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Tribuna
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Lo que fue, lo que es, y lo que será

El ‘procés’ fue una batalla por la hegemonía del espacio político nacionalista catalán que ahora ha encogido

La plaza mayor de Vic (Barcelona) con una gran senyera en un balcón, banderas esteladas (independentistas) y una pancarta con la imagen de Carles Puigdemont.
La plaza mayor de Vic (Barcelona) con una gran senyera en un balcón, banderas esteladas (independentistas) y una pancarta con la imagen de Carles Puigdemont.Albert Garcia
Paola Lo Cascio

Es difícil hacer previsiones en torno al futuro de la gobernabilidad en Cataluña, ya que a pesar de que las urnas han arrojado un clarísimo ganador y dos mayorías posibles —una mayoría de izquierdas o un pacto entre el PSC y Junts—, su concreción dependerá más de cuestiones cualitativas —o de clima político, si se quiere— que aritméticas. Pero los escenarios de acuerdos quedan aún lejos. Hay elecciones europeas por delante y las primeras declaraciones de los partidos —a falta de sorpresas— auguran una resolución de las incógnitas de la gobernabilidad que se demorará en el tiempo, al menos hasta la elección de la presidencia del Parlament. Sin embargo, hay algunas consideraciones que, datos a la mano y con un poco de retrospectiva histórica, se pueden avanzar.

La primera de ellas es que por primera vez desde 1984 en unas elecciones autonómicas en Cataluña las opciones nacionalistas (en la variedad de morfologías partidistas de sus propuestas), han reducido su perímetro. Entre la mitad de los años ochenta y la mitad de la década siguiente, el voto nacionalista se movió entre el 51% y el 54%. En 1999 —año en el cual Pasqual Maragall ganó las elecciones en votos, pero Pujol seguiría gobernando con el apoyo del PP—, se produciría un cambio de tendencia que haría recular el voto nacionalista hasta el 46%, un nivel que se mantendría durante todos los años del gobierno catalanista y de izquierdas. En los años álgidos del procés y hasta hace tres años, el porcentaje volvió a subir un poco, gracias también a la incorporación de la CUP, oscilando entre el 49% de 2012, el 48% de 2015, el 47% de 2017 y el 48% de 2021. El domingo pasado, y teniendo en cuenta también los resultados de Aliança Catalana, el voto nacionalista se detuvo en un 43%.

La segunda consideración atañe a las hegemonías internas de este mismo voto nacionalista a lo largo del tiempo. Su composición interna, entre 1984 y 2003 fue claramente decantada hacia el nacionalismo conservador de CiU, con porcentajes estelares. ERC aparecería en el mapa por encima del 10% solo a partir de las primeras elecciones catalanas del nuevo milenio, rebasando el 16%. Los republicanos pagarían cara su experiencia de gobierno a la izquierda en las elecciones de 2010, cuando retrocederían a poco más de 7%.

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Más repartida estuvo la representación en los años del procés, cuando el empuje de los republicanos y la aparición de la CUP provocarían verdadero pánico para el mundo del nacionalismo postpujolista (de ahí la candidatura única con ERC en 2015). Sin embargo, el domingo pasado se asistió a una reconfiguración de los equilibrios internos: ERC pasaría de un 20% de 2021 a poco más del 13%, la CUP se despeñaría bajando a poco más del 4%, mientras los herederos de Convèrgencia —como el mismo Pujol se encargó de recordar en su vídeo de apoyo a Puigdemont justo hace pocos días, en que aparecía en el fondo una imagen del símbolo de su antiguo partido—, han alcanzado prácticamente el 22%, que resulta ser más de la suma de todas las otras opciones nacionalistas catalanas —incluyendo la ultraderecha de AC— en liza.

Todo ello lleva a una tercera consideración, que tiene que ver con la pregunta que muchos medios —dentro y fuera de Cataluña— se están haciendo en estos días, y que atañe a si las elecciones del pasado domingo han acabado con el procés o no. Una parte de la respuesta a esta pregunta es harto evidente: a pesar de las retóricas inflamadas, en esta campaña a duras penas se habló de referéndum, y aún menos de independencia.

La otra parte de la respuesta es un poco más compleja y tiene que ver quizás con la misma pregunta, o en otras palabras con lo que fue, ha sido y es hoy el procés. Porque en diferentes fases y para diferentes sectores fue, ha sido, y es muchas cosas: una manifestación de malestar delante de la herida provocada por la sentencia del Constitucional de 2010, una movilización de clases medias espantadas delante de la crisis económica que se conjugó apelando a la identidad nacional, un órdago institucional acompañado por una parte muy significativa de la opinión pública catalana, una forma de subrayar las carencias del estado actual de las cosas, un estremecimiento del sistema político catalán. Para unos un sueño, para otros una pesadilla y para otros más, una manera exitosa de poner un debate identitario en el medio para entorpecer una dinámica de cambio empezada a partir del 15-M.

Pero seguramente también fue, ha sido, y es, una batalla por la hegemonía de un espacio político y electoral que ha pretendido definir lo que se entiende por proyecto nacional en Cataluña. Con los datos que tenemos hoy, se puede decir que el espacio se ha encogido. Y, por otra parte, dentro de ese espacio, la hegemonía interna en la definición del proyecto parece haber vuelto a manos de quienes consiguieron significarlo hace cuarenta años.


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