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Un futuro incierto para las agricultoras de Malí

El sector rural supone uno de los pilares esenciales de la economía maliense. Pero la resistencia de la agricultura de secano y las dificultades al acceso de la tierra ponen en serio peligro su sostenibilidad

Un invernadero de Katibougou, Malí, en febrero de 2020.
Un invernadero de Katibougou, Malí, en febrero de 2020.STRINGER (Reuters)

Hawa es una mujer agricultora. Ella y su familia viven en Fatola, a unos 20 kilómetros de Kayes (Malí), y obtienen sus recursos principalmente de la agricultura de secano, hoy en día poco productiva y fuertemente vinculada a los riesgos climáticos. Hawa heredó de sus padres esta cultura ancestral, pero este año la producción agrícola en la región de Kayes se está viendo seriamente afectada por la escasez de lluvias.

En los últimos 30 años, Malí ha experimentado, además de periodos irregulares, una significativa disminución de la pluviometría y una progresiva desertización, que avanza imparable hacia el sur del país. Esta situación ha hecho que las poblaciones rurales del norte sean extremadamente vulnerables a la escasez de alimentos y, por tanto, que haya aumentado de forma alarmante la hambruna y la desnutrición infantil.

El escaso uso de las aguas superficiales en esta región fronteriza con Senegal y Mauritania relega a estas mujeres del acceso al aumento de los ingresos derivados de la producción agrícola, fundamentales para reducir su situación de pobreza y de vulnerabilidad. En este contexto, la implementación de la agricultura de regadío supondría, por un lado, poner en valor el enorme potencial de los recursos hídricos con los que cuenta Malí. Su territorio concentra las cuencas de tres ríos y sus afluentes (el río Níger, el río Senegal y el río Volta a través del río Sourou), además de importantísimas aguas subterráneas (acuíferos generalizados, superficiales y fisurados) que cubren todo el territorio nacional. Estos representan la principal fuente de suministro de agua potable para la población, y un importante revulsivo para las agricultoras y sus familias, dado que promovería la diversificación de la producción y su emancipación económica y social.

En este sentido, la agricultura de regadío desempeña un papel central en la consecución de los principales Objetivos de Desarrollo Sostenible referidos a la reducción de la pobreza, la seguridad alimentaria y nutricional y la creación de empleo. Pero Hawa no tiene previsto realizar cambios en su perímetro hortícola. Es más, ella y su familia desean continuar perpetuando sus medios de vida tradicionales, por lo que sería necesario revertir esta tendencia mediante el tránsito hacia la promoción de una agricultura resistente al cambio climático, respetuosa con el medio ambiente, y que utilice los recursos hídricos de forma eficiente.

En Diongaga, la vida de Kadiatou tampoco resulta sencilla. Hace más de 10 años que cultiva la tierra que anteriormente labraba su familia, pero según la legislación vigente, el Estado es el propietario y los aldeanos solo obtienen el usufructo. Sin embargo, la gestión sigue estando en manos de las instituciones tradicionales, en detrimento de las autoridades locales.

El acceso a la tierra representa el principal problema en la región. La paz y la estabilidad social en este territorio, donde se concentra una gran parte de la población rural del país, dependen de cómo se resuelvan los asuntos relacionados con la tenencia de la tierra. Por ejemplo, si un agricultor arrienda sus terrenos este año, no tiene la seguridad que podrá conservarlos, una vez cultivados, el año siguiente.

Kadiatou no podrá nunca –solo por el hecho de ser mujer– poseer la titularidad de la tierra que trabaja

La ausencia de un marco legislativo y reglamentario sobre la propiedad presume uno de los debates centrales en el ámbito de la gobernanza local, cuyo principio fundamental se basa en la participación efectiva de mujeres y hombres en la toma de decisiones. Sin embargo, en este caso el papel de las mujeres agricultoras en la gestión tradicional de las tierras no es visible porque se basa esencialmente en un sistema patriarcal. Las mujeres y los hombres no gozan de las mismas posibilidades y oportunidades en el acceso y ejercicio a la propiedad, y por ello Kadiatou nunca podrá poseer la titularidad de la tierra que trabaja, solo por el hecho de ser mujer.

Las mujeres agricultoras, como Hawa y Kadiatou, se enfrentan hoy en día a grandes retos para consolidar el desarrollo sostenible de la agricultura en Malí. Desde un enfoque holístico, estos desafíos están relacionados con el control del agua para reducir la dependencia de las precipitaciones mediante el desarrollo hidroagrícola y las técnicas de conservación del agua y del suelo. También con el desarrollo de nuevas variedades de semillas adaptadas al cambio climático, la gestión de riesgos en el sector agrícola para asegurar y aumentar los ingresos de las mujeres productoras, y la seguridad en la tenencia de la tierra que estimule la inversión de las mujeres agricultoras.

El diseño de unas políticas agrícolas de desarrollo modernas y enfocadas en los derechos humanos servirán, sin duda, para el alivio de la pobreza y traerán consigo la prosperidad necesaria que prevenga los movimientos migratorios y atenúe los problemas sociales existentes en esta región.

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