El PSOE puede (parar a Vox), pero no quiere
Los socialistas podrían fortalecer su centralidad como respuesta a la deriva reaccionaria que recorre como un fantasma la geografía española


Los partidos de gobierno no saben cómo relacionarse con la oscuridad magnética de Vox, y lo necesitamos: a mayor influencia de los Pelayos neorrancios, peor para la calidad cívica de la democracia. Un PP en shock ha asumido esa influencia como algo inexorable. Ni puede ni quiere pararla. Los conservadores han ido tramando una tela de araña para llegar a La Moncloa en la que cada vez parecen más atrapados: su obsesión desquiciada por liquidar a Pedro Sánchez, que llega al extremo de contratar a un agitador tan tóxico como Vito Quiles, les va dejando sin proyecto de país y esteriliza el campo de la convivencia, donde crecen las malas hierbas de Santiago Abascal. Es verdad que a los populares esa táctica les está funcionando en la burbuja de la Comunidad de Madrid, donde disponen de poder económico y una mayoría robusta, una líder pop y nacionalista y un proyecto ideológico indistinguibles de Vox, pero en el conjunto de España las dinámicas son distintas.
El PSOE tampoco sabe interpretarlas. Hoy los socialistas aún pueden parar a Vox, pero no quieren: no disponen de un proyecto nacional con vocación mayoritaria.
Esta expresión —proyecto con vocación mayoritaria- le resonará a cualquiera que haya estado atento a la conversación de esta semana más allá de los titulares. La repitió el antisanchista en jefe Felipe González en su provocadora intervención en el Ateneo. Lo obvio para los líderes socialistas actuales ha sido reaccionar ofendiditos ante la vehemencia de quien ejerce de conciencia crítica con la inquietante autoridad de un super yo freudiano, pero la automática respuesta a la defensiva ha sido peor que un calentón irracional: no ser capaces de ahijarse al felipismo para ofrecer un proyecto de país es una torpe descapitalización y, por consiguiente, implica alejarse de la centralidad que es el espacio natural de los socialistas que afianzaron el Estado del 78. El PSOE podría hacer suyo ese legado, como estrategia para fortalecer su centralidad como respuesta a la deriva reaccionaria que recorre como un fantasma la geografía española, pero no quiere.
En su dolida y dignísima carta a González, Juan Luis Colino, quien fuera diputado y europarlamentario socialista, se refería a la reconstrucción de su partido en Castilla y León tras la dictadura franquista. Vistos los recientes resultados de su partido en Extremadura y Aragón, y vistas las expectativas para las próximas elecciones autonómicas, parece evidente que esa reconstrucción vuelve a ser de alguna manera necesaria. Porque es en los feudos tradicionales del PSOE, y no en las comunidades autónomas con partidos nacionalistas consolidados, donde Vox crece y crece mucho y no es solo por su retórica muy española. Su discurso rancio y antieuropeísta toca la fibra de los ciudadanos que sienten que las políticas no mejoran sus vidas mientras perciben que el país allí no acaba de funcionar.
Ese sentimiento de desamparo no saben acogerlo los socialistas y la experiencia reciente evidencia que lanzar a exministros sobre el terreno no parece la mejor estrategia para lograrlo. En esa misma línea la necesaria regularización de inmigrantes, por motivos primero de decencia humana pero también por razones económicas, tampoco se ha explicado en el marco de un proyecto de país que interpele al ciudadano común. Plantear esta medida extraordinaria, y no es la primera vez, sin vincularla a un cambio en la política migratoria, desconcierta en un contexto en el que todas las democracias occidentales están atravesadas por un desafío que urge debate sereno y políticas de Estado. Este es el ejemplo más evidente de la dificultad socialista para relacionarse con la amenaza con Vox. A todos nos conviene que el PSOE quiera pararlos.
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