Cómo se pronuncia Andalucía
Todas las posibles variaciones están dentro de la diversidad interna de la pronunciación del español: vea usted a qué grupo pertenece


Las tres primeras sílabas son fáciles: An-da-lu. Quizás en la primera, an, los hablantes del español de México reforzarán más la nasalidad de n antes de d. Tal vez ante ese lu de la tercera sílaba observaríamos en el español de los catalanohablantes una pronunciación de la l más atrasada en la boca. Pero no son variaciones significativas. En cambio, cuando lleguemos a la penúltima sílaba, se abrirán las posibilidades: ci.
La mayoría de las personas que hablan español practica el seseo, dirán Andalusía: así ocurre en la América hispanohablante y en buena parte de la propia Andalucía, por ejemplo en su capital, Sevilla. Pero no es la única posibilidad. No serán pocos los hispanohablantes que para pronunciar ese ci pongan la lengua entre los dientes y den lugar a un sonido interdental: Andalucía. Quienes así pronuncien se dividirán internamente en dos tipos: los distinguidores, que dicen Andalucía y Sevilla, y los ceceantes, que dicen Andalucía y Zevilla con un solo sonido. Distinguidores (es decir, personas que para ci y si pronuncian dos sonidos) hay en toda España; ceceantes hay en Andalucía, sobre todo en zonas rurales. Pero aún nos falta un grupo, el más pequeño: los que pronuncian algo así como Andaluhía, con ese fenómeno que llamamos heheo que se documenta en el Caribe hispánico, en parte de las costas andaluzas y algunos puntos del interior.
Todas estas posibles variaciones están dentro de la diversidad interna de la pronunciación del español: vea usted a qué grupo pertenece. Yo soy de las distinguidoras (no seseo, no ceceo) que pierden o aspiran las eses que están a final de sílaba: en una frase como “escribo en El País” las dos eses me señalarían como hablante meridional. Pero no tendrían por qué identificarme como andaluza, o inequívocamente andaluza o más andaluza que quien pronuncie de otra forma. Y hoy, 28-F, escribo para llamar la atención sobre esa falta de equivalencia. Pongamos tres razones en juego.
En primer lugar, en Andalucía no solo se habla español. La diversidad interna de cualquier sociedad europea actual se intensifica en territorios tan amplios demográficamente como Andalucía. Hace falta sumar las poblaciones de, por ejemplo, Galicia, Castilla y León, Murcia, Navarra y Asturias para aproximarse a los más de ocho millones y medio de habitantes de Andalucía. Y dentro hay, sí, muchas lenguas que no son el español: sus hablantes son también andaluces. Aunque no tengamos una lengua oficial propia, como otras zonas de España, la proporción de hablantes de árabe, rumano o finés (sí, finés) hace necesario en el ámbito educativo el desarrollo de políticas lingüísticas como en otros territorios multilingües. En segundo lugar, porque las fronteras administrativas nunca coinciden con las dialectales. “La frontera del andaluz” se tituló un artículo filológico de 1933, el primero que empezó a estudiar científicamente nuestro dialecto, donde se explicitó que al norte de Granada, Almería, Jaén y Córdoba no se registraba una pronunciación andaluza y que la confusión entre s y z comprendía en Andalucía un área menor que la correspondiente al dialecto andaluz. Y en tercer lugar, porque el comportamiento lingüístico de los hablantes es, a menos que despleguemos policías lingüísticos, felizmente incontrolable: el ceceo ha descendido en frecuencia en las últimas décadas pero ha ganado en presencia pública; el seseo, tan dominante en algunos núcleos urbanos andaluces a mediados de siglo, experimenta una fuerte competencia con la distinción; el heheo se ha extendido en ámbitos de habla informal.
En la última década se ha construido un relato emocional sobre el acento andaluz con una consecuencia positiva: empezar a quitar estereotipos a una forma de hablar que a menudo ha sido denigrada por razones socioeconómicas. Pero es difícil poner límites a esa construcción emocional, sobre todo si puede ser aprovechada políticamente. A lo mejor hoy es un buen día para hacerlo: el acento andaluz no es otra cosa que una forma más de hablar el español. Hablar no es sacar una bandera. Mostrar el acento andaluz al hablar en público no hace más andaluz ni más defensor de Andalucía. La identidad no es un examen oral. Quienes hablamos en público sin esconder el acento no estamos forzosamente enarbolando nada, aunque naturalizarlo haya ayudado a dignificarlo.
Hay varias formas de pronunciar Andalucía, todas válidas, ninguna de ellas los hará a ustedes más o menos andaluces. Ahora bien, conocidas estas variantes, mi consejo es este: digan sin miedo Andalucía, sumando sus cinco pequeñas sílabas. Es Andalucía, no digan sur (“voy al sur en verano”, “tengo muchos amigos del sur”), porque una forma sutil y eficaz de empequeñecernos como territorio es quitarnos el nombre para concedernos una identidad meramente relativa, en este caso, orientada respecto a una brújula que no está en América ni en Canarias ni en Ceuta, sino (¡oh, casualidad!) en el centro y norte de la península. El topónimo Andalucía es hijo de su historia, mientras que la mención al sur cambia la biografía por la geometría. Si alguno alguna vez les preguntase: “El sur, ¿qué es?”. “Andalucía”, dirán, “es el sur mismo”. Y pronuncien las eses de esta frase como les dé la realísima gana. Feliz Día de Andalucía.
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