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Las otras vidas
Tribuna
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La primavera de los asesinos

Las tramas de la literatura policíaca están siendo superadas por la desmesura de los grandes criminales que actúan en la realidad

La primavera de los asesinos. Antonio Muñoz Molina
Fran Pulido
Antonio Muñoz Molina

La afición por las intrigas policíacas se me ha desgastado con los años. El género que me gustó tanto se ha ido llenando en los últimos años de sangre y de vísceras, por esa inclinación a los barroquismos y las complicaciones superfluas que es propia de la época. Pero quizás, más que la saturación de psicópatas y efectos especiales de casquería, lo que me aleja de las ficciones policiales contemporáneas es el vuelo tan corto de las hazañas criminales que inventan, comparado con el lujo siniestro, con la ilimitada desmesura de los grandes asesinos de la realidad. Las reglas del género satisfacen y cansan: la aparición de un cadáver en circunstancias misteriosas, el proceso de la investigación, que es una metáfora tan seductora de la búsqueda del conocimiento, el descubrimiento del culpable, el castigo.

Son convenciones agotadas. El asesino solitario, sombra simétrica del detective que lo busca, no podrá coleccionar a todo lo largo de una carrera sanguinaria ni una parte ínfima de los cadáveres que provoca en unos segundos una de esas bombas con que el ejército israelí ataca a civiles indefensos, las víctimas más fáciles de todas, los ancianos, las mujeres, los niños despavoridos, los enfermos y los heridos que mueren atrapados hasta bajo las ruinas de los hospitales en los que buscaron vanamente refugio. Los asesinos antiguos aspiraban al anonimato y procuraban borrar las huellas que los delataran. A los asesinos modernos no hace falta detective que los descubra y los desenmascare, porque ellos mismos, en vez de esconderse, hacen públicos sus propios crímenes con orgullo de matarifes y vanidad de adictos a las redes sociales, como esos descerebrados que graban una violación o una paliza mientras las están cometiendo. Los verdugos de Hamás que asesinaron a más de 1.200 israelíes inermes el 7 de octubre del año pasado manejaban las cámaras de sus móviles con la misma destreza con la que disparaban contra sus víctimas, con la perversa euforia de quien impone sin ninguna dificultad el terror y la muerte a otros seres humanos. En épocas anteriores de barbarie la tecnología fue más tosca, pero la vanidad manifestaba la misma pujanza: algunas de las fotos que atestiguaron la culpabilidad del ejército alemán en el exterminio de los judíos las enviaban los soldados como recuerdo a sus familias, usando las Leica ligeras que llevaban al cuello como turistas del infierno. Una de las más célebres de todas, la del soldado a punto de disparar el fusil justo en la sien de una mujer que lleva un niño en los brazos, tenía una dedicatoria cariñosa en el reverso. Hace unas semanas, The New York Times hizo pública una cantidad ingente de fotografías y vídeos subidos a las redes sociales por soldados israelíes que celebraban alegremente la destrucción que iban sembrando a su paso, asaltando viviendas, ametrallando por gusto aulas escolares recién abandonadas, humillando a civiles palestinos a los que maltrataban o detenían sin motivo.

No hay intriga literaria posible cuando es el propio criminal quien hace público su delito, ni esperanza de castigo cuando los gobiernos se constituyen el organizaciones criminales, y los asesinos son tratados como héroes. Hay ministros israelíes que proclaman sin reparo la voluntad de arrasar Gaza y de expulsar e incluso aniquilar a su población. A los pocos días de la muerte de Alexéi Navalni, los máximos esbirros responsables de la prisión en la que muy probablemente fue asesinado han recibido un ascenso y una felicitación personalmente firmada por Putin. El antiguo sigilo con el que se encubrían los crímenes ahora se ha convertido en descaro: justo en los días de la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde los gobiernos occidentales mostraban patéticamente la fragilidad de sus alianzas, Putin les arrojó el cadáver de Navalni como esos jefes mafiosos que dejan el cadáver de un delator recién ejecutado a la misma puerta del cuartel general de una banda enemiga.

