema.

Antes de que el conflicto se saliera de su cauce, el Rey, en sus restringidas atribuciones, trató de terciar entre ambas Administraciones manteniendo puentes de diálogo incluso en medio de la escalada. En esa voluntad, con el muro del PP cada vez más alto, se enmarcó la audiencia de julio de 2015 con el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas. Entonces el Rey constató que la Generalitat ya no daría vuelta atrás y que Convergència había fijado un rumbo que iba a cambiar su naturaleza como partido.

La posición del jefe del Estado se fue endureciendo a medida que el proceso subía de intensidad. El punto de inflexión fue el 13 de noviembre de 2015, un día después de que el Tribunal Constitucional suspendiera la declaración independentista aprobada por el Parlamento catalán. Ese día, en un acto de la Marca España, el Rey intervino directamente en la crisis y afirmó que la Constitución prevalecería ante las intenciones separatistas. El pueblo español, enfatizó, "no está dispuesto a que se ponga en cuestión su unidad, que es la base de su convivencia en paz y libertad". Fue el último alegato transparente sobre Cataluña.

Apretón de manos a Forcadell

Ni las elecciones catalanas ni las generales abrieron un nuevo escenario con nuevos actores que pudieran atenuar el encarnizamiento y reconducir el enfrentamiento. La Zarzuela incluso atizó el fuego al negarse a recibir a la nueva presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, cuando esta quiso comunicar la investidura del presidente de la Generalitat. Carles Puigdemont, que aquel 10 de enero se comprometió a culminar el proceso para proclamar la independencia en 2018, reprochó al Rey que no hubiese actuado con “exquisita neutralidad”. En la firma del decreto de cese de Artur Mas el Rey omitió el reconocimiento habitual a los presidentes autonómicos.

El Rey y Puigdemont han coincidido algunas veces desde entonces, en un marco en el que La Zarzuela ha tratado de suavizar la crispación originada por el desplante al Parlamento catalán, criticado por la mayoría del espectro político. En la inauguración del Mobile World Congress en Barcelona, el pasado 21 de febrero, no hubo mensajes alusivos por ninguna parte al pulso independentista, aunque el Rey aprovechó para reivindicar la colaboración institucional por “el bien común” y dio un fuerte apretón de manos a Forcadell.

La siguiente ocasión fue con motivo de la ceremonia de los Premios Princesa de Girona el 1 de julio. El Rey defendió en su discurso una sociedad plural y sin enfrentamiento, aunque sin ninguna referencia explícita a la tensión territorial catalana. El gesto fue correspondido por Puigdemont, quien, a diferencia de Artur Mas en la edición anterior, si cenó con los Reyes y los patronos de la fundación. Después ha habido otros encuentros en los que se han guardado las formas.

Cataluña como referencia manifiesta ha estado desaparecida desde entonces en sus discursos más propicios, como los de los Premios Princesa de Girona y los Premios Princesa de Asturias, foros en los que el Rey, en unos textos elaborados por completo por su equipo, no desaprovechaba para ponderar “lo que nos une” frente a una posible desagregación del Estado. El nuevo período, con la presión del calendario independentista en marcha y el asedio del Tribunal Constitucional añadidos, restituye el problema con todas sus dimensiones al despacho del Rey y busca espacio en el discurso de Navidad.

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