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El cónsul y los vendimiadores

¿Cuánto hay de sesgo económico en la crítica social a un acento?

Susana Díaz tras ser reelegida como secretaria general del PSOE de Andalucía. Julio Muñoz EFE

Dos noticias que afectaban a los andaluces, directa o indirectamente, aparecían en la prensa ayer. El cónsul español en Washington ha sido destituido por un comentario ofensivo que había hecho en su Facebook sobre el atuendo y la forma de hablar de la presidenta de Andalucía. Los comentaristas prestaron notable atención a este tema y a la ineficacia como diplomático de alguien con un comportamiento tan impertinente. La segunda noticia era la llegada masiva de trabajadores andaluces a la campaña de vendimia francesa, que los medios explicaban por las ventajosas condiciones laborales de nuestros vecinos.

¿Cuánto hay de sesgo económico en la crítica social a un acento? Cuando explico a mis alumnos la historia de la lengua española, tengo ineludiblemente que acercarme a esa pregunta. Los castellanos prestigiaron el modelo toledano de hablar (aunque no sabemos muy bien en qué consistía este) mientras Toledo fue influyente; cuando, en el XVI, se propagó en España la manía por la limpieza de sangre y se asoció Toledo a un viejo pasado de mezcla musulmana y subsistencia judía, tal canon se derrumbó. Si los españoles de hoy dicen aún que el modelo de buen hablar español está en Valladolid (y no en zonas vecinas como Burgos o Zamora) y en Madrid es porque ambas han sido capitales de España. El hecho de que en Sevilla surgieran en el siglo XVI fenómenos hoy tan extendidos por América como el seseo o la desaparición de vosotros tiene que ver con la capacidad de disidencia lingüística frente a la corte que tuvo la cabeza de Andalucía en la fértil época del comercio indiano, cuando en el puerto de Sevilla atracaban los barcos de América. A mayor capacidad económica de un lugar, más prestigio lingüístico tienen sus rasgos. La gente empieza a hablar distinto, inicia un cambio en la lengua, pero solo consiguen difusión hacia arriba y terminan llegando al habla estándar los fenómenos que resultan prestigiosos porque están respaldados por un núcleo de poder económico o social.

No es de lengua de lo que estamos hablando. De nuevo hay que citar la divisa de la campaña de Clinton: es la economía, estúpido. Y ni siquiera es solo la economía. Se está hablando de supremacías que se quieren defender: de ridiculizar a la presidenta porque lleva el vestido del color de la reina; de ningunearlas a ambas, en el fondo, porque el cónsul no se ha fijado en que, en la foto, ambas están escoltadas por dos políticos con iguales trajes de chaqueta azules y similares corbatas de rayas. ¿A alguien se le ocurriría faltar el respeto a ellos con el argumento de que no coordinaron modelito? Se ridiculiza la apariencia, que es el primer signo de identidad, y se ridiculiza la forma de hablar, que es el segundo signo con que nos presentamos a los demás.

¿A alguien se le ocurriría faltar el respeto a ellos con el argumento de que no coordinaron modelito?

Todos hemos imitado el acento de algún hablante de español alguna vez, y los paniaguados límites de la corrección política no deben frenar la voluntad de cualquiera de remedar acentos como el catalán, el cubano, el gallego, el argentino o el vasco (cito los que me vienen a la cabeza como más imitados). La cuestión con el andaluz, sin embargo, rebasa la de los otros acentos que enriquecen la pronunciación (y también la gramática y el léxico) del español general, ya que ha sido tristemente común utilizarlo como arma de denigración al adversario político (¿cómo vas a gobernar bien si hablas andaluz?), como rasgo identificativo de una clase social baja (la asistenta de la serie de turno es siempre andaluza) y como forma de hablar incapaz de usarse para contenidos serios (aunque seas Premio Príncipe de Asturias, si hablas andaluz, lo que dices es gracioso). ¿De quién es la responsabilidad de estos hechos? Seguramente los andaluces hemos consentido demasiado y seguramente las instituciones han consentido demasiado: hasta lo que sé, es la primera vez, con el cese de este cónsul tan sin gracia, que se castiga políticamente a quien menoscaba la forma de hablar andaluza, y hay que felicitar al ministro de Asuntos Exteriores, el jerezano Alfonso Dastis, por la determinación ejemplarizante de su decisión.

Claro que en el español de Andalucía hay rasgos que tienen poco prestigio, y los primeros que los consideramos vulgares somos los propios andaluces, que los usamos en los entornos informales y no en la tribuna pública. He impartido miles de horas de clase en la Universidad de Sevilla hablando con el acento que tiene una sevillana de mi edad, y en ese acento va incluida la alteración de la s, pero no el rotacismo (alcalde > arcarde) que seguramente empleo cuando estoy relajada en un ambiente amistoso. Por cierto, también me entendían en las universidades de Tubinga y Oxford los alumnos extranjeros a los que di clase, que agradecían notablemente que alguien les hablase en la norma de pronunciación más próxima a América, a donde miraban (más que a España) como horizonte profesional. También hay rasgos considerados vulgares en el español hablado por los catalanes (y acudo a la variedad que practica el cónsul), como la pluralización de haber (habían muchos coches). En el andaluz, como en otras variedades, hay un estándar más o menos tácito, que es el que en general emplean políticos y periodistas cuando hablan en público.

No tienen cabida en el estereotipo andaluz que algunos se empeñan en perpetuar el primer gramático del español, el sevillano Nebrija, ni los ocho premios Nobel de Literatura (de once) que proceden de la zona donde se habla norma meridional (América o Andalucía). Pero no tiene sentido sacar más argumentos lingüísticos o históricos, porque en el fondo no es la lengua lo que sustenta la burla del cónsul. Es la economía. Son los vendimiadores.

Lola Pons Rodríguez es profesora de Historia de la Lengua en la Universidad de Sevilla.

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