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Tampoco hay misterio nunca, y la crecida de la tensión conduce siempre a un desenlace previsto. En esta primavera adelantada los asesinos aceleran sus tareas y ultiman a la luz del día planes de matanza: Putin, la temible ofensiva que se espera sobre Ucrania; Netanyahu, el ataque de todo un ejército contra un millón y medio de seres humanos ya diezmados por la destrucción y el hambre y atrapados en el callejón sin salida de Gaza. Matan industrialmente y a ciegas y también matan uno a uno. No hay lugar en el mundo donde un amenazado de muerte pueda encontrar refugio. No hay huida que no termine en un callejón sin salida y en una trampa. Hasta hace muy poco tiempo, los gobiernos británicos y las instituciones financieras de Londres acogían con los brazos abiertos a los oligarcas enriquecidos por el expolio de Rusia, les ofrecían la nacionalidad, les vendían equipos de fútbol y hasta títulos nobiliarios: mientras tanto, en los mismos barrios de lo que empezó a llamarse Londongrad, disidentes rusos que se creían protegidos por el asilo político eran envenenados uno a uno por ejecutores profesionales que actuaban con la misma cruda eficiencia de la NKVD o la KGB. Trotski anduvo errante y acosado por varios continentes durante algo más de diez años y hasta en la fortaleza almenada de su casa en Coyoacán pudo infiltrarse Ramón Mercader y cumplir así con un golpe afilado de martillo de escalador la sentencia de muerte dictada por Stalin.

Trotski era una celebridad internacional. La rebeldía temeraria de Navalni estaba en las primeras páginas y en las pantallas de los canales de noticias. Maxim Kuzmínov no era nadie. Nadie fuera de Rusia y Ucrania había oído su nombre ni visto su cara hasta que se hizo público su asesinato. Ahora la vemos en las fotos y ya es retrospectivamente la cara de un muerto. Trotski, Navalni, la periodista Anna Politkóvskaya, a la que acribillaron a tiros en el ascensor de su casa en 2006, pagaron a conciencia el precio de llamar la atención, denunciando los crímenes y las corrupciones del régimen de Putin. A lo que aspiraba Maxim Kuzmínov era a volverse invisible. Había desertado del ejército ruso pasando en helicóptero al otro lado de la frontera de Ucrania. Los servicios secretos ucranios le proporcionaron una identidad falsa, dinero suficiente para emprender otra vida en otro país, lo más lejos posible. Después de su desaparición, un alto cargo del Gobierno ruso dijo en un programa de noticias: “Por supuesto que lo vamos a encontrar. Tenemos brazos muy largos que llegan a todas partes”.

A algo que sí nos ha enseñado la literatura es a imaginar la vida de un perseguido que aguarda. Pienso en el cuento indeleble de Hemingway, The Killers, o en otro de Borges, La espera: lo que predomina en los dos es una sensación de fatalidad, de cansancio, de angustia inoculada en los pormenores de lo cotidiano, en ese extraño lugar que ahora es el refugio inseguro. En las fotos y en los vídeos, Kuzmínov es un hombre muy joven, que no aparenta sus 28 años, la cara carnosa, el pelo negro y brillante, peinado a raya. No le dio tiempo a acostumbrase a su nuevo nombre y quizás menos todavía al nuevo país exótico, a esa urbanización para veraneantes cerca del mar, en Villajoyosa, Alicante, en la que imaginaría que nadie iba a reconocerlo. En una acera, delante de un garaje, un escenario para turistas en bañador con sombrillas y cubos de plástico, Maxim Kuzmínov pudo tal vez reconocer a sus verdugos nada más verlos, antes de que le apuntaran con las armas, con la lucidez última del miedo. Cuando le dieran al oído la noticia, la sonrisa muerta de Putin se alargaría unos milímetros. Hay grandes expectativas para esta primavera.

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