Razones para escribir
Cuando la escritura es artísticamente eficaz para comunicar la opresión, convencerá al lector, pero solo como una consecuencia de la lectura


He pasado los 80 y no siento que haya llegado la hora de despedirme de la escritura, como ha hecho mi contemporáneo, al que tanto admiro, Julian Barnes, porque cree que ya ha tocado todas sus melodías.
Quiero ser escritor hasta la muerte, mientras conserve esos dos atributos fundamentales, sin los cuales no hay escritura: memoria e imaginación. “No puedes recordar sin imaginar, ni imaginar sin recordar”, dice el mismo Julian Barnes. Y no hay que olvidar un tercero: la curiosidad.
Cuando empecé a escribir era impaciente. Al llegar a la universidad para estudiar Derecho, empezamos a publicar una revista literaria, y me llevaba de la tipografía tiras de papel de las que servían para imprimir las pruebas con un rodillo. Aquellas largas tiras las metía en el carro de alguna máquina de escribir que estuviera ociosa en las oficinas de la universidad, y me sentaba a teclear como un desesperado, porque no quería desperdiciar el tiempo sacando y metiendo en el carro de la máquina las hojas de tamaño normal. Martillaba las teclas con dos dedos, y corregía muy poco porque pensaba que el mundo estaba ansioso de leer lo que escribía.
La vida dedicada a escribir, y no con la constancia que hubiera querido, porque hubo largas interrupciones, me ha enseñado que la paciencia es también madre de la escritura. La paciencia para desechar lo escrito por mucho que te guste, porque reconoces en la página defectos y debilidades; para encontrar los errores de congruencia, para tachar, borrar, corregir, volver a empezar; saber, como decía Kafka, que el arte de escribir es el arte de suprimir.
Hay quien dice que escribir es un acto de sufrimiento; si fuera así, nunca hubiera sido escritor. Hacer lo que no te gusta es la peor manera de cumplir una tarea. De la escritura uno no se retira; no hay tercera edad en este oficio.
Con la edad llega el tiempo de la reflexión sobre la página escrita, y se desarrolla ese sentido crítico sin el cual toda escritura se vuelve peligrosa. Es lo que Hemingway llamaba el bullshit detector: “Todo buen escritor debe tener un detector de mierda incorporado, a prueba de choques, desde el nacimiento.”
Desde el nacimiento es mucho pedir. Creo que ese detector se desarrolla con el tiempo, con la experiencia, con la paciencia, gracias a los fracasos. Y uno sabe que ya lo tiene incorporado cuando lee una vieja página y se avergüenza de ella, queriendo nunca haberla escrito. Pero las reglas del detector son siempre válidas: saber quitar todo lo falso, excesivo o decorativo; todo lo que suene a cliché o mentira emocional.
Y está, por aparte, el destino de la escritura. ¿Para qué se escribe, y para quién se escribe? Al principio pensaba que la literatura era una herramienta social para cambiar la realidad: una pretensión desmedida si se piensa que mis cuentos los publicaba en una revista estudiantil que imprimía 500 copias. Eran tiempos juveniles de lucha por un mundo distinto, y la literatura, para mi generación, no podía ser ajena a la política militante.
Solo después he aprendido que el peor vehículo para transmitir credos políticos, o presupuestos ideológicos, es la literatura. Cuando la escritura es artísticamente eficaz para comunicar la injusticia, la miseria, la opresión, desde una perspectiva estética, convencerá al lector, pero solo como una consecuencia de la lectura. Si uno se propone escribir con ánimo proselitista, seguro fracasará, y peor cuando se usan parrafadas retoricas. Lo aprendí al leer Los hermanos Karamázov.
Dostoievski retrata la injusticia desde la neutralidad, sin agregados que expliquen la crueldad de los poderosos contra los débiles. Y de esa manera llega a la conciencia de quien lee para no borrarse nunca más. Llega como un asunto de la vida.
Cuando el tiempo pasa, la pretensión de escribir para las multitudes y cambiar de raíz la realidad se convierte en la convicción de que se escribe para un lector en concreto. Ese lector se refleja en la pantalla del ordenador como en un espejo, y es alguien difícil de contentar, siempre vigilante de tus tropiezos y tus errores.
Y uno no busca convencerlo, sino hacerlo dudar. Que se abran en su mente mundos distintos. Pero antes de eso, que no te abandone. Porque si el lector cierra el libro porque lo aburres o no le seduces los suficiente, tus intenciones no valen nada.
Pero una cosa es utilizar la literatura como instrumento de propaganda, y otra escribir desde la conciencia. Y siempre estará de por medio para mí la conciencia ética, mi manera de ver el mundo desde mis creencias. Al volver la vista atrás, siento que, desde adolescente, cuando me hacía escritor para siempre, también para siempre nacieron en mí lo que puedo llamar principios. A estas alturas, estos principios siguen siendo los mismos, y parten de una permanente inconformidad frente a la injusticia y la opresión.
Soy, por tanto, si es posible establecer esta diferencia, no un escritor que escribe literatura comprometida, sino un escritor comprometido que escribe sobre la vida.
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