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Columna
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Otro verano sin paz

El conflicto en Ucrania no tiene pinta de que vaya a resolverse exclusivamente a fuego y sangre, sino en el escenario más intrincado y vasto del mapamundi

Volodímir Zelenski, durante el plenario de la cumbre de paz para Ucrania celebrada el pasado fin de semana en Suiza.
Volodímir Zelenski, durante el plenario de la cumbre de paz para Ucrania celebrada el pasado fin de semana en Suiza.URS FLUEELER / POOL (EFE)
Lluís Bassets

Termina otra primavera, la tercera ya, y nada han decidido las armas. Tras el fracaso inicial de Putin en la guerra relámpago y la recuperación por Ucrania de la mitad de los territorios perdidos, pocas cosas se han movido. Salvo unos mínimos avances rusos, gracias al desabastecimiento ucranio de armamento y munición, la línea de fuego lleva estabilizada casi dos años.

Al final hay siempre una mesa donde se sientan los enemigos. Y solo puede ser de capitulación o de negociación, cuando una de las dos partes o ambas a la vez han agotado las fuerzas militares y morales para seguir. La de Ucrania no tiene pinta de que vaya a resolverse exclusivamente a fuego y sangre, sino en el escenario más intrincado y vasto del mapamundi, donde Putin trenza alianzas antioccidentales, compra obuses y vende gas y petróleo.

Si el tiempo parece suspendido en el barro de las trincheras, en los vastos espacios internacionales está tasado por la cita del 5 de noviembre, cuando los ciudadanos de Estados Unidos decidirán si llevan a Donald Trump de nuevo a la Casa Blanca. Comprometido a terminar la guerra en 24 horas, es bien conocida su inquina hacia la OTAN y sus simpatías por los líderes autoritarios y sus aplastantes victorias electorales. Si se hace con la presidencia, Zelenski solo podrá confiar en los europeos para proseguir la guerra y evitar la capitulación. Está por ver que los 27 en solitario y una OTAN debilitada por una Casa Blanca trumpista hayan hecho todos los deberes entonces y basten para frenar a Putin.

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No son los únicos comicios de valor estratégico. Aunque Putin no ha sacado rendimiento directo de las elecciones europeas, la convocatoria a las urnas en Francia ha abierto otra ventana de oportunidad para el Kremlin. La única potencia de la UE con arma nuclear y derecho de veto en el Consejo de Seguridad, también la más comprometida militarmente con Ucrania, se arriesga a contar a partir del 7 de julio con un Gobierno de afinidades putinistas. Sea cual sea el resultado, saldrá debilitado Emmanuel Macron, el más marcial y solidario con Zelenski de los líderes europeos.

Todo lo que contribuya a la derrota de Biden sirve a la estrategia de Putin. De ahí que la guerra de Ucrania esté engarzada con la de Gaza, como lo están los intereses de Putin y Netanyahu. Una Casa Blanca trumpista no tendrá remilgos con los palestinos. Cuantas más armas y munición reciba Israel, menos habrá para Ucrania. Si Putin está aislado, más lo está Netanyahu. Y más en evidencia la doble vara de medir de Washington, que facilita al llamado Sur Global su equidistancia respecto a Ucrania, su denuncia de Israel y su discreta pero rentable relación con Rusia. Todo perfecto para Putin. Como a Netanyahu, la paz no le interesa y le conviene una guerra larga, que se extienda al Líbano y más allá del verano, al menos hasta las elecciones en Estados Unidos.

Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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