Ir al contenido
_
_
_
_
columna

Tres canciones

A un hombre sabio no lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige explicaciones, no reclama

Una pareja baila en el edificio del Real Museo Militar en Bruselas. Francisco Seco (AP)

Hay parejas que hablan todo el tiempo de lo que les pasa, de que sienten tal cosa o tal otra. No sé cómo será eso. Yo vivo con un hombre sabio. Hablamos de política, de cine, de cosas cotidianas, pero no de “la pareja”. Hace bastante tiempo yo atravesaba un momento de pesadumbre. Una zona oscura, áspera, insoportable. Una noche él llegó a casa mientras yo cocinaba. Preguntó algo, respondí desganada, fastidiosa. Tomó su teléfono, buscó una canción: Esa estrella era mi lujo, de Los Redonditos de Ricota. Me dijo: “Vení”, me abrazó y empezó a bailar. La canción dice: “Mordí el anzuelo una vez más / Siempre un iluso / Nuestra estrella se agotó / y era mi lujo”. Bailamos sin decir nada hasta que el tema terminó. Entonces buscó otra: Sencillamente, de Bersuit Vergarabat. La canción dice: “Dame sencillamente / lo que más te guste / (…) Y nada más / Es que estás llena de sombras / y ensombreciste la casa / El nido estaba caliente / y acabó por enfriar”. Bailamos, otra vez sin decir nada. Cuando terminó, buscó otra: Siguiendo la luna, de Los Fabulosos Cadillacs. La canción dice: “Vamos, mi cariño, que todo está bien / Esta noche cambiaré / Te juro que cambiaré / Vamos, morenita, ya no llores más / Por vos yo bajaría el sol / O me hundiría en el mar”. Fue un gesto de inteligencia, un acto de amor y una maniobra de seducción. Una colega me envió hace poco una frase que le escribió Clarice Lispector a su amigo Fernando Sabino: “Me haría muy bien abrir finalmente mi corazón para mostrárselo a alguien que no cerrase los ojos y escuchase qué horror puede estar guardado en una persona. La soledad que siempre necesité es al mismo tiempo enteramente insoportable”. A un hombre sabio no lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige explicaciones, no reclama. Cuando la música terminó, él dijo: “Dejá, cocino yo”, y empezó a cortar las verduras mientras en la cocina sonaba, intacta, nuestra canción de amor mudo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_