Aprovechar la autodestrucción de los EE UU de Trump
El trumpismo inflige graves daños a su país y a otros. Pero para Europa puede ser la oportunidad de ganar espacios, recuperar la vitalidad, creer más en sí misma


El mundo observa atónito las llamas del incendio neroniano prendido en Washington. La declaración de guerra comercial trumpista al mundo es un nuevo, gigantesco, acto de rasgos suicidas de EE UU. Trump está dinamitando las principales palancas de proyección del poder estadounidense —una extraordinaria red de alianzas y un entramado de globalización del que su país sacó grandes beneficios— con una acción que, además, por el camino, fomenta sentimientos de desconfianza, resentimiento y desprecio de forma casi generalizada en el mundo. El daño autoinfligido es inconmensurable. Desgraciadamente, los océanos no podrán resguardarnos de este tipo de llamas, y las quemaduras harán mucho daño a otros a lo largo y ancho del planeta.
Sin embargo, en este proceso de autodestrucción del país hegemónico residen, además de riesgos, grandes oportunidades para otros. Para Europa también. Los caminos son múltiples, pero pueden tal vez ser resumidos en un concepto: la recuperación de la vitalidad.
Europa sufre desde hace lustros una lenta hemorragia, con declive de fuerza demográfica o militar, con salida de talentos y de capitales —de forma muy consistente, precisamente, hacia EE UU—, con un proceso de creciente irrelevancia en las relaciones internacionales. El incendio neroniano ofrece, en medio de grandes dificultades, una gran oportunidad de revertir estos procesos.
El espantoso clima político oscurantista de EE UU ya está produciendo una fuerte reconsideración en el ámbito de la ciencia, de la investigación, de los grandes talentos. ¿Si desean irse de ahí, querrán ir a la China cada vez más autoritaria de Xi Jinping? Hay razones para pensar que Europa tiene buenas posibilidades de ser destino preferido, santuario de cerebros horrorizados por cierta manera de entender la política, por ciertos frenos a la investigación sobre la base de prejuicios, ignorancia, dogmas.
El brutalismo económico también puede propiciar derivadas positivas. Como ya ha señalado en estas páginas Daniel Fuentes, puede ser la ocasión para reducir esa sangría de flujos de ahorros europeos hacia EE UU, un fenómeno que ha privado de un importante riego de cultivo al sector empresarial europeo. Pero hay más: ¿cuántos ciudadanos del mundo se están repensando hacer turismo en EEUU ante la brutalidad de los controles fronterizos? ¿Cuántos se repiensan la compra de ciertos productos especialmente asociados al trumpismo? Hay oportunidades de sustitución.
La desconfianza absoluta que genera el trumpismo es obviamente un elemento clave además para salir del infantilismo europeo en materia de defensa y seguridad en el que hemos vivido cómodamente durante décadas. No, no se trata de gastarse el 5% del PIB en defensa, como nos reclama el trumpismo mientras nos inflige aranceles a la vez, soñando quizás que nos lo gastaremos en armamento estadounidense. Sí se trata de repensar nuestras debilidades y dependencias, y trabajar para disuadir malas ideas de otros y ser nosotros más independientes en asuntos clave.
Tenemos además una inmensa oportunidad de proyección de soft power. Pese a sus terribles abusos de las últimas décadas —desde la promoción de golpes de Estado hasta la invasión de Irak; desde las torturas de Abu Ghraib hasta el respaldo a Netanyahu—, EE UU ha ejercido una poderosa influencia en el mundo por la vía cultural, del entretenimiento, de los símbolos aspiracionales. Ahora el liderazgo de EE UU produce tal nivel de espanto e indignación en una parte sin duda muy amplia de la población mundial que parece muy lógico esperar una fortísima reacción de rechazo. ¿Quién puede aprovechar ese retroceso? De China, sin duda, se aprecian mucho los créditos sin preguntas incómodas y se admira su espectacular crecimiento en las últimas décadas. Pero es dudoso que eso torne un brutal régimen autoritario en una fuerza de soft power. Europa tiene graves problemas para asumir ese rol de referente. Su inanidad ante el belicismo de Israel ha abierto un cráter en su imagen mundial. Aun así, hay razones para creer que nuestro modelo está mejor posicionado que los de EE UU, Rusia o China para ser considerado un referente.
Por supuesto, podemos serlo como pioneros en la lucha regulatoria y sancionatoria contra los jinetes del apocalipsis tecnológico, esas tristes figuras que, por maximizar sus beneficios, han hincado la rodilla ante Trump. A algunas parece que les está saliendo mal la jugada. La UE es el actor mejor posicionado para contener esa cabalgata, y puede ejercer de modelo inspirador para otros. También es el mejor posicionado para tejer otras relaciones comerciales, como correctamente está intentando hacer Bruselas. Hay que aprender de errores pasados de cierto libre comercio voraz o ingenuo, pero la respuesta correcta no es autarquía y soberanismo, sino un libre comercio más sensible.
Más en general, el proceso de autodestrucción trumpista y los riesgos que acarrea —innegables, gravísimos— son una enorme fuerza de promoción de la integración europea, que es precisamente lo que Europa necesita para prosperar. Por supuesto, en el seno de Europa tienen fuerza movimientos nacionalistas y filotrumpistas de distinta índole. Pero, ahí también, una oportunidad: ¿a cuántos españoles les gustará el contorsionismo de Vox para no criticar al trumpismo? Esto no es sinónimo de una fuga de votos inmediata. Conviene no subestimar a los adversarios ni su capacidad de manipulación. Pero, como mínimo, lo que viene desde Washington supondrá complicaciones para fuerzas europeas afines.
Sobre todo, este cataclismo supone una ocasión para volver a creer en nosotros mismos, aunque sea desde la desesperación. La verdad es que Europa ha vivido acomodada durante décadas y ha perdido a la vez vitalidad y confianza. Nos hemos quedado atrás en carreras clave, no hemos sido capaces de generar innovación en sectores estratégicos, de alumbrar nuevas grandes empresas de alcance mundial, de ser un mercado financiero atractivo o una fuerza militar disuasoria. Hemos ido envejeciendo. Nuestro latido perdió vigor. Viene una descarga de adrenalina. Aprovechémosla para bombear sangre en nuestras venas, para que nuevo oxígeno alcance órganos atrofiados. Para recuperar vitalidad. Para creer en nosotros, los europeos.
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