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tribuna

El legado español de Octavio Paz

La herencia del escritor se ha perdido en un laberinto, no de soledad, sino de injusticia, abandono y desidia. Y España no puede quedar de brazos cruzados

Octavio Paz, fotografiado en Francia en noviembre de 1993. Marc DEVILLE (Gamma-Rapho/ Getty Images)

Dada la buena relación que parece apuntar ya entre los gobiernos de México y España, un gesto de buena voluntad entre ambos sería atender juntos la grave situación por la que atraviesa el legado del poeta Octavio Paz. ¿Por qué, preguntarán algunos, tendría que intervenir España? Porque Octavio Paz fue quizá el mejor amigo mexicano de España en el siglo XX.

Antes de referir la dramática situación en la que se encuentra el legado de Paz, importa recordar su raigambre española. Sus abuelos maternos provenían de Andalucía. De niño, se formó leyendo los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, cuyos héroes, como Salvador Monsalud, lo acompañarían imaginariamente toda la vida. Ya joven, José Bosch, hijo de un anarquista catalán, se convirtió en su guía intelectual. Años después, creyéndolo caído en la Guerra Civil, Paz le dedicó una Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón. En 1935 conoció en México a Rafael Alberti, quien lo reafirmó en su compromiso político pero también en el deber de escribir una poesía que preservara la autonomía del arte frente a la ideología. Al año siguiente, con apoyo del presidente Lázaro Cárdenas, Paz publicó ¡No pasarán!, su poema comprometido con la República española. En julio de 1937 asistió al II Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia, ciudad donde, gracias a Manuel Altolaguirre, publicó Bajo tu clara sombra, su primer libro impreso en España. En aquellos días fragorosos, aunque impedido a incorporarse a la batalla como él hubiera querido, Paz acudió al frente de Pozoblanco. España lo necesitaba en el frente cultural, y fue allí donde sirvió estrechando vínculos con los poetas de Hora de España, a quienes más tarde acogería tras su exilio en México.

De vuelta en México, Paz publicó a los grandes escritores españoles en su revista Taller. Muy cercano a él fue el poeta León Felipe. En 1941, junto a Xavier Villaurrutia y los españoles Juan Gil-Albert y Emilio Prados, Paz editó Laurel: antología de la poesía moderna en lengua española. Y en los años siguientes sus vínculos directos con la poesía y el pensamiento español fueron continuos: en 1945 conoció a Jorge Guillén y se reencontró en Londres con Luis Cernuda, a quien dedicaría un ensayo en Cuadrivio (1965). En 1951 defendió Los olvidados de Luis Buñuel en Cannes y conoció a José Ortega y Gasset en Ginebra. En 1958 trató a Joan Miró en París. Entre 1961 y 1964 colaboró en Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela.

En 1971, tras un largo trayecto fuera de su país, Octavio Paz se estableció definitivamente en México y fundó la revista Plural. En 1976, nació la que sería su revista definitiva: Vuelta. Mientras las grandes editoriales de la península expandían su presencia en América Latina, Vuelta recogió la tradición intelectual de Revista de Occidente y el legado de las mejores revistas literarias anteriores a la Guerra Civil. En Vuelta participaron grandes escritores hijos del exilio (Tomás Segovia, José de la Colina, Ramón Xirau), así como escritores españoles de diversas generaciones, comenzando por Jaime Gil de Biedma, Juan Benet, Carlos Barral y Jorge Semprún. No creo exagerar si digo que la trayectoria literaria de Juan Goytisolo, Fernando Savater, Pere Gimferrer, Andrés Sánchez Robayna y José Ángel Valente (entre otros) debe una parte de su esplendor a su presencia en la revista de Octavio Paz. Naturalmente, Vuelta siguió con inmenso interés, compromiso y entusiasmo la Transición española hacia la democracia. En 1982, Vuelta publicó un desplegado de apoyo al sueño cumplido de Paz: España como una monarquía constitucional con un presidente de Gobierno socialista.

Si Octavio Paz fue generoso con España, España lo fue también, con creces: en 1981 recibió el Premio Cervantes, 1987 el Menéndez Pelayo y, en 1993, Vuelta fue reconocida con el Premio Príncipe de Asturias. El ciclo de amor correspondido pareció cumplido cuando falleció Paz en 1998. La cultura española se condolió sinceramente.

Pero España tiene aún tareas pendientes con su hijo adoptivo: a partir de su muerte, el legado de Paz se ha perdido en un laberinto, no de soledad, sino de injusticia, abandono y desidia. Un abuso inexplicable, más aún tratándose de un hombre que sirvió de manera tan ejemplar —es decir, con el compromiso, la crítica y la autocrítica— a la mejor tradición socialista del siglo XX. Y de todo esto hay un solo responsable: el Gobierno de México.

Estos son los antecedentes. Paz murió el 19 de abril de 1998. En su testamento del 17 de noviembre de 1997 ordenó que, si su esposa Marie José Tramini no disponía otra cosa, esos papeles se entregaran al Colegio Nacional (Colnal), institución del Estado mexicano creada en 1943 a la que han pertenecido alrededor de un centenar de hombres y mujeres distinguidos en las artes, la ciencia y las letras. En aquel documento, Paz manifestaba su voluntad de abrir el archivo al público una vez pasados 25 años de su muerte. Su viuda murió intestada en 2018 y nunca dispuso nada sobre sus papeles privados, de tal forma que se debió, hace tiempo, proceder a su entrega. Nada de eso ha ocurrido: a 28 años de su muerte, su deseo de depositar su archivo en el Colnal sigue sin respetarse.

En México, como en otros países, la herencia de los intestados pasa a la beneficencia pública, en este caso el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de la Ciudad de México. El DIF, sin embargo, interpretó indebidamente los hechos, asumiendo que el testamento no ejercido de Marie José absorbía el de Paz, de modo que sus papeles debían pasar a su disposición, junto con el resto de sus bienes. El Colnal nunca ha pretendido quedarse con nada distinto a los archivos del poeta. Únicamente desea que el archivo le sea asignado, conforme a su voluntad.

En agosto de 2023, el DIF presentó un convenio que el Colegio consideró injusto: proponía el depósito como un mero préstamo, dejando a su arbitrio el futuro del archivo. Ante la cerrazón del DIF para negociar otro convenio, el Colnal procedió a demandarlo. Hasta este momento, el Colegio ha ganado dos suspensiones definitivas, lo que nos lleva a pensar: ¿por qué el DIF insiste en quedarse con un archivo que el propio Paz legó a la institución donde naturalmente debe estar?

En agosto de 2025, la propia presidenta Claudia Sheinbaum instruyó a la Secretaría de Cultura a retomar sus funciones de intermediación entre el DIF y el Colnal para resolver el problema. Esa orden no ha tenido seguimiento.

La obra de Octavio Paz sobrevive y sobrevivirá a estas mezquindades. Pero es necesario salvar su archivo. Contiene documentación valiosísima para la historia cultural y política del siglo XX, sobre todo la de México y España. No sé si el llamado que he hecho públicamente al Gobierno mexicano tendrá algún efecto. Por eso me atrevo a sugerir que algún vocero del Gobierno español levante la voz por ese hijo pródigo de España que quiso tanto a España, y que ahora ya no puede defenderse: Octavio Paz.

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