¿Y por qué no una izquierda europea?
La izquierda de siempre, al menos aquella que yo conocí en su tiempo, tenía veleidades cosmopolitas, apostaba por la universalidad en vez de por el particularismo


Para saber lo que significa estar “a la izquierda de la izquierda” habrá que saber primero cuál es la semántica del término “izquierda”. Entre nosotros lo damos por supuesto: la izquierda es el PSOE; lo que está a su izquierda es la miscelánea de grupos cuya identidad se obtiene de no englobarse en dicho partido. “Ser” de izquierdas le obligaría a uno a integrarse o elegir entre unos y otros. Y el criterio aquí sería puramente cuantitativo. Cuando se es “más” de izquierdas de lo que pensamos que representa el PSOE se optaría por Podemos o por la sumatoria de grupos incluidos bajo dicha expresión de izquierda de la izquierda. Con una diferencia sustancial muy española, la fusión de dicha identidad con el sentimiento de pertenencia nacional o regional. O sea, que no basta con ser más de izquierdas, hay que sentirse también más valenciano (Compromís) o gallego (BNG) que el partido de referencia (PSOE). El eje izquierda/derecha se entremezcla, así, con el de españolismo/nacionalismos.
La cosa es, pues, más complicada de lo que parece. Por un lado, porque estos grupúsculos nacen en organizaciones regionales férreamente vigiladas por sus miembros locales; por otro, porque la izquierda de siempre, al menos aquella que yo conocí en su tiempo, tenía veleidades cosmopolitas, apostaba por la universalidad en vez de por el particularismo. Ser más de izquierdas significaba liberarse de las restricciones nacionales “pequeñoburguesas” para buscar la emancipación de los oprimidos allí donde estuvieran. Traducido a nuestro contexto español, por tanto, promover, por ejemplo, una justa distribución de los recursos nacionales favoreciendo a las regiones más necesitadas.
Esta es, a mi juicio, la mayor contradicción con la que nace el nuevo intento por reorganizar este espacio político, que junto a los intereses específicos de las baronías regionales, tiñe la identidad de izquierdas con particularismos que van en contra de lo que hoy debería ser el empeño de la izquierda en sí misma, sin más adjetivaciones, hacer frente a los nuevos poderes que hacen acto de presencia en estos momentos. Estos no se combaten desde “los pueblos de España”, necesitan un impulso continental. Por tanto, me tomo el atrevimiento de proponerles una denominación: “La izquierda europea”. Crear un partido de ámbito estatal, pero con proyección más allá de nuestras fronteras. Saltarnos de una vez lo que en esta nueva era ya empieza a parecer ridículo, el provincialismo que embarga toda nuestra política. O pensar solo en que el éxito electoral pasa por mantener a Yolanda Díaz o que la sustituya Rufián; dependerá de su ambición programática.
Ojo, con esto no pretendo negar la importancia de la izquierda en el ámbito local. El éxito (relativo, claro) de la CHA en Aragón muestra que hay un relevante espacio para los partidos de izquierda cuando se concentran sobre su terruño. O la importancia de tener las ideas claras cuando se actúa en el Congreso o en un gobierno de coalición. Pero le falta ambición a la hora de pensar en clave supranacional. Cuestiones tales como la igualdad/solidaridad, la reforma fiscal, la transición ecológica, la precarización, etc., hoy por hoy solo se conseguirán a través de Europa. Y obligan a dejar de lado los purismos ideológicos y a mojarse también en todo lo relativo a la defensa, el multilateralismo y la dependencia tecnológica. Los nuevos poderes no pueden combatirse desde Andalucía, Galicia Aragón et al, por mucho que “sumen” entre ellos, la adición que importa es la de los pueblos europeos, sean de izquierdas o derechas. Mientras esta izquierda siga pensando desde lo pequeño y sin actualizar su discurso a los tiempos presentes no solo perderá tracción electoral, acabará siendo también menos izquierda.
